El Espíritu Santo es una Persona divina.

En su aclamada obra La venida del Consolador, LeRoy E. Froom comenta lo siguiente sobre la Persona del Espíritu Santo: “Si el Espíritu es una Persona divina, pero lo consideramos como una influencia impersonal, estamos robando a esta Persona divina la deferencia, el honor y el amor que le debemos” (p. 36).

La palabra griega pneuma (“viento”, “soplo”, “aliento vital”, “espíritu/Espíritu”) es, morfológicamente hablando, un sustantivo que pertenece al género gramatical neutro. Una curiosidad lingüística de la lengua original del Nuevo Testamento es que, a diferencia de nuestra lengua, el español, los sustantivos griegos responden a tres géneros gramaticales: masculino, femenino y neutro.

Por otro lado, y al igual que en español, el género de un sustantivo es una propiedad gramatical inherente, sin conexión o referencia alguna con la idea de género natural/biológico, o sexo. Otro aspecto digno de apuntar es que los tres géneros gramaticales no se corresponden con la división entre masculino, femenino e inanimado. En tal sentido, obsérvense los siguientes sustantivos neutros: ethnē (“gentiles”, Mat. 6:32), thygatrion (“hijita”, Mar. 5:23) y brephē (“niños pequeños”, Luc. 18:15). Nótese, por ejemplo, que en alemán moderno, la palabra “niña” (griego: korasion; alemán: mädchen) es gramaticalmente neutra.

Si bien nadie acusaría a los usuarios de estas lenguas de considerar a “las niñas” como “entidades impersonales” debido al uso del género gramatical neutro, es llamativo que algunos pretendan negar la naturaleza personal del Espíritu Santo sobre la base de ese dato morfológico.

Ahora bien, anhelando una mayor y más precisa comprensión tanto lingüística como teológica del testimonio bíblico acerca de la Persona divina del Espíritu Santo, resulta de particular interés rastrear referencias, en el Nuevo Testamento griego, en las que la expresión pneuma (“Espíritu”) sea el sujeto agente de acciones o procesos vinculados al campo semántico “comunicación”. Así, por ejemplo, verde, azul y blanco pertenecen al campo semántico “colores”; fútbol, tenis y natación pertenecen al campo semántico “deportes”.

El razonamiento que está detrás de esta exploración es muy sencillo: el campo semántico “comunicación” agrupa palabras y expresiones como, por ejemplo, verbos de lengua (“confesar”, “contestar”, “decir”, etc.) y verbos de pensamiento (“saber”, “entender”, “recordar”, etc.), que indican capacidad cognitiva (referida al conocer) y cogitativa (concerniente a la facultad del pensamiento), refiriendo, por consiguiente, a una entidad personal.

Seguidamente, cito algunos de los resultados obtenidos del Evangelio según Lucas y del libro Hechos de los apóstoles (NVI):

Lucas 12:12: “Porque en ese momento el Espíritu Santo les enseñará lo que deben responder”; Hechos 1:16: “Hermanos, tenía que cumplirse la Escritura que, por boca de David, había predicho el Espíritu Santo en cuanto a Judas”; Hechos 8:29: “El Espíritu le dijo a Felipe: ‘Acércate y júntate a ese carro’ ”; Hechos 10:19, 20: “Mientras Pedro seguía reflexionando sobre el significado de la visión, el Espíritu le dijo: ‘Mira, Simón, tres hombres te buscan…’ ”; Hechos 11:12: “El Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar”; Hechos 13:2: “Mientras ayunaban y participaban en el culto al Señor, el Espíritu Santo dijo: ‘Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo…’ ”; Hechos 20:23: “El Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos”; Hechos 21:11: “Así dice el Espíritu Santo”;  Hechos 28:25, 26: “El Espíritu Santo les habló a sus antepasados…”

Ante estos datos, es lícito afirmar que los autores inspirados no advirtieron ningún problema teológico en el hecho de que el sustantivo neutro pneuma (“Espíritu”) sea el sujeto agente de verbos que, a la luz de sus respectivos contextos, revelan la autoritativa y sensible Persona divina del Espíritu Santo.

Cabe señalar, para terminar, y en virtud de lo expuesto, que negar la personalidad del Espíritu Santo aduciendo como fundamento que la palabra griega pneuma pertenece al género gramatical neutro responde a un razonamiento que ignora y atenta contra la mecánica interna de la lengua original del Nuevo Testamento y que ningún grecoparlante, clasicista o biblista aprobaría jamás.

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