¿CAMPO O CIUDAD?

¿Vivir en el campo o en la ciudad? ¿Dejar los centros urbanos o realizar un ministerio dentro de ellos? Son preguntas que han provocado discusión dentro de la iglesia por más de un siglo. ¿Cuál es la visión correcta? ¿Cuál, la decisión equilibrada? Los últimos acontecimientos del escenario profético han aumentado el interés por este tema tan sensible, y para evitar decisiones imprudentes necesitamos de una visión amplia de los escritos de Elena de White.

Los consejos sobre la vida en el campo, especialmente para aquellos que buscan mayor pureza y sensibilidad espiritual, son enfáticos:

“La instrucción para nuestro pueblo es de radicarse a kilómetros de distancia de las grandes ciudades” (Eventos de los últimos días, p. 84).

“Debido a la actuación de compañías monopolizadoras y a los resultados de las confederaciones obreras y las huelgas, las condiciones de la vida en las ciudades se hacen cada vez más difíciles. Graves disturbios nos aguardan, y muchas familias se verán en la necesidad de abandonar la ciudad” (El ministerio de curación, p. 282).

El asunto, sin embargo, es más amplio, y por eso fue publicada la compilación titulada De la ciudad al campo, con las principales citas de Elena de White. Pero en Eventos de los últimos días (cap. 7) pueden encontrarse consejos preciosos; y Mensajes selectos (t. 2, cap. 46) también presenta una visión que se aplica al asunto, con recomendaciones a las familias que se preparaban para salir de Battle Creek.

En cualquiera de los materiales estudiados, el mensaje es claro y los beneficios son seguros. No faltan, sin embargo, pedidos de equilibrio: “No deben realizarse movimientos imprudentes” (Mensajes selectos, t. 2, p. 414). “No se haga nada en forma desordenada, para que no se produzcan grandes pérdidas ni se sacrifiquen las propiedades a causa de discursos ardientes e impulsivos que despiertan un entusiasmo que no está de acuerdo con la voluntad de Dios” (ibíd., p. 416).

No se haga nada en forma desordenada

Elena de White estimula a los que puedan salir de las ciudades, pero también valoriza a aquellos que deben permanecer en ellas, reconociendo que ambos están siendo fieles a orientaciones de Dios.  “Muchos ten­drán que trabajar laboriosamente para ayudar a abrir el camino. Pero hasta que sea posible salir, durante todo el tiempo que permanezcan en ellas, deberían ocuparse activamente en el trabajo misionero, por muy limitada que sea su esfera de influencia” (ibíd., p. 413).

Es interesante observar que al mismo tiempo que Elena de White aconsejaba sobre una mudanza al campo, también estimulaba un ministerio para las ciudades. En 1907, ella decía: “Insto a la gente a salir de los grandes centros poblados […]. Los que permanezcan innecesariamente en ellas, correrán el peligro de perder sus almas” (De la ciudad al campo, p. 8).

Ya en 1908 y 1910, ella renovó el énfasis en la conquista de las ciudades, diciendo: “No hay cambio en los mensajes que Dios ha enviado en el pasado. La obra en las ciudades es la obra esencial para este tiempo. Cuando se trabajen las ciudades como Dios desea, el resultado será […] un poderoso movimiento cual nunca se ha visto” (El ministerio médico, p. 403).

La visión equilibrada puede ser entendida a través del concepto “adentro/afuera”. Según Elena de White, dentro de las ciudades debe ser realizado un ministerio especial; y fuera de ellas debe encontrarse reposo y oportunidad para fortalecer la vida espiritual. La decisión sobre el lugar donde cada uno debe estar es personal, resultado de una profunda búsqueda espiritual.

A partir de la ley dominical, sin embargo, ya no habrá más opción, pues será tiempo de salir de las grandes ciudades (Eventos de los últimos días, p. 104). Y después del decreto de muerte llegará también el momento de abandonar las pequeñas ciudades. Mientras este tiempo no llegue, “en preparación para la venida de nuestro Señor, hemos de hacer una gran obra en las grandes ciudades” (Eventos de los últimos días, p. 102).

Al evaluar esta cuestión, debemos evitar los extremismos, como el efecto del péndulo de un reloj. Ni el extremo del fanatismo, que impone las propias interpretaciones, genera alarmismo y critica duramente. Ni el extremo del liberalismo, con su espiritualidad superficial, que agita pero no profundiza. Somos llamados a desarrollar una visión equilibrada, fruto del profundo estudio y de la oración, que revela la voluntad de Dios para la vida personal, y alcanza la vida de los demás con amor. RA

Deja un comentario: