Una trampa fatal del enemigo ante la que necesitamos estar alerta.

En 2003, la Unesco declaró que el 1º y el 2 de noviembre sean –respectivamente– el Día de Todos los Santos y el Día de los Muertos, como festividad del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. En esta visión popular y no bíblica, los fieles celebran a los muertos, quienes, habiendo alcanzado un estado superior en la muerte, disfrutan de la vida eterna en la presencia de Dios.

En contraste con estas creencias, la Biblia enseña que fuimos creados a imagen de Dios, pero nos separamos del Autor de la vida para andar por un camino de pecado cuya consecuencia final es la muerte. La Biblia revela que el Dios eterno es inmortal (1 Tim 1:17), y no un ser creado. Él tiene una existencia propia, sin principio ni fin. Nosotros, al contrario, somos mortales, como “un vapor que aparece por poco tiempo y pronto se desvanece” (Sant. 4:14).

Dios es infinito, inmortal y eterno. Nosotros somos finitos, mortales y transitorios. El hombre obtuvo la vida de Dios. La inmortalidad no es un atributo humano, sino divino. Cuando Dios creó a Adán y a Eva, les dio libre albedrío; es decir, la capacidad de elegir. De modo que poseer el don de la inmortalidad era condicional.

La muerte es la interrupción de la vida, un sueño, un estado de inconsciencia hasta la resurrección de los justos a la vida, y la resurrección de los impíos a la condenación y la muerte. La resurrección, por su parte, es “la restauración de la vida”.

Aunque nacemos mortales, la Biblia nos anima a buscar la inmortalidad. Jesucristo es la Fuente de esa inmortalidad: “El don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6:23). Dios no concede la inmortalidad al creyente en el momento de su muerte; este don se implementará cuando Cristo regrese. Solo entonces seremos cambiados de mortales a inmortales, de corruptibles a incorruptibles.

Cuando Cristo regrese, los santos serán llevados al Cielo (es decir, los muertos en Cristo resucitados y los justos vivos transformados).

Por su parte, los impíos vivos serán muertos y los impíos muertos permanecerán en el sepulcro. Satanás y sus ángeles permanecerán vivos, sin nadie a quien tentar. Entonces, los justos reinarán con Cristo en el Cielo por mil años, y serán partícipes de la revisión de cada uno de los juicios a los impíos. Después del milenio, Cristo y los santos descenderán del Cielo a la Tierra. Allí, los malvados resucitarán, Satanás atacará la Ciudad Santa, y –finalmente– será destruido, junto con todos los pecadores. Así, ya nunca más habrá pecado ni pecadores. El Gran Conflicto terminará, la Tierra será renovada y se establecerá aquí el Reino eterno. Entonces, de las ruinas de este mundo, Dios creará un Cielo nuevo y una Tierra nueva, donde ya no existirá el llanto, ni el dolor ni la muerte (Apoc. 21:4).

No es en la muerte que alcanzaremos un estado superior de santidad y de vida, como resultado de un proceso humano y ceremonial, sino en esta vida, que, dependientes del Señor, crecemos y maduramos de manera espiritual y misional, cumpliendo el propósito divino: “¡Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús!” (Apoc. 14:12).

Considerando la verdad bíblica que contrasta con los engaños del enemigo, es pertinente reflexionar y actuar en consecuencia. Por eso, debemos vivir “en santa y piadosa conducta, esperando y apresurándose para la venida del día de Dios”, ya que, “según su promesa, esperamos nuevo cielo y nueva tierra, donde mora la justicia. Por eso, amados, ya que esperan estas cosas, procuren con diligencia ser hallados en paz con él, sin mancha ni reprensión (2 Ped. 3:11-14).

Por la gracia de Dios, podemos formar parte del Patrimonio Real y Tangible de la Eternidad. Yo voy. ¿Vamos juntos?

Responder a Comentario

Tu correo electrónico no sera publicado.