“Levantándose de allí, vino a la región de Judea y al otro lado del Jordán” (Mar. 10:1).

Nuestro viaje de bodas nos llevó a la República Checa. Después de visitar la bella capital, Praga, alquilamos un auto y nos fuimos a explorar el interior del país.

Un día, una pareja de paisanos, al vernos sentados sin hacer nada a la vera del camino, nos invitó a acompañarlos hasta el maizal en el que estaban trabajando. El lenguaje de las palabras quedó atrás – nadie entendía nada; pero pudimos saborear un raro momento de hospitalidad y cariño. Caminamos juntos, y cuando nos despedimos teníamos una bolsa llena de choclos para comer en algún próximo almuerzo.

Cuando decidimos ponernos en movimiento y dejarnos sorprender y enriquecer por lo que se nos presenta en el camino, la vida se vuelve más intensa. Y el encuentro espontáneo con otras personas –el dejarse encontrar– es lo que le da más sabor a esa intensidad.

Así lo hacía Jesús. Iba por los caminos de Palestina y se dejaba encontrar. Cuando leemos los evangelios y vemos todos los viajes que hacía, tenemos la fuerte impresión de que Jesús salía a caminar para ponerse a disposición de hombres, mujeres y niños que necesitaban de él. No iba con una agenda cargada de citas arregladas de antemano. Iba, simplemente, caminando y dejándose encontrar.

Marcos 10, entre otros muchos textos parecidos en los evangelios, nos presenta a Jesús caminando e interactuando. “Levantándose de allí, vino a la región de Judea y al otro lado del Jordán; y volvió el pueblo a juntarse a él, y de nuevo les enseñaba como solía” (vers. 1). Después de pasar un momento con esta gente, Jesús siguió con su caminata: “Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delate de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? (vers. 17). Luego del célebre encuentro con el joven rico, seguirá en movimiento hasta que aparecerá un ciego conocido en la escena: “Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando” (vers. 46).

Si Jesús hubiese pasado la mayor parte de su tiempo enseñando en las sinagogas, no se habría encontrado con los parias de la sociedad, con los extranjeros, las mujeres, los niños, los enfermos, los ciegos y los leprosos. Simplemente, no se hubiera encontrado con aquellos que más necesitaban de él. Si Jesús hubiese permanecido en las sinagogas, tendríamos muchos más relatos, en los evangelios, sobre los dolores de cabeza que le daban aquellos que se consideraban justos. En lugar de ello, Jesús salía a caminar con la esperanza de que su camino se cruzara con el camino de aquellos que deseaban una vida mejor.

¿Cómo sería mi vida, cómo sería mi iglesia, si en lugar de permanecer en los lugares donde estamos cómodos saliésemos a caminar, sin agendas ni apuros, para dejarnos encontrar? Tal vez haya alguien allí “afuera” que necesita descubrir a un hijo de Dios. Tal vez encuentre a alguien que puede ayudarme a ver la vida desde otra perspectiva. ¿Cómo sería mi vida si caminara como Jesús, si partiera sin itinerarios para dejarme sorprender? Sería, probablemente, una experiencia más inolvidable que un viaje de luna de miel. RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

Artículos Relacionados

Deja un comentario: