Lección 1 – Cuarto trimestre 2016

Bienvenidos a este nuevo trimestre de estudio y reflexión en la Palabra de Dios. En este caso, con uno de los libros más desafiantes de la Biblia, porque aborda el que en realidad es el tema más desafiante para la fe del creyente: la omnipresencia del dolor en el mundo.

Sabemos que desde aproximadamente el siglo XVIII en adelante (con los movimientos racionalistas alemán y especialmente el francés –con el Iluminismo, o Ilustración, y su ícono máximo, la Revolución Francesa–; y más tarde con la irrupción del Evolucionismo como el gran panparadigma científico), se ha instalado en nuestra sociedad occidental un clima de escepticismo hacia lo religioso.

Hay por lo menos tres grandes razones por las cuales el hombre contemporáneo descree de Dios y de las religiones: una de ellas tiene que ver con las objeciones científicas presentadas por los ateos o incrédulos, al haber aceptado el paradigma evolucionista como explicación de todas las cosas, especialmente el evolucionismo materialista (para distinguirlo del evolucionismo teísta), paradigma que no coincide con el relato bíblico de la Creación y el origen del cosmos. Sin embargo, aunque no sea fácil enfrentar estas objeciones (sobre todo, para quienes somos legos en la materia), hay abundante material científico creacionista que presenta las evidencias de un diseño inteligente y, por lo tanto, de la existencia de Dios, así como serias objeciones a la Teoría Evolucionista, mostrando sus falencias e incongruencias.

Otra de las razones es una reacción crítica a las religiones: lamentablemente, a lo largo de la historia, el enemigo de Dios se las ha ingeniado para pervertir el fenómeno religioso (especialmente el cristiano), y hacer que, en muchos casos, la religión se haya transformado en una maldición en vez de una bendición para la humanidad. No solo en nombre de Dios se ha cercenado la libertad de conciencia y de pensamiento, sino también se ha perseguido, torturado y asesinado de las formas más crueles y masivas que conoce la humanidad. Y, sin llegar a estos extremos, enfoques religiosos equivocados han hundido (y lo siguen haciendo) en la culpabilización desmedida, la angustia, la depresión y la castración del espíritu humano a millares de personas, que viven vidas frustradas, reprimidas, empequeñecidas, “gracias” a su fe en Dios. Además, la falta de amor y de solidaridad social de muchas religiones y religiosos parece presentar signos de la “ausencia de Dios” en el mundo más bien que de su presencia amorosa y bienhechora.  No obstante, este fenómeno, si bien no es aceptable, es comprensible, si somos realistas con respecto a la naturaleza humana, incluso de los religiosos. Y, sobre todo, para quienes creemos en el concepto bíblico del Gran Conflicto, pues entendemos que estas cuestiones responden a la intervención diabólica en el mundo, y aun dentro de la iglesia, tratando siempre de “hurtar, y matar y destruir” (Juan 10:10), especialmente a la iglesia.

Pero, la tercera razón de este escepticismo es la que más desafía al creyente (teólogos, filósofos y aun a creyentes sin demasiada instrucción), porque, si nos sinceramos, hay un punto en el que no encontramos respuestas al gran interrogante universal (la “pregunta perenne”, nos dice nuestra lección): ¿Cómo es posible que si Dios existe, y es un ser infinito en amor, bondad y poder, como proclaman las religiones judeocristianas, permita TANTO dolor y de características TAN TERRIBLES en nuestro planeta, cuando se supone que él podría impedirlo?

Es cierto, los creyentes en la Revelación Bíblica (especialmente los adventistas) entendemos que Dios no es en absoluto responsable por la presencia del dolor en el mundo; él no lo introdujo en el mundo ni lo provoca sino que, en forma directa o indirecta, “un enemigo ha hecho esto” (Mat. 13:28). Es una obra diabólica, y sufrimos, en última instancia, porque vivimos en un mundo caído, en rebelión. Pero, esa misma revelación bíblica nos muestra que en muchísimas ocasiones Dios ha intervenido en este mundo caído para impedir las obras diabólicas, ponerles un límite, proteger a sus hijos, salvarlos de situaciones difíciles, revertir incluso los efectos del pecado (milagros de sanación, por ejemplo), etc. ¿Por qué no siempre lo hace, siendo que nos ha demostrado en la Biblia que cuando él quiere puede hacerlo?

La ecuación que solemos hacer los creyentes, frente al dolor, es que si Dios lo permite es para lograr un bien superior (Rom. 8:28). Pero ¿qué bien se puede extraer, por ejemplo, de la violación de una menor, y su posterior tortura y asesinato, como sabemos que son cosas que suceden? ¿Qué bien se puede extraer del secuestro de menores o adolescentes para llevarlas a un país extranjero y obligarlas a prostituirse bajo los efectos de drogas impuestas por la fuerza o bajo la amenaza de torturas y muerte, para no ver nunca más a su familia, como sucede con la trata de blancas? ¿Debemos seguir mencionando sufrimientos tan terribles como estos, que ciertamente le suceden a la humanidad?

El tema es demasiado doloroso, y ciertamente no hay una explicación suficientemente satisfactoria para justificar a Dios (es lo que significa una “teodicea”) frente a tanto y tan terrible dolor que permite. Los creyentes, que amamos a Dios, en nuestro afán de defenderlo frente a las críticas que la gente le hace por esta causa, a veces incurrimos en contestaciones huecas, banales, simplistas, que lo único que hacen es exacerbar todavía más el resentimiento de los incrédulos hacia Dios (porque, como diría alguien, “cuando no tenemos nada para decir, decimos cualquier cosa”).

Porque en el fondo, lo que mucha gente tiene hacia Dios es un resentimiento emocional, por causa del dolor. El ateo resuelve su resentimiento fácilmente: “Dios no existe. Punto”. Y muchos creyentes (incluso de aquellos a quienes consideramos “gigantes espirituales”, como por ejemplo la Madre Teresa de Calcuta, recientemente canonizada por el papa Francisco), aun cuando tratan de seguir creyendo en Dios a pesar de este “escándalo” del dolor (Badenas), ven su fe, su confianza absoluta en Dios, perturbada, sacudida, y esto merma su poder de convicción a la hora de hacer frente a sus propios infortunios, e incluso en algunos casos su poder de testificación. Muchos sinceros y grandes creyentes pasan por períodos de aridez y oscuridad espiritual (como Juan el Bautista, por ejemplo).

Por eso, el gran escritor adventista Roberto Badenas nos habla del “escándalo del dolor”, y nos propone que “solo aquel que cree puede mirar al sufrimiento cara a cara, sin cerrar los ojos, sin reducir su escándalo, sin resignarse y sin rebelarse contra la aparente inhibición divina” (Roberto Badenas, Encuentros [Madrid: Editorial Safeliz, 1991], p. 93). No es cuestión de hundir la cabeza bajo tierra como el avestruz, de taparse los ojos y los oídos, evadiéndonos de esta realidad y de este desafío para la fe.  Por el contrario, la fe verdadera, aquella que no es un mero mecanismo de evasión, se fortalece en el crisol de la duda, al enfrentarse cara a cara con ella, en vez de negarla. Pero, seguramente la actitud más adecuada es la que nos sigue presentando el Pr. Badenas:

“El creyente puede atisbar la vida, el bien y su triunfo definitivo por encima del sufrimiento y de la muerte. Sabe que frente al mal toda explicación humana es irrisoria, y que aquí y ahora solo se imponen la resistencia, la fraternidad y la esperanza. Para él, creer, aunque no resuelve el escándalo del mal, comporta una superación del problema en espera de su solución definitiva” (ibíd.).

La única arma que tenemos, en última instancia, frente al dolor, es la fe y la esperanza. Pero la fe no es un taparse los ojos para tratar de autosugestionarnos y creer aun sin que haya razones para hacerlo:

“La fe verdadera está lejos de ser una actitud mental reconfortante. Es un acto de confianza absoluta en que Dios está de nuestra parte. Porque un hombre, en cuyo rostro hemos reconocido a Dios [Jesús], ha compartido nuestra miseria y la ha superado para siempre con una dosis de amor mayor que todo nuestro odio. Como profeta de la felicidad y garante de la Vida, sus milagros no son más que las arras de la veracidad de sus promesas y de su triunfo final” (ibíd.).

Y, en este sentido, el libro de Job, si bien relata hechos literales que sucedieron en realidad, de algún modo –como propone el autor de la lección de este trimestre, el Pr. Clifford Goldstein– se constituye en una pequeña representación de lo que, en última instancia, nos sucede a toda la humanidad, en mayor o en menor grado, desde la introducción del pecado en el mundo, y con él el dolor.

Y el autor de la lección nos propone empezar por el final del libro: por el fin de Job; en qué acabó su historia terrenal. Quizá, inspirado en aquella declaración inspirada del apóstol Santiago: “He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Sant. 5:11).

Este “fin del Señor” ¿se referirá a la forma en que terminó nuestro Señor Jesucristo su vida terrenal (muriendo en la Cruz por nosotros) o al “fin del Señor” como el objetivo que Dios tenía con la vida de Job y la forma en que “cerró” la historia de Job? El contexto parece indicar esta última opción. Y, si bien el Pr. Goldstein –con mucho realismo y racionalidad– nos dice que, en realidad, por muchos bienes terrenales y humanos con que Dios lo haya bendecido en esta Tierra luego de tanto dolor, eso no alcanza a compensar en forma absoluta todos sus infortunios (nada reemplaza la muerte de un solo hijo, mucho menos la de varios que murieron todos a la vez), incluso porque, en definitiva, nadie tiene un “final feliz en esta Tierra”: la muerte nunca es un final feliz, aun cuando toda la historia previa pudiera haber estado llena de felicidad. Es más, para el que deja funcionar su cerebro sin recurrir a mecanismos de evasión (como la negación, la minimización, la racionalización, etc.), la perspectiva de la muerte es capaz de ensombrecer toda la felicidad que podamos tener en esta vida (aunque, como alguna vez me dijera mi madre con mucha agudeza, al referirse a un escritor argentino caracterizado por su visión hiperrealista y sombría de la realidad: “Le falta el grado de inconsciencia necesario para poder vivir”).

¿Por qué empezar por el final de Job? Porque, en última instancia, frente al dolor, las preguntas de “por qué” o “para qué” Dios permite el dolor son estériles, porque en realidad no tendremos una respuesta plenamente satisfactoria de este lado de la eternidad. La pregunta que sí es fecunda, y puede alentar nuestra fe y nuestra esperanza, es “¿Qué hará Dios definitivamente con el sufrimiento?” “¿Habrá un final para el dolor o será un compañero eterno del ser humano?”

Y, lo que revela tanto el libro de Job como el resto de la Revelación Bíblica es que Dios, si bien permite el sufrimiento, LE PONE UN LÍMITE. Es soberano sobre él. Aun en esta vida terrenal, la mayoría de nuestras causas de dolor tienen un CARÁCTER TEMPORAL. Salvo algunas desgraciadas excepciones, aquello que nos hace sufrir ocupa momentos puntuales, esporádicos, de nuestra vida (aunque cuando sufrimos nos parezca que nuestra vida se resume y agota en ellos). Sin embargo, la experiencia nos muestra que “pasarán” (aun cuando luego vendrán otros motivos de dolor). Pero, sobre todo, Dios ha elaborado un plan para la eliminación definitiva del mal y del dolor, plan que se completará y concretará definitivamente cuando se materialice nuestra gran esperanza del retorno de Cristo a la Tierra. Por eso, Pablo nos insta a ver las cosas en perspectiva, la perspectiva de la eternidad, contra los “pocos” noventa o cien años de vida (en el mejor de los casos) terrenal, matizada de alegrías y dolores:

“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18; énfasis agregado).

Como bien dice el autor de la lección, una teología no se puede edificar ni agotar sobre un solo libro de la Biblia. La revelación es progresiva, y el libro de Job nos aporta mucha información e inspiración sobre el tema del dolor, pero en última instancia hay que considerarlo a la luz de toda la Revelación Bíblica, y sobre todo de la gran maravilla del evangelio: la realidad de un Dios que se hace humano, para hacerse uno con nuestro dolor, compartirlo, pero también ser vencedor sobre él, para redimirnos precisamente a través de sus propios, exclusivos e indecibles dolores, que jamás nosotros seremos llamados a soportar, como lo fueron los dolores misteriosos y milagrosos de la Expiación. Y, precisamente es a través de su propio dolor inenarrable que Jesús nos abre la puerta de la esperanza, al haber triunfado así sobre las potestades del mal, “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte [y de todo el dolor en este mundo], esto es, al diablo” (Heb. 2:14). Jesús “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Tim. 1:10).

No son las posibles explicaciones acerca de por qué o para qué Dios permite el dolor lo que nos va a ayudar. Es esta perspectiva de futuro, DEL FIN, lo que nos puede sostener, consolar, alentar, fortalecer, frente a nuestros propios infortunios, y ayudar a otros a participar de la misma bendita esperanza.

Que a lo largo del trimestre podamos permitir al Espíritu Santo que nos enseñe lo que él quiso que supiéramos acerca de Dios, del mal, del pecado, del dolor, de la fe y de la esperanza, a través del libro de Job.