Claves para enfrentar las crisis actuales, por las que impera un collage de ideas personales por sobre los principios bíblicos.

Día tras día, las noticias nos sorprenden con hechos cada vez más violentos, corruptos e inmorales; basta con ver un informativo en la televisión, hojear un diario, escuchar la radio o leer un portal de noticias en Internet. Estamos rodeados de violencia, agresión e individualismo. Muchos preguntan acerca de cuáles son los valores que guían la conducta humana de hoy.

Al parecer, sobre todo los jóvenes, ya no poseen valores firmes, sino simples opiniones personales sobre ciertos temas referentes a la sexualidad, el matrimonio, las relaciones interpersonales, y otras cuestiones de la vida humana y cristiana. Las personas tratan de tener lo que muchos llaman una “mentalidad abierta”, creando un cambalache de ideas y principios, un collage en lo referente a la identidad, una crisis de los valores, ambigüedad sexual y hedonismo.1

Así, no hay valores; solo hay opciones y opiniones. El llamado “relativismo moral” impregna la sociedad posmoderna, y muchos ya no logran distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, entre lo importante y lo urgente.

Como cristianos, es indudable que el poseer buenos valores constituye mucho más que formular simples opiniones sobre un asunto. A nuestro alrededor, son muchas las personas que, en lugar de ser guiadas por Dios, buscan fuentes externas de pautas morales para decidir lo que está bien y lo que está mal. En el sistema de valores cristiano, Dios es la Fuente de los valores morales y, por lo tanto, lo que es moral o inmoral trasciende la opinión personal o de la sociedad. La Palabra de Dios deber ser la influencia más importante en ayudarnos a determinar los valores por los cuales hemos de vivir.

Por otro lado, no son solo los jóvenes de la sociedad quienes padecen de una crisis de valores. El desinterés y el desconcierto de muchos adultos han contribuido a que no se transmitan modelos identificatorios ni enseñanzas clave que los orienten en sus decisiones. Muchos jóvenes desean parecerse a cantantes y actores populares, o a pensadores revolucionarios, identificándose con su forma de actuar y de pensar. Todos ellos personajes etéreos, sin valores específicos, que ejercen una influencia poderosa, pero limitada en el tiempo.

Así, se valora más el tener que el dar, adoptando una vida de placer y sensualidad. Para muchos, el ser competentes es mejor que ser solidarios, dejando de lado el sacrificio y el esfuerzo. De este modo, se cambió el compromiso y el pasar tiempo en familia por el aislamiento y la incomunicación. Pareciera que solo la imagen y el dinero son lo que más importa.

Lamentablemente, los valores cristianos son despreciados, abandonados o tergiversados, y no existe un interés genuino por el prójimo. Por otro lado, muchos intentan colocar un precio económico a valores como, por ejemplo, la familia, el matrimonio y el tiempo. Pero ¿cuánto pagaríamos por una familia sólida y unida? ¿Cuánto podría costar un amigo leal, un socio honesto o un cónyuge fiel? Esto deja en evidencia que, como cristianos, debemos mantenernos firmes ante un mundo que cambia constantemente, y que intenta modificar mucho más que nuestros pensamientos.

Entonces, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de valores personales; y, aún más, de valores cristianos? En términos económicos, “valor” es un concepto usualmente ligado al “precio”. Así, basta comparar el costo de dos artículos para determinar cuál es más “valioso”.

En las relaciones humanas, un valor es un principio que conduce al individuo a elegir ciertas metas y a obrar de determinada manera, y no de otra; es lo que, de manera intrínseca, guía nuestras acciones y decisiones. Los valores se basan en creencias, un conjunto de normas internalizadas que forman parte de nosotros mismos, de nuestra experiencia. Detrás de cada acción, existe una decisión tomada sobre la base de una escala de valores personales. Al relacionarnos con los demás, se pone en evidencia esta escala de valores que guía nuestra conducta.

Si bien los tiempos cambian, y la gente modifica su forma de pensar y de actuar, y hasta trunca sus principios, los valores fundados por Dios nunca varían. En la Biblia, encontramos la norma por la cual guiar nuestras acciones y pensamientos, y por la cual el valor supremo es el amor a Dios.

Pero no nacemos con una escala de valores incorporada, sino que la construimos desde muy pequeños absorbiendo las actitudes y los comportamientos de los que nos rodean (padres, familia, amistades, escuela, iglesia). Así, los valores se legan de generación en generación, se siembran, se comparten. Para ello, se requiere tiempo y dedicación. Por eso, hoy muchos valores se pierden, ya que no se transmiten ni se cultivan espacios de interacción con otros. De esta manera, los lazos se desintegran; surge la violencia, el desinterés por el prójimo y el individualismo.

Al no promoverse el diálogo y el intercambio de opiniones entre padres e hijos, el niño no logra interiorizar tempranamente valores firmes, y sentirse contenido.

En su sabiduría, Dios dejó instrucciones en relación con la responsabilidad que tenemos como adultos de fomentar la formación de valores y principios desde pequeños.

Como mayores, tenemos la responsabilidad de transmitir, por medio de la experiencia y el ejemplo, los verdaderos valores cristianos, teniendo en cuenta que un valor no se aprende, sino que se asimila.

La interiorización de valores y actitudes y la adopción de un estilo de vida coherente implican procesos cognitivos, afectivos, emocionales, conductuales y espirituales.

Debemos guiar a nuestros jóvenes a interrogar a la Biblia, a partir de sus problemas e inquietudes. Estudiemos junto con ellos la vida de hombres y mujeres que, si bien vivieron en contextos distintos de los actuales, tuvieron problemas y crisis existenciales semejantes a los que viven los adolescentes hoy. La experiencia de Daniel, Ester, José, entre muchos otros, nos enseña cómo actuar en un mundo que se burla de la moralidad y de los valores bíblicos. Al estudiar dichas historias, que constituyen ejemplos prácticos de vidas bendecidas por nuestro Padre celestial, encontraremos valores y principios acordes a la voluntad de Dios.

No olvidemos que la transmisión de valores implica un testimonio constante; los discursos y las explicaciones, muchas veces, sobran. Es el ejemplo de nuestra vida auténtica, cimentada en la Roca firme, lo que puede ayudar y formar a otros.

Pero antes, es necesario poder replantear cuáles están siendo nuestros valores y prioridades, y si están a la altura de lo que Dios nos exige.

Cristo basó sus enseñanzas no solo en lo que transmitía verbalmente, sino principalmente sobre sus actitudes y comportamientos: sanando enfermos, escuchando a mujeres y niños, reuniéndose con personas no queridas de la sociedad judía… Sus actos hablaban mucho más que sus palabras, y transmitían enseñanzas que se grababan a fuego en el corazón de quienes lo rodeaban. Cristo reveló que la honestidad, la bondad, la justicia, la misericordia, el amor al prójimo y el poner en primer lugar a Dios son principios esenciales en la vida de un cristiano. Escudriñando su vida es como descubriremos los valores fundamentales para nuestro diario vivir, los cuales influirán también para que otras personas lo acepten y vivan para él. RA


Bibliografía:
 1 Obiols, Guillermo y Di Segni, Silvia. Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria. Editorial Kapelusz. Julio 1994.

Deja un comentario: