CUANDO TODO SALE MAL

14 marzo, 2023

El Salmo 90 nos enseña a sobrevivir en el peor de los desiertos.

Una tormenta de arena inesperada sepultó los sueños de victoria del italiano Mauro Prósperi en la exigente Maratón des Sables, una prueba atlética con sede en Marruecos, que consiste en atravesar 250 kilómetros en siete días por el desierto del Sahara.

Todo ocurrió en la edición de 1994. A los 85 kilómetros de travesía, la vida de Prósperi cambiaría para siempre. “Corría por unas pequeñas dunas y se desató el infierno. La tormenta de viento me tomó desprevenido. Vi que, si me quedaba quieto, me cubriría la arena, así que empecé a moverme”, relató. Luego de varias horas, la tormenta cesó. Estaba oscuro, y el maratonista no podía encontrar los puntos de referencia de la carrera ni a ningún otro colega. “Mi corazón se derrumbó”, expresó.

Los siguientes 8 días serían milagrosos. Sin agua y sin comida, caminó más de 290 kilómetros hasta encontrase con un asentamiento tuareg, una comunidad nómada del desierto del Sahara. Para subsistir, Mauro se abrigó con su bolsa de dormir, bebió su propia orina y comió murciélagos (que encontró en las ruinas del pequeño templo musulmán con una torrecilla de piedra). Pero pasó momentos de intenso dolor, y hasta intentó quitarse la vida cortándose el brazo con su navaja, ya que prefería eso antes que morir de sed.

Su historia es épica. Es casi imposible sobrevivir tanto tiempo en el desierto cálido más grande del mundo. Paradojas de la vida: Prósperi participó con éxito en las siguientes siete ediciones del Maratón des Sables.

Una tormenta de acontecimientos inesperados provocó el derrumbe del bienestar en este mundo y las aspiraciones de eternidad de Moisés. Cuando sientas que la vida se vuelve cuesta arriba y te aplasta, lee Números 20 y nota todo lo que le sucedió al patriarca. El capítulo empieza con la muerte de María, su hermana. Luego, el pueblo que guiaba le reclama, lo culpa y se le amotina. ¿Algo más puede pasar? Sí. Dios le indica que le hable a la roca y de este modo saldrá agua, pero Moisés (enojado) la golpea para obtener el líquido vital. Por esta acción, este gran líder conocerá la muerte y no ingresará en la Tierra Prometida. Para completar el cuadro, Edom no permite pasar a Israel por su territorio. El final es desolador: muere Aarón, su hermano, su confidente, su consejero y su apoyo. Todo mal.

En este contexto, gran parte de los comentadores sostiene que Moisés escribió el Salmo 90. Sus 17 versículos combinan esa rara sensación de melancolía por lo que ocurre en esta vida con una fe desbordante en el futuro. Es un canto con notas disonantes sobre la brevedad de la existencia y el fracaso humano, armonizado con melodías de esperanza por el poder y los propósitos divinos.

Ante el deceso de sus hermanos, Moisés sabe dónde encontrar consuelo: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación” (Sal. 90:1). Todo pasa y todos pasan (vers. 2-7), pero Adonai (“Señor”, en hebreo) brinda protección. Este título divino significa “Dueño” e implica jerarquía, honor y autoridad.

Ante la caída en el pecado, Moisés sabe dónde encontrar perdón: “Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros pecados secretos están a la luz de tu rostro […]. Por la mañana sácianos con tu amor, para que cantemos y nos alegremos todos nuestros días” (Sal. 90:8, 14). Más allá de la consecuencia temporal de su error, Moisés sabe que Dios lo perdonó –más tarde, le daría una sorpresa y lo llevaría al Cielo luego de su muerte, según Judas 1:9.

Ante los desafíos de la vida, Moisés sabe dónde encontrar consejos sabios: “Enséñanos a contar nuestros días de modo que nuestro corazón adquiera sabiduría” (Sal. 90:12). Dios, que ve el fin desde el principio, nos capacitará para administrar óptimamente nuestros tiempos y recursos a fin de tomar las mejores decisiones.

Ante las crisis imprevistas, Moisés sabe dónde encontrar ánimo y progreso: “Manifiesta a tus siervos tu obra, y tu gloria a sus hijos. Que la bondad del Señor, nuestro Dios, descanse sobre nosotros. Confirma la obra de nuestras manos” (Sal. 90:16, 17). La misión que Dios nos encomendó tiene su bendición y su pertinencia. Cada día él nos confirma esta tarea. Nos corresponde a nosotros aceptar el desafío, contando con su poder.

Siempre que enfrentemos un Números 20, debemos recordar que tenemos un Salmo 90. Las tormentas de arena no podrán detenernos. Sigamos en carrera. Pronto estaremos nuevamente en casa.

  • Pablo Ale

    Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

Artículos relacionados

DISCERNIR PARA SERVIR

DISCERNIR PARA SERVIR

Ante el pedido de un joven rey, Dios no se hizo esperar. Salomón tenía apenas unos veinte años cuando accedió al trono de Israel, y era consciente de que estos zapatos le quedaban bastante grandes. Había visto gobernar a su padre, el rey David; un hombre de gran...

MISILES EN EL CIELO

MISILES EN EL CIELO

El gran escudo de defensa del Salmo 91. El calor de aquella mañana en Jerusalén no era mayor que el fragor de aquel conflicto milenario. Un ataque israelí en la Franja de Gaza trajo como represalia que un palestino con un auto atropellara a varios judíos en las calles...

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *