“LO NORMAL HUBIERA SIDO QUE YO MURIESE ALLÍ;  Y NI SIQUIERA FUI HERIDO”

Fue el único soldado objetor de conciencia de la Segunda Guerra Mundial que recibió la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos por su valor y coraje para salvar vidas entre el 29 de abril y el 21 de mayo de 1945. En este mes: Desmond Doss.

¿Nos podría decir cómo ingresó en el Ejército?

Desmond Doss (DD): Entré al servicio militar como entra la mayoría. Estaba trabajando en Newport News, Virginia, en un astillero. Estaba bien de salud, y sentía que sería un honor servir a Dios y a la Nación. Pero, entré en la categoría de “Objetor de conciencia”; es decir, una persona disponible para el Ejército, pero no para combatir, portar armas o matar.

Como soy adventista del séptimo día, no estaba de acuerdo en quitar vidas; sentía que Dios daba la vida y no estaba en mis manos quitarla. Recuerdo, cuando era niño, que mi madre tenía un cuadro ilustrado de los Diez Mandamientos, y se veía una imagen de Caín, que mató a su hermano Abel. Y yo me preguntaba cómo era posible que un hermano hiciese tal cosa. Eso me impresionó mucho. Siempre he estado interesado en el trabajo médico, así que estudié primeros auxilios en la Cruz Roja, para poder servir mejor.

En esa época, ¿había muchos objetores de conciencia?

DD: En realidad, no sé si había muchos, pero sí sé que los objetores de conciencia no tenían buena reputación. Cuando yo entré al servicio militar, había otros dos. No sé qué sucedió con ellos. Fui amenazado con ser puesto en un campamento de objetores de conciencia, pero les dije que yo no era ese tipo de objetor. Sentía que era un honor servir a mi país y a Dios, al igual que ellos. La única diferencia era que yo no quería quitar vidas; yo quería salvarlas. Quería que vieran mi expediente, y así lo hicieron. Ahora, el Ejército no sabía bien en qué consistía esa clasificación e inmediatamente terminé en la infantería. Yo no aceptaba portar armas ni recibir entrenamiento, pero dentro de mi categoría pude entrar en el cuerpo médico.

Tenía mucho por aprender. Mientras que ellos recibían entrenamiento de infantería, nosotros estábamos aprendiendo medicina. Luego, cuando salimos al campo, con el poco entrenamiento médico que habíamos recibido, tuvimos que someter a los de la infantería a ser nuestros ratones de laboratorio. Tuvimos que aprender con nuestros hombres al mismo tiempo que íbamos recibiendo entrenamiento.

Fui asignado a la división de Nueva York; la División de la Estatua de la Libertad. Y ahí, de alguna forma nos forzaron a hacer diferentes cosas y, en mi categoría, de objetor, yo era parte del Ejército. Solían tirarme zapatos mientras oraba de noche, y hacer todo tipo de comentarios sarcásticos. No me molesta repetir algunas de las cosas que decían. Pero, bueno, me hicieron las cosas bastante difíciles. Lo que sí, después de haber estado un tiempo con ellos, se dieron cuenta de que tenía principios. Era concienzudo y me gusta llamarme a mí mismo un cooperador con principios en vez de un objetor de conciencia, porque creo en el servicio a nuestro país en todas las formas posibles, al igual que todos.

Lo único que no quería hacer era quitar vidas. Así que, hacía el bien siete días a la semana. Esa fue la otra parte de mi problema. Yo me uní con reservas porque no podía hacer trabajos innecesarios durante el sábado, pero básicamente el trabajo médico es algo que se puede hacer siete días a la semana. Pero si hubiera sido en Ingeniería, no habría podido hacerlo.

Con la División 77a y con la 307, no podría haberme tocado un mejor grupo de hombres con quienes servir. Siento que fue un verdadero privilegio haber estado en la División de la Estatua de la Libertad, y no podría haber servido con un mejor grupo de hombres. Lo más importante es que ellos tuvieron que aprender cómo era yo. Ellos lo sabían. Ellos confiaban en mí, yo confiaba en ellos; trabajábamos juntos, y al principio de nuestro viaje a ultramar no hubo problemas. Estaba completamente solo y mis compañeros no podrían haber sido más amables.

Pero me topé con un problema. Yo estaba acoplado a la Compañía B de la 307. El comandante era un soldado con todas las letras. No les pedía a sus hombres que hiciesen algo que él mismo no pudiera hacer. Pero yo solo estaba acoplado a él, y él me dio la orden de ir en una patrulla porque el lugar era seguro. Ir significaba que probablemente sería herido por disparos. Si eran los japoneses, yo tendría que decir “Aquí estoy, dispárame”.

Me negué a hacerlo. Se enojó conmigo, me amenazó con enviarme al tribunal militar.

Cuéntenos sobre lo que sucedió en el acantilado de Okinawa…

DD: Cuando llegamos al acantilado principal, el capitán Vernon vino hacia mí y me dijo: “Doss, tú sabes que estás en peligro aquí, pero ¿no te importaría ir hasta donde están los hombres en el acantilado?” Le dije que iría, pero que primero me gustaría terminar de leer mi Biblia y terminar mi devoción personal. Cuando terminé, salí para allá. En primer lugar, fui a la base del acantilado y le dije a un teniente que creía que la oración era la mayor salvadora de almas que existía y que ningún hombre debía subir el acantilado por esa red de carga. Habíamos obtenido estas redes de carga de la marina, y ellas unían rectángulos de dos por cuatro, los que formaban una larga escalera. Él llamó a todo el pelotón y dijo que oráramos mucho. Eso no era lo que yo tenía en mente. Lo que yo había pensado era recordarles a los hombres que no teníamos certeza de que volveríamos y que si no estaban preparados para encontrarse con su Creador deberían estarlo antes de subir por esa red. Así que, le pedí al Señor que le diera sabiduría y entendimiento al teniente, y que nos ayudara a tomar todas las precauciones de seguridad necesarias para que pudiésemos volver con vida, si era la voluntad de Dios.

Creo de todo corazón que todos mis hombres oraron conmigo en ese momento, porque no hay infieles cuando de enfrentarse a la muerte se trata. Lo sé porque he visto a algunos de mis hombres venir hacia mí y pedirme que orara por ellos, aunque antes me habían importunado o se habían burlado de mí.

Cuando terminé de orar, subí, empujando hacia arriba y hacia delante contra los puestos japoneses. Quedamos acorralados y no podíamos movernos. Los japoneses tenían escaleras de madera que salían de los senderos en la montaña hasta donde las metralletas y los emplazamientos se veían en lo que parecía terreno natural. Fue la peor de todas las cosas que he visto en mi vida. Estábamos acorralados, sin poder movernos. Luego, el batallón quiso saber cuáles eran nuestras pérdidas. No habíamos sufrido ninguna, así que envié un informe y dije que estábamos bien. No pasó mucho tiempo antes de que nos avisaran que había muchas pérdidas. Imagínense lo que es estar acorralado, sin poder moverse, y recibir ese tipo de órdenes.

Pero, lo que quiero resaltar ahora es la comparación entre esta experiencia y aquella por la cual gané la medalla. Esto que acabo de contar fue un gran dilema para mí, porque no sabía qué hacer. Estoy muy agradecido de que no haya subido esa vez a la cima de la montaña. Después, me di cuenta de lo que el Señor había hecho por nosotros ese día. El Señor tenía algo para enseñarme también.

Durante esos días, la batalla fue muy dura. Hubo muchas bajas. Consideraron que yo era el indicado para rescatar a un centenar de hombres heridos, y les dije que no había forma de que lo lograra. Pero lo hice. Querían saber a cuántos había logrado rescatar. Les dije que no sabía. Creía que eran más de 50, pero la lista oficial decía 75.

¿Cómo salvó a esas vidas?

DD: Si el Señor no se hubiese manifestado en mi favor, yo no sé cómo habría sacado a los hombres de ese acantilado. Tenía que traer de vuelta a todos estos hombres, y solo tenía una cuerda, que era para alcanzar las municiones, y suministros a la cima del acantilado. Tenía una litera e iba a intentar traer a los hombres cuesta abajo con ella.

De repente, un pensamiento vino a mi mente. Dije: “Señor, ayúdame”. Luego, pensé en un nudo acerca del cual nunca había escuchado. Nunca lo había hecho. Cuando estábamos en Virginia Occidental y nuestras vidas dependían de nuestra capacidad de manejar los nudos (por las montañas, los ríos y los árboles), siempre lo nombraban. El teniente a cargo pensó que yo era bastante bueno atando nudos. Hizo que instruyera a algunos de los que estaban ahí. Pero recuerdo que solía costarme mucho el nudo as de guía y quería practicar un poco más, así que redoblé la cuerda y le hice un final al redoblarla. Como resultado, obtuve el as de guía y la doble cuerda. Terminé con lo que yo llamé un “doble as de guía”. En realidad, ni sé si existía ese nudo.

Oré a Dios para que el nudo funcionara. Puse una pierna dentro de un lazo y até una cuerda bajo el brazo ahí. Tenía una cuerda que me iba a servir de guía para sostener a los soldados que fuese trayendo del acantilado. Había que bajar a todos los heridos de allí arriba. Cuando llegué donde estaban los hombres, atendí primero a los más graves. Subimos con 155 hombres, y yo era el único médico.

Era una cantidad numerosa para cuidar. Por eso, quiero darle la gloria a Dios en los momentos en que es debida a él. Hay una razón por la cual quiero enfatizar esto. Al evacuar a estos hombres, al intentar que descendiesen de la cima, corría peligro la vida de todos. Estábamos casi a centímetros de los japoneses, que nos tiraban granadas todo el tiempo. Las balas también pasaban cerca. Y agradezco a Dios porque en esa terrible experiencia del acantilado ni siquiera fui herido. Fui herido cuatro veces en la Guerra, pero no allí. Humanamente hablando, era imposible rescatar tanta gente de esa cima sin ser alcanzado por el ataque japonés. Lo normal hubiera sido que yo muriese allí; y ni siquiera fui herido.

Por lo que tengo entendido, en un momento ¿pensaron que usted era un soldado japonés?

DD: Así es. Eso también fue un milagro. Me quedé en la cima hasta que saqué al último de mis hombres. Oré, y estoy seguro de que mi esposa, mi madre y muchos otros estaban orando por mí. Mis hombres me hacían acordar a mi familia. Hay algo en relación con el combate que acerca muchísimo a los hombres entre sí. Es como si fuesen de tu propia sangre. Esos hombres confiaban en mí. Y no quería fallarles. Sabía que Dios estaba conmigo. No sentía que me iban a matar. Pensé que si podía salvar solo a un hombre más, todo valdría la pena. Y así regresaba. Siempre pensando que podía salvar a uno más. Fue así hasta que, finalmente, saqué al último de mis hombres.

¿Qué tipo de heridas tenían?

DD: La mayoría de ellos tenía heridas de bala y de granadas causadas por los explosivos. Un coronel tenía una especie de misil atravesado en el pecho. Eran heridas muy graves. Después, nos dimos cuenta de que los japoneses nos dejaron ganar mucho terreno en esa cima para que nos animáramos, pero despúes nos acribillaron. Ellos conocían muy bien nuestra ubicación. Nos tiraban obuses. Casi hicieron volar a varios soldados por el aire, así como a miembros del cuerpo. Volaban manos, piernas…

Si tuviera que darles un consejo a los médicos de hoy que están en una guerra, ¿qué tipo de consejo les daría?

DD: El mejor consejo que puedo dar es que pongan cuerpo y alma en su trabajo. Si les gusta lo que están haciendo, el Señor los bendecirá. Creo que, especialmente para los médicos, este es el trabajo más gratificante que existe. No podemos salvar a todos, pero hacemos el esfuerzo.

Y, además, creo que no solo debemos ser ayudantes en las emergencias médicas, sino también ser capellanes. A veces hay que ayudar a sanar el alma de las personas también. Más que nada, cuando sabes o te das cuenta de que ese herido no va a sobrevivir. Así que, debes ser capaz de hablar palabras de ánimo a estas personas. Siento que mi trabajo ha sido muy gratificante. No tengo pesares. Simplemente, estoy muy agradecido por haber tenido el honor y el privilegio de servir a Dios y a mi país.

Y sé algo más: Sé que lo que Dios hizo conmigo lo puede hacer también con otras personas.  RA

 

Sobre El Autor

Licenciado en Teología (Universidad Adventista del Plata) y en Comunicación Social (Universidad Nacional de Rosario). Ha trabajado como pastor, docente universitario y periodista. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de Conexión 2.0, Acción Joven y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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