Comentario lección 5 – Tercer trimestre 2016

A lo largo del trimestre hemos estado viendo cómo Dios reveló, en el Antiguo Testamento, su preocupación por los pobres, por la justicia social y por una verdadera religiosidad –entendida principalmente como una fuerza espiritual que nos conduzca a un carácter semejante al de Dios, lleno de amor abnegado, que nos conduzca a realizar acciones concretas en favor del prójimo necesitado. Pero ahora tenemos a Dios mismo entre los hombres, a Jesús, que a través de sus enseñanzas, pero principalmente de su ejemplo, mostró el verdadero rostro de Dios, que es misericordia, amor abnegado, concreto, práctico, especialmente por los más sufrientes.

LA MISIÓN MESIÁNICA DE JESÚS: UNA MISIÓN LIBERADORA

Cuando Jesús predica en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, sus oyentes seguramente esperaban que anunciara la instauración de su reino en breve, con un marcado tinte político; la liberación tan ansiada de la opresión romana. Jesús usa como “texto clave” de su sermón el pasaje que ya hemos visto, de Isaías 61:

“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Luc. 4:16-19).

Este texto ha sido interpretado por muchos con un sentido eminentemente político aun en nuestros días. Cuando el texto habla de “dar buenas nuevas a los pobres”, “pregonar libertad a los cautivos”, “poner en libertad a los oprimidos”, muchos entienden que, entonces, la misión de Cristo, y de su cuerpo, que es la iglesia, es inmiscuirse en las cuestiones sociopolíticas, revolucionar las estructuras humanas injustas, y de esa manera lograr estos cometidos de libertad para los cautivos y los oprimidos por regímenes políticos abusivos o que favorecen a las clases altas de la sociedad en desmedro de la clase trabajadora.

Jesús proclama, luego de leer este pasaje mesiánico de Isaías: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Luc. 4:21). Sin embargo, no vemos en ninguna parte de los evangelios que Jesús dedicara sus fuerzas y su tiempo a liberar a Israel del yugo romano, ni que indicara esto a sus seguidores como parte de su misión. En cambio, lo vemos dar a los pobres las buenas nuevas del amor de Dios, de su cuidado sustentador, de la esperanza de un reino futuro, escatológico, en el que habrá abundancia de pan en la casa del Padre y en las moradas eternas (Juan 14:1-3). Lo vemos sanando “a los quebrantados de corazón”, a los heridos por la culpa del pecado o las heridas de la vida con la seguridad del perdón de Dios, de su amor incondicional, de su apoyo en la vida, de la paz y la seguridad que podrían tener en la presencia de Dios en su vida. Lo vemos libertar a los cautivos, no de la opresión romana, sino del dominio del pecado y de Satanás en su vida, transformándola a la semejanza de Dios, llenándola de su bondad, su pureza y su rectitud. También lo vemos libertando a los cautivos y oprimidos por la enfermedad física o mental, devolviéndoles la salud perdida. Lo vemos sanando a los ciegos físicos, pero sobre todo devolviendo la vista espiritual a los que solo podían ver a este mundo y sus efímeras promesas de felicidad, para que pudieran ver percibir una realidad mayor: la belleza y la esperanza bendita del Reino eterno al final de la historia, y mientras tanto la alegría de la presencia y la asistencia de Dios en su vida actual.

 ¿Significa esto que a Jesús no le importaban los problemas sociopolíticos de la gente? Por supuesto que sí, pero no vemos en los evangelios ningún intento, por parte de Jesús, de derrocar al Gobierno romano, como pretendía la mayor parte del pueblo judío, especialmente los zelotes (los guerrilleros de la época), y como muchos cristianos quisieran hoy que suceda con las fuerzas de la iglesia. ¿Estamos diciendo con esto que como cristianos no debemos interesarnos en los problemas políticos y sociales, y hacer nuestro aporte para mejorar las condiciones de vida de la gente? En ninguna manera. Ya hemos comentado en lecciones anteriores cómo forma parte de nuestro deber moral, como cristianos y como iglesia, “alzar la voz por los que no tienen voz”, para defender al oprimido. Pero, circunscribir la misión de la iglesia a la lucha sociopolítica o hacer de ella la prioridad número 1 sería desnaturalizar el mensaje del evangelio y el propósito de la redención, que es transformar los corazones individuales a la semejanza de Cristo, liberarnos del pecado, que es nuestro mayor enemigo. Aun cuando todo el mundo gozara de bienestar económico y de libertades sociales, quedaría todavía el problema del pecado, que hace estragos en las relaciones humanas, que hunde a las personas en el vacío existencial, en la sinrazón, en la pérdida del sentido de la vida (Frankl), que conduce a la degradación moral e incluso al suicidio, como paradójicamente podemos ver que sucede en algunas de las sociedades más opulentas de la Tierra, como en el norte de Europa. Gente que lo tiene todo desde el punto de vista material, pero que por causa del pecado viven vidas egoístas, hedonistas, huecas, superficiales, de relaciones efímeras; en las que ya nada los satisface aunque tienen de todo, y muchos terminan quitándose la vida, mientras que hay gente humilde, que padece necesidades económicas, pero que saben ser más felices, pues mantienen los verdaderos valores de la vida: la bondad, el amor, la solidaridad, la amistad, la familia.

Hoy, y mientras duren las estructuras humanas injustas y hagamos nuestra parte para que esto cambie, lo que sí podemos hacer, como lo hizo Jesús, es tratar de paliar lo máximo posible los efectos del pecado y de esas estructuras injustas, mediante un ministerio de amor desinteresado por los pobres, los enfermos, los quebrantados de corazón, los esclavos de los vicios y del pecado. Podemos llevar el consuelo del amor de Dios a los deprimidos, los angustiados. Podemos dar una mano de auxilio a los indigentes o los pobres, contribuyendo a su bienestar con ropa, frazadas, comida. Podemos brindar auxilio médico y psicológico a los que lo necesitan. Y, de esta manera, no solo aliviar la carga de la humanidad sino también revelar así el amor de Dios a los hombres, y convertirnos en signos de su existencia y su presencia en el mundo.

LA VERDADERA RELIGIÓN: AYUDAR AL NECESITADO

“Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás” (Luc. 10:25-38).

Hay muchos mandamientos en la Biblia (los judíos contaron 613 mandamientos en la Torah), pero Jesús y este intérprete de la Ley pudieron resumir su esencia y su propósito en estos dos grandes mandamientos: amar a Dios por sobre todas las cosas, y amar al prójimo como a sí mismo.

Y, para hacer más gráfico y más realista lo que significa el amor al prójimo, y que no quede meramente en una declaración poética, Jesús lo ilustró con la parábola del buen samaritano, que todos conocemos. Un hombre había descendido de Jerusalén a Jericó, y en medio del camino sufrió una emboscada de ladrones, quienes lo asaltaron, lo golpearon y lo dejaron medio muerto. Entonces, entran en escena tres personas que contemplan su dolor:

“Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese” (Luc. 10:31-35).

Todos esperaríamos que las mayores manifestaciones de bondad hacia esa persona gravemente herida provinieran de los religiosos, especialmente de los dirigentes religiosos, quienes se supone “están más cerca de Dios”, como mucha gente cree. Hoy, también la gente espera que quienes profesan ser religiosos o seguir a Cristo, y especialmente los clérigos (rabinos, sacerdotes católicos, pastores protestantes), sean los primeros en ayudar, en tender una mano.

Pero, paradójicamente, no fueron los “espirituales” y “religiosos” representantes de la “religión verdadera” los que cumplieron con la esencia de la vida religiosa, sino un despreciado samaritano, alguien que no pertenecía a la “iglesia verdadera” sino a “Babilonia”, alguien que no tenía la “doctrina correcta”, ignorante de la “verdad presente”.

Hoy, quizá muchos de nosotros también estemos más preocupados por “engancharnos” en todas las actividades que se realizan “dentro” de la iglesia, en cumplir con todo lo que se espera del “estilo de vida adventista”, en llegar a tiempo a todos los cultos, que en salir al mundo y ayudar al necesitado. Mientras tanto, hay gente que sin los privilegios doctrinales que tenemos nosotros, sin el conocimiento teológico de las verdades especiales para el tiempo del fin, sin embargo, dentro de su ignorancia doctrinal, vive más el verdadero espíritu del evangelio, y tiene un corazón solidario y vive realizando acciones de amor abnegado en favor de los necesitados.

“Aquellos a quienes Cristo elogia en el juicio pueden haber sabido poco de teología, pero albergaron sus principios. Por medio de la influencia del Espíritu divino fueron una bendición para quienes los rodeaban. Aun entre los paganos hay quienes han abrigado el espíritu de bondad […]. Entre los paganos hay quienes adoran a Dios ignorantemente, quienes no han recibido jamás la luz de un instrumento humano, y sin embargo no perecerán. Aunque ignorantes de la ley escrita de Dios, oyeron su voz hablarles en la naturaleza e hicieron las cosas que le ley requería. Sus obras son evidencia de que el Espíritu Santo ha tocado su corazón, y son reconocidos como hijos de Dios” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 70).

Y es que aun el deseo de salvación personal podría ser o convertirse en un deseo egoísta: no hay amor verdadero por Dios o por el prójimo, sino asegurarse de tener un “terrenito” en el cielo. La religión puede ser solo una forma de autoprotección frente a los problemas y los peligros de esta vida, y de “negociar” con Dios para que nos dé un lugarcito en el cielo. En cambio, la verdadera religiosidad entraña una honda vocación moral, una aspiración sublime de ser verdaderamente buenos, de vivir para hacer el bien.

Hay gente que quizá no es religiosa por causa misma del mal ejemplo de los creyentes, pero que permite al Espíritu Santo que la impulse al bien y la bondad, dentro de la luz que tiene. En el fondo, está más cerca de Dios que muchos de nosotros, porque en definitiva Dios es amor, y lo que más le interesa de nosotros es que aprendamos a amar de verdad, como lo hace él.

Que el Espíritu de Dios llene nuestros corazones y seamos dóciles a esos impulsos de amor que pone en nosotros, para ser pequeños cristos para los necesitados y sufrientes que encontremos en la iglesia, y en el mundo que nos rodea.

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