¿QUIÉN SE QUIERE JUBILAR?

Una vida con Dios puede estar llena de sorpresas.

Tengo una profunda admiración por las personas que, ya en su edad dorada, siguen aprendiendo algo nuevo en la vida. Muchas veces, su misión más importante ha quedado en el pasado. Ya han dado sus mejores energías y ahora disfrutan de un retiro activo. Para otros, tal vez, lo más importante recién llega.

Como sucedió en la vida de Moisés.

Ochenta años tenía cuando Dios lo llamó a liderar la salida de Israel de Egipto. “Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel” (Éxo. 3:10). Allí, delante de la zarza ardiente, Moisés se sorprendió ante tal llamado. Es verdad, tenía una estrecha relación con su Señor. Además, no solo había cuidado de las ovejas, sino también se había dedicado a escribir lo que el Señor le había revelado. Pero ¿no había llegado ya la hora de jubilarse?

Dios sabía lo que estaba haciendo. Él necesitaba a un hombre muy especial para esta misión tan especial. Lo había preparado durante los largos años en el desierto. Ahora, a los ochenta, Moisés estaba listo para comenzar la gran carrera de su vida. Pero, por supuesto, lo haría de la mano de su Dios.

Aferrado a las promesas divinas, dejó atrás a sus ovejas y emprendió el camino que hacía cuarenta años había recorrido cuando había huido de Egipto. No fue fácil volver a la tierra de su juventud; pero, con la ayuda de Dios, cumplió su misión.

La próxima vez que estuvo en el lugar donde había pastoreado a las ovejas estaba liderando al pueblo de Israel después de haber salido de Egipto. El Dios que le había hablado en la zarza ardiente ahora se dirigía a la vasta multitud desde la cima del monte Sinaí. En lugar de la sencilla carpa que lo había albergado durante su tiempo de pastor de ovejas, ahora se levantaba el inmenso campamento de Israel, y Dios mostraba su presencia y su cuidado por medio de la columna de nube y de fuego. Durante cuarenta años, este hombre de Dios llevó la pesada carga del liderazgo de Israel, la etapa más importante pero también la más dura de su vida.

¿Qué nos enseña esta experiencia de Moisés?

Primero, que los caminos de Dios son inescrutables. Nadie hubiese podido planear una vida así. Cuando mantenemos una estrecha relación con nuestro Señor, él puede actuar de maneras sorprendentes que tal vez no entran dentro de lo que nos parece “normal” en los tiempos de la vida. Además, nos recuerda que Dios hace equipo con todos sus hijos, sin importar la edad que tengan.

Segundo, que Dios no olvida a su pueblo. Humanamente hablando, el destino de Israel parecía desesperado, al vivir bajo la más cruel esclavitud. Pero, mientras ellos se lamentaban, Dios estaba trabajando en la preparación de la solución. Dios estaba afinando el temple y el carácter de Moisés para que fuera un instrumento de salvación. Si en algún momento nos encontramos en un callejón sin salida, podemos empezar a alabar y agradecer a Dios por la solución que está preparando. En el idioma alemán, hay una hermosa palabra que no existe en otros idiomas. Se trata de vorfreude, que significa “disfrutar con anticipación por una alegría que llegará en el futuro”. Una actitud así es una poderosa herramienta para una vida feliz.

Tercero, que Dios no libera a sus siervos de ansiedades y obstáculos. Los últimos cuarenta años de la vida de Moisés fueron los más duros y su carrera terminó con una gran decepción: no pudo entrar en la Tierra Prometida junto con su pueblo.

Pero, ese no era el final de la historia de Moisés. Dios todavía tenía más sorpresas para él. Lo levantaría de la tumba en la cima de la montaña y lo llevaría al Cielo como testimonio viviente de un hijo dedicado a su servicio. Y, un día, Dios le daría una misión más, aquí en la Tierra: la de alentar al Salvador Jesús en el Monte de la Transfiguración.

Cada detalle de nuestra historia es significativo cuando la vivimos con Dios. A él sea la gloria por las maravillas que hace con cada uno de nosotros, sin importar nuestra edad ni nuestra condición. “Era Moisés de edad de ciento vente años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Deut. 34:7).

Autor

  • Lorena Finis de Mayer

    Lorena Finis de Mayer es argentina y escribe desde Berna, Suiza. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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