Lección 13 – Cuarto trimestre 2016

La lección de esta semana desvía el foco, en cierto sentido, de la consideración del tema del sufrimiento, para centrarse en un tema moral: el carácter de Job. El autor (Clifford Goldstein) propone la tesis de que Job pudo pasar airoso de la tremenda prueba que le tocó gracias al carácter previo y la fe previa que había cultivado antes de que le llegara la prueba (ver lección del día miércoles).

Este pensamiento podría dejarnos con la idea de que es algo que haya EN NOSOTROS lo que nos puede dar la victoria frente al dolor (es decir, nuestro carácter), en vez de entender que es la fuerza que viene DE DIOS la que nos puede hacer “más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rom. 8:37). Con ese criterio, ninguna persona que no haya tenido una experiencia con Dios previa al dolor, y que no haya cultivado un carácter sólido, como Job, podría lograr la victoria sobre el sufrimiento cuando este irrumpe en su vida, siendo que esto es precisamente lo que lo puede llevar a recurrir a Dios en busca de ayuda.

Sin embargo, es cierto que aquel que no está “entrenado” en sobrellevar pruebas y cultivar una fe firme y un carácter íntegro hallará mucho más difícil enfrentar el dolor. En este sentido, hay un pensamiento de El conflicto de los siglos que nos puede resultar aleccionador:

“Quienes solo ejercitan poca fe están en mayor peligro de caer bajo el dominio de los engaños satánicos y del decreto que violentará las conciencias. Y aun si soportan la prueba, en el tiempo de angustia se verán sumidos en mayor aflicción y angustia porque jamás tuvieron el hábito de confiar en Dios. Bajo la terrible presión del desánimo se verán obligados a aprender las lecciones de fe que hayan descuidado” (pp. 679, 680).

No es imposible “descubrir la fe” cuando el sufrimiento invade nuestra vida; pero es mucho mejor haber formado el hábito de confiar en Dios. En relación con esto, es útil recordar la vieja máxima: “Los actos repetidos forman los hábitos; los hábitos forman el carácter; y el carácter determina el destino”.

Hoy, las neurociencias nos hablan de los “surcos cerebrales” que se forman mediante la adquisición de hábitos. Y tanto para el ejercicio de la fe como para la formación del carácter, es muy importante que, bajo la acción todopoderosa y santificadora del Espíritu Santo, cultivemos hábitos de fe y de integridad moral, como Job, que hagan que confiar en Dios y llevar una vida noble se transforme en algo natural, casi “automático”, por decirlo de algún modo.

Aquí es bueno definir qué es el carácter, que a veces se confunde con la noción de temperamento. Muchas veces escuchamos decir, acerca de una persona explosiva, agresiva, dominante, que no tiene problema en herir a otros: “Es que tiene un carácter fuerte”. En realidad, lo que tiene esa persona es un temperamento fuerte; es decir, una predisposición anímica que tiende a tener reacciones más pasionales o fuertes que otros de predisposición más sosegada. Si esa persona tuviese un carácter realmente fuerte, dominaría sus pasiones, al dejarse regir por consideraciones morales en vez de por sus estallidos emocionales. Un ejemplo paradigmático de esto es Sansón: un hombre lleno de poder físico, iracundo, de reacciones agresivas, vengativo, que no sabía controlar sus emociones, su ira, su fuerza, y mucho menos sus apetitos sexuales. En realidad, aunque era de temperamento fuerte (colérico), poseía un carácter débil, dominado por sus propias pasiones y por la seducción de las mujeres.

El carácter, entonces, no tiene que ver con las tendencias emocionales sino con las características morales habituales de un individuo, que lo caracterizan (valga la redundancia). Aquí también es útil la descripción del carácter que hace Elena de White:

“El carácter se revela, no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecutan, sino por la tendencia de las palabras y los actos habituales” (El camino a Cristo, p. 50).

Este concepto es muy importante, porque nos libra de cierto pensamiento perfeccionista que suele cundir entre nosotros según el cual la perfección de carácter significaría impecabilidad, infalibilidad. Y, cuando no logramos esto, sino que vemos cómo fallamos a diario, tendemos a desanimarnos. Pero si entendemos que un carácter semejante al de Cristo tiene que ver con la TENDENCIA de la conducta, y no con la imposibilidad de fallar, entonces cobramos aliento en nuestra batalla por el bien.

En los capítulos de Job que estamos considerando esta semana podría parecer, a un lector superficial, que Job es un petulante, que a semejanza del fariseo de la parábola (Luc. 18:9-14) se enorgullece de sus buenas obras y se justifica a sí mismo. Pero, de algún modo Job fue obligado a eso por causa de las acusaciones de sus amigos, quienes, debido a su concepto teológico sobre la relación entre el sufrimiento y el pecado, no podían deducir otra cosa que el hecho de que Job estaba sufriendo por culpa de sus pecados.

El apóstol Pablo mismo, en algún momento de su ministerio, y por causa de las falsas acusaciones de sus adversarios religiosos, que estaban desacreditando su ministerio y, por lo tanto, mermando su influencia y boicoteando su misión entre los corintios, se vio obligado a defenderse y exaltar su carácter moral:

“Me he hecho un necio al gloriarme; vosotros me obligasteis a ello, pues yo debía ser alabado por vosotros; porque en nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aunque nada soy” (2 Cor. 12:11; y ver capítulos 10 al 12, y en general ambas epístolas a los Corintios).

Job se proclama un hombre justo, no merecedor del sufrimiento que está padeciendo. Pero ¿cómo? ¿No es que todos somos pecadores? ¿Cómo puede Job tener esta pretensión de no ser un pecador?

En la Biblia hay lo que los teólogos denominan “tensiones teológicas”; es decir, conceptos aparentemente contradictorios, pero que cuando se entienden correctamente notamos que se complementan para que tengamos un cuadro más completo y abarcador de la verdad.

Por un lado, la Biblia nos dice enfáticamente: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Rom. 3:9-12).

Lo mismo dice el apóstol Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. […] Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:8, 10).

Pero, por otro lado, en la misma Biblia se hace la distinción entre el “justo” y el “pecador”; por ejemplo:

“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. […] No así los malos, que son como el tamo que arrebata el viento. Por tanto, no se levantarán los malos en el juicio, ni los pecadores en la congregación de los justos. Porque Jehová conoce el camino de los justos; mas la senda de los malos perecerá” (Sal. 1:1, 2, 4-6).

El mismo David, en varios de sus Salmos, y frente a la injusticia de la que era objeto por parte de sus enemigos (principalmente el rey Saúl), apela a su propia justicia como motivo para vindicar su causa delante de Dios:

“Jehová me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos de Jehová, y no me aparté impíamente de mi Dios” (Sal. 18:20, 21; y tantos otros pasajes de los Salmos).

De modo que en esta tensión teológica notamos que, por un lado, todos somos pecadores por naturaleza, y luchamos con el pecado que nos habita (Rom. 7), y en ninguna manera podemos alzarnos delante de Dios, a los fines de la salvación, basados en nuestra propia justicia, que no la tenemos, sino que dependemos absolutamente de la justicia de Cristo, de su obediencia perfecta y su obra redentora en la Cruz (ver Rom. 5).

Pero, por otro lado, en nuestras relaciones sociales y en nuestros conflictos con otros, muchas veces, aun cuando nuestra condición es pecaminosa, hay muchos de nosotros que estamos luchando por ser gente íntegra, noble, recta, incapaz de hacer proactivamente daño a otros, o aprovecharse del prójimo, robarle o estafarlo. Sin embargo, algunas veces padecemos injusticias, maltrato, difamación. Y no porque seamos conscientes de que “ontológicamente” somos tan pecadores como todos, tenemos por eso que soportar falsas acusaciones, como en el caso de Job.

Dentro del marco conceptual que acabamos de describir, podemos entender, entonces, las declaraciones de Job acerca de sí mismo, de su carácter y su conducta moral, y entender el sentido sublime que tiene el autorretrato de su nobleza moral, y sobre todo el testimonio que DIOS MISMO dio acerca de la grandeza moral de Job:

“Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).

Obviamente, no es que Dios esté diciendo que Job era infalible, que gozara de una “carne santa”, de impecabilidad. Pero sí que –y esto es lo maravilloso– a pesar de ser un pecador por naturaleza, Job había podido cultivar una relación tal con Dios y un carácter tan elevado como para ser un hombre “completo”, “maduro” espiritual y moralmente (es lo que significa el concepto de “perfección” en la Biblia). Un hombre recto, apartado del mal y temeroso de Dios (no que tuviera miedo a Dios, sino que vivía con un respeto supremo a la voluntad de Dios).

“Cuando yo salía a la puerta a juicio, y en la plaza hacía preparar mi asiento, los jóvenes me veían, y se escondían; y los ancianos se levantaban, y estaban de pie. Los príncipes detenían sus palabras; ponían la mano sobre su boca. La voz de los principales se apagaba, y su lengua se pegaba a su paladar” (Job 29:7-10).

En otras palabras, Job era un hombre que INFUNDÍA RESPETO por causa de su estatura moral, de su integridad.

“Porque yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que carecía de ayudador. La bendición del que se iba a perder venía sobre mí, y al corazón de la viuda yo daba alegría. Me vestía de justicia, y ella me cubría; como manto y diadema era mi rectitud. Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre, y de la causa que no entendía, me informaba con diligencia; y quebrantaba los colmillos del inicuo, y de sus dientes hacía soltar la presa” (Job 29:12-17).

Notemos que esta JUSTICIA de Job no tenía que ver únicamente con ser recto en el sentido de abstenerse de hacer lo malo. Su justicia no consistía en una moral pasiva, que solo se contentara con mantenerse intachable a los ojos de la sociedad (no poder ser acusado de nada malo), sino que, por sobre todo, consistía en una MORAL ACTIVA, caracterizada por la SOLIDARIDAD SOCIAL y aun por una LUCHA VALIENTE POR DEFENDER LOS DERECHOS DE LOS OPRIMIDOS. Era un hombre valiente, que luchaba por ayudar a los más necesitados y defenderlos ante sus opresores.

“Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?” (Job 31:1).

Aquí Job muestra que también era un hombre PURO de corazón, que no alimentaba lujuria, lascivia, sino que tenía un hondo respeto por el sexo opuesto y por su propia esposa, respetando su condición de hombre casado.

“Si anduve con mentira, y si mi pie se apresuró a engaño, péseme Dios en balanzas de justicia, y conocerá mi integridad. Si mis pasos se apartaron del camino, si mi corazón se fue tras mis ojos, y si algo se pegó a mis manos, siembre yo, y otro coma, y sea arrancada mi siembra. Si fue mi corazón engañado acerca de mujer, y si estuve acechando a la puerta de mi prójimo, muela para otro mi mujer, y sobre ella otros se encorven. Porque es maldad e iniquidad que han de castigar los jueces. […] Si hubiera tenido en poco el derecho de mi siervo y de mi sierva, cuando ellos contendían conmigo, ¿qué haría yo cuando Dios se levantase? Y cuando él preguntara, ¿qué le respondería yo? […] Si estorbé el contento de los pobres, e hice desfallecer los ojos de la viuda; si comí mi bocado solo, y no comió de él el huérfano (porque desde mi juventud creció conmigo como con un padre, y desde el vientre de mi madre fui guía de la viuda); si he visto que pereciera alguno sin vestido, y al menesteroso sin abrigo; si no me bendijeron sus lomos, y del vellón de mis ovejas se calentaron; si alcé contra el huérfano mi mano, aunque viese que me ayudaran en la puerta; mi espalda se caiga de mi hombro […] si puse en el oro mi esperanza, y dije al oro: Mi confianza eres tú; si me alegré de que mis riquezas se multiplicasen, y de que mi mano hallase mucho. […] Si me alegré en el quebrantamiento del que me aborrecía, y me regocijé cuando le halló el mal (ni aun entregué al pecado mi lengua, pidiendo maldición para su alma); si mis siervos no decían: ¿quién no se ha saciado de su carne? (el forastero no pasaba fuera la noche; mis puertas abría al caminante); si encubrí como hombre mis transgresiones, escondiendo en mi seno mi iniquidad, porque tuve temor de la gran multitud, y el menosprecio de las familias me atemorizó, y callé, y no salí de mi puerta” (Job 31:1-34).

En síntesis, Job era un hombre que:

* No sabía lo que era mentir o engañar.

* No era codicioso, materialista, aun cuando había gozado de muchas riquezas.

* Era un hombre fiel a su esposa y respetaba a la mujer del prójimo.

* No hacía acepción de personas, ni menospreciaba a sus servidores ni se valía de su posición de “amo” para someterlos.

* No era egoísta: compartía sus bienes con los más necesitados y no podía ver a alguien en necesidad sin hacer algo para ayudarlo. Se sentía hermano y padre de los menos afortunados.

* Ni siquiera aborrecía o se tomaba venganza de sus enemigos, ni los criticaba (todo un anticipo de lo que Jesús enseñó en el Sermón del Monte).

* No era un hombre de una doble moral, que en público hacía una cosa y en su intimidad hacía otra. Era íntegro aun en su vida íntima.

¡Y a este tipo de persona es a quien sus amigos se atreven a acusarlo de estar sufriendo por culpa de sus pecados!

¿Cómo no iba a estar indignado Job con sus amigos y sentirse confundido acerca de por qué Dios estaba permitiendo sus sufrimientos? ¿Cómo no iba a defender su causa, su integridad, frente a las sospechas infundadas de sus amigos?

Dios había dicho a Satanás:

“¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).

Satanás puso a prueba la fe y el carácter de Job, pero el patriarca salió indemne, y de esa manera su vida, su carácter, glorificó a Dios, y demostró LAS POSIBILIDADES DE LA HUMANIDAD; lo que el ser humano, a pesar de su condición pecaminosa y de vivir en un mundo caído, PUEDE LLEGAR A SER si es un ser “temeroso de Dios”, que vive en una relación estrecha con él y se deja guiar por su voluntad. Muestra las posibilidades del ser humano bajo la acción del Espíritu y el temor de Dios: el tipo de personas que produce la entrega a Dios.

En este sentido, cuán hermoso es el siguiente pensamiento que nos presenta los alcances del plan de redención:

“El Señor Jesús está realizando experimentos en los corazones humanos por medio de la exhibición de su misericordia y su gracia abundantes. Está realizando transformaciones tan sorprendentes que Satanás, con toda su triunfante jactancia, con toda su confederación del mal unida contra Dios y las leyes de su gobierno, se detiene para mirarlas como una fortaleza inexpugnable ante sus sofismas y engaños. Para él son un misterio incomprensible. Los ángeles, serafines y querubines de Dios, los poderes comisionados para cooperar con los agentes humanos, contemplan con asombro y gozo cómo esos hombres caídos, una vez hijos de la ira, están desarrollando, a través de la enseñanza de Cristo, caracteres a la semejanza divina, para ser hijos e hijas de Dios, para desempeñar una parte importante en las ocupaciones y los placeres del Cielo” (Elena de White, Testimonios para los ministros, p. 40).

Así como hay un “terrible experimento de la rebelión”, que es la causa última de toda nuestra degradación y nuestra tragedia como seres humanos, gracias a Dios también existe el maravilloso experimento de la redención; lo que Cristo puede hacer, por medio de su Espíritu, para transformar y elevar a la humanidad, y devolverle su nobleza perdida.

Que, por la gracia de Dios, todos nosotros nos entreguemos en sus manos para dejar que él realice ese experimento en nosotros, y su nombre sea glorificado ante el universo, como lo hizo la vida de Job.

Deja un comentario: