Por qué es vital que nuestros hijos sean parte de un lugar donde se generen excelentes oportunidades para el aprendizaje, se pongan en juego sus destrezas, descubran sus dones, fortalezcan su autoestima y obtengan un mejor estilo de vida integral.

Por Edgar Beskow

Un proverbio africano dice que para criar un niño se necesita toda una comunidad. De hecho, me tocó convivir algunos años con familias de diversos países africanos y pude comprobar que todos toman responsabilidad sobre los niños de la comunidad y tienen igual autoridad para corregirlos cuando hacen alguna travesura. ¡Imagínate a un completo extraño reprendiendo a tu hijo o hija en la calle! En nuestra cultura, esa intromisión sería suficiente como para iniciar una buena discusión, o incluso una demanda legal por “abuso”.

Más allá de esto, los cristianos que vivimos en occidente consideramos que la educación es una responsabilidad de la familia. Es así como, durante los tiernos años de la infancia, los padres tienen el privilegio de ocupar un rol intermediario entre el amoroso cuidado de Dios y sus hijos. Cada gesto de amor incondicional, el cuidado de las necesidades básicas del bebé y cada cálido contacto de piel contribuye al desarrollo de un cerebro sano, y a la duradera certeza de que hay un Ser superior que se ocupa de ellos.

Una familia temerosa de Dios será siempre el núcleo básico de la educación, pero a medida que los niños crecen, sus mentes están listas para mayores desafíos y surge la necesidad de una red social más amplia. Es aquí donde la iglesia toma un rol muy importante. Las Escuelas Sabáticas y todas las actividades de la iglesia ofrecen nuevas oportunidades de aprendizaje en la diversidad de personas que componemos la congregación local.

A partir de los cinco o seis años, los niños necesitan un entorno educativo que pueda dar respuesta a las mil preguntas que su insaciable curiosidad genera. Es el momento de completar el triángulo de la educación con la escuela adventista. Generalmente decimos que tres son multitud, pero la educación adventista es un tercero que no entra en discordia porque sostiene los principios que fueron transmitidos por la familia temerosa de Dios y por la iglesia. Este trabajo conjunto (entre familia, iglesia y escuela) marcha de maravilla hasta que el reloj de la adolescencia marca el tiempo de la independencia.

La adolescencia es una etapa tan hermosa y emocionante como estresante e impredecible. Es parte natural de la vida y un proceso mediante el cual las personas ganamos individualidad e identidad propia. Para lograr esto, los adolescentes suelen adoptar gustos, comportamientos y formas de pensar que pueden ser muy distintas de las que sus padres les enseñaron, en un intento por mostrarse independientes. Como consecuencia, las relaciones pueden ponerse un tanto tensas. Las discusiones parecen girar siempre en torno de los mismos temas, y podemos sentir el dolor de verlos equivocarse sin poder hacer mucho, ya que ellos tienen ahora un pensamiento independiente y mucha más libertad para actuar.

Pero estas tensiones entre padres e hijos no son nuevas, ya que antes de que los padres se cansen de intentar fallidamente poner límites al celular, el profeta Samuel ya había notado que las familias necesitaban más que amor, una iglesia local y una escuela adventista a pocas cuadras de casa para educar a sus hijos adolescentes.

El modelo bíblico de las escuelas:
2 Reyes 6

Fue así como Samuel, inspirado por Dios, creó las escuelas de los profetas. Un tipo de institución sobre la cual se basó Elena de White a fin de ejemplificar cómo tendrían que ser los colegios para los jóvenes que habrán de prepararse para servir a la iglesia en calidad de líderes y misioneros. Samuel, Elías y Eliseo fueron “directores” de estos colegios que mantuvieron viva la fe del pueblo de Dios cuando las familias ya no podían mantener a sus hijos lejos de las influencias negativas de la sociedad de su tiempo.

La historia más conocida de estos colegios se registra en el segundo libro de Reyes, capítulo 6. Allí se describen muchos detalles de cómo habrán sido esas instituciones educativas. En primer lugar, el colegio no estaba en la ciudad sino en un lugar apartado, en el cual los estudiantes y los profetas (profesores) vivían en comunidad. De hecho, a los estudiantes se los llamaba “hijos de los profetas”. Las familias hacían su aporte, pero estudiantes y profesores entendían que era responsabilidad de la comunidad educativa mantener en buen estado las instalaciones. Incluso se hace notorio que los estudiantes tenían mucha libertad de proponer qué se haría y tenían gran iniciativa en sus planes. Fueron los jóvenes quienes propusieron a Eliseo que se debía ampliar el edificio de residencias, y le sugirieron un plan de cómo hacerlo. Cuando leo esto, como especialista en Educación se me hace agua la boca. Porque aprender mediante proyectos en los cuales los estudiantes tienen un rol activo para proponer cómo hacerlos, además de poder plantear qué objetivos desean lograr, es la forma más avanzada de educación que se propone hoy en día en la pedagogía. Es, simplemente, genial.

Pero esto no es todo. En las escuelas de los profetas reinaba un vínculo afectivo y de respeto por los profesores. Los estudiantes sentían admiración por el ejemplo que los profesores modelaban, y eso hacía que ellos quisieran compartir tiempo con sus educadores. Es así como, en la historia de 2 Reyes 6, los estudiantes proponen el plan y le piden a Eliseo que los acompañe. Él responde diciendo que vayan ellos, ya que tenía plena confianza en que se comportarían bien; pero ellos insistieron en que él los acompañara. ¿Notas esto? Los estudiantes quieren estar con sus profesores después de la hora de clase porque matemáticas, lengua y biología están geniales, pero los jóvenes quieren aprender otras cosas sobre la vida. Cosas que solo se aprenden mientras se comparten ambientes no académicos.

El modelo educativo de las escuelas de los profetas demostró ser muy eficiente en la formación de líderes que mantuvieron encendida la llama de la fe en los tiempos más oscuros del pueblo de Dios. Sin embargo, no todos están dispuestos a aceptar una educación tan distinta de la tradicional. Cuando Elena de White intentó explicar el modelo educativo de las escuelas de los profetas a los líderes de la iglesia adventista de su tiempo, no fue comprendida; de hecho, los primeros intentos de fundar colegios adventistas fracasaron por no seguir el modelo que ella propuso. Para 1891, las discusiones en torno a la educación adventista se hicieron tan intensas que se transformaron en una de las razones por las cuales Elena de White decidió emigrar temporalmente a Australia, donde fundó una institución con internado siguiendo el modelo que Dios le había revelado.

La institución fundada por Elena White en el este de Australia, implementó muchas de las características que hasta el día de hoy tienen los colegios adventistas con internado. Se trata de instituciones con coeducación (mixtas), distantes de las grandes ciudades. En estas, los profesores y los estudiantes desarrollan un vínculo cercano de consejería y tutoría que permite diálogos sobre temas que en sus hogares suelen generar desacuerdos, como la música, el tiempo de uso del celular, la ropa, los amigos, etc.

Los colegios con internado también se prestan para dar mayor protagonismo a los estudiantes. Por ejemplo, son los estudiantes quienes aportan ideas y adoptan roles de conducción, bajo la supervisión de los profesores, en la organización de eventos como Semanas de Oración; programas sociales; eventos deportivos, culturales y de expresión artística. Al ser los estudiantes los verdaderos protagonistas de la experiencia educativa, en los colegios con internado se generan mayores oportunidades para que los jóvenes pongan en juego sus destrezas y descubran sus dones, para el beneficio del prójimo y el fortalecimiento de su autoestima.

Los resultados de la educación con internado se hicieron evidentes en un estudio1 realizado con 456 estudiantes de educación secundaria en 2017. La mitad de ellos asistía a colegios adventistas con internado, y la otra mitad, a colegios adventistas de externado. Los resultados arrojaron diferencias estadísticamente significativas en casi todas las áreas estudiadas. Quienes estudiaban en colegios con internado tenían un estilo de vida más saludable, mejores vínculos psicosociales, mayor capacidad para controlar situaciones de estrés, mayor autoestima y una mejor religiosidad intrínseca (no basada en rituales religiosos) que sus pares en colegios sin internado.

Quizás alguien podría argumentar que estos resultados están afectados por el alto porcentaje de estudiantes adventistas que tienen los colegios con internado. Esta observación es muy válida, ya que los colegios con internado suelen tener una amplia mayoría de estudiantes adventistas. Para descartar la posibilidad de que las diferencias se deban a la religión de los encuestados, se quitó de la lista a todos los estudiantes no adventistas y se volvió a comparar los grupos. Los resultados volvieron a mostrar una diferencia estadísticamente significativa a favor de quienes estudiaban en colegios con internado. Todo lo dicho hasta aquí puede generar algunas preguntas y dudas, que son frecuentes entre los padres y que tienen su validez, por lo que merecen un espacio para darles repuesta.

Preguntas que merecen respuestas

¿Por qué enviaría a mis hijos lejos de mí a un colegio con internado, si lo mejor para ellos es estar con su familia?

Esta pregunta suena muy lógica, ya que parece evidente que la familia es el mejor entorno para la educación de los hijos. De hecho, es así. La familia cumple un rol irreemplazable en los primeros años de vida para formar el carácter del niño. Lo mismo sucede en la niñez tardía, cuando la presencia de los padres y los hermanos es necesaria para acompañar el proceso de maduración emocional, mental y espiritual. Pero cuando llega la adolescencia, todo lo que parecía funcionar sobre rieles pierde su rumbo debido a los procesos de independencia emocional que expliqué antes. Los adolescentes dejan de escuchar el consejo de los padres y empiezan a prestar oído a sus compañeros y a otros adultos fuera del entorno familiar. Este es el momento en que se aplica el proverbio africano: “Para criar a un hijo se necesita de los habitantes de toda una comunidad”.

Es en este punto cuando los padres pueden elegir si sus hijos van a estar expuestos a las influencias que ofrecen las ciudades o a la influencia de la “ciudad de refugio” que ofrece el internado.

Como padre, psicólogo y educador adventista, he aprendido que no puedo brindar toda la buena influencia y el sano contexto social que mis hijos necesitan. Por lo que necesito confiar en una comunidad extendida, diseñada por Dios para esta etapa de la vida de nuestros hijos.

A esta altura de mi explicación, hay quienes levantarán su voz para decir que en los internados no todos los estudiantes y los profesores son santos y perfectos. A quienes digan esto, les doy toda la razón. En los colegios con internado también hay jóvenes y adultos que no son dignos de imitar, y que incluso son potenciales malas influencias para nuestros hijos. Pero ellos no son la norma, como sucede en otros contextos, sino la excepción.

Recordemos que la investigación hecha en colegios con internado indicó que la gran mayoría de quienes están allí tienen un mejor estilo de vida, gozan de mejor salud mental y experimentan una mejor espiritualidad intrínseca que aquellos que estudian en colegios con externado. De hecho, la presencia de personas que puedan ejercer una mala influencia permite que nuestros hijos puedan tomar cada día decisiones morales. Cada encuentro, cada interacción y cada diálogo ofrecen una oportunidad para decidir por el bien o por el mal. Lo anterior descarta el mito de que los internados son burbujas que impiden que los adolescentes aprendan a enfrentar las tentaciones de este mundo.

Si los colegios con internado son tan buenos ¿por qué cada vez hay más colegios adventistas con externado?

Quizá la clave está en dejar de ver ambos formatos educativos como contradictorios, y empezar a entenderlos como complementarios. Ambos tienen una función distinta. Los colegios adventistas urbanos (con externado) actúan como grandes centros de influencia. Por ello, la mayoría de sus estudiantes pertenece a diversas denominaciones. El potencial que las escuelas urbanas tienen para hacer llegar el evangelio a los jóvenes y a sus familias es enorme. De hecho, en algunas ciudades los colegios adventistas y su influencia extendida generan más conversos que el trabajo realizado por las iglesias del distrito.

Por otro lado, los colegios con internado cumplen un rol diferente. Desde su fundación, inspirada por Elena de White, estos colegios son “ciudades de refugio” y escuelas de quienes serán los “profetas” de la siguiente generación. Estas instituciones crean un microclima que mantiene a los jóvenes lejos del ruido que genera este mundo, para poder orientar a los jóvenes en el desarrollo de sus dones para el servicio a Dios y a la iglesia.

Me permito agregar una razón más para explicar por qué deben existir ambos tipos de institución. Esta razón es muy simple: los colegios con internado no son para todos. Personalmente, respeto y entiendo a las familias que prefieren no enviar sus hijos al internado. He enseñado y vivido más de veinte años en instituciones con internado, lo que me permitió conocer miles de jóvenes y cientos de familias. Hay situaciones particulares en algunos jóvenes y estructuras familiares que tienen características peculiares. Para ellos, la educación adventista ofrece colegios urbanos.

¿Por qué las cuotas de los colegios con internado son tan altas? Yo no puedo enviar a mis hijos por mi situación financiera.

Este es un tema muy repetido tanto por padres con abundantes recursos financieros como por familias de muy escasos ingresos. Lo que me hace pensar que la preocupación no es tanto por el precio de la cuota del colegio, sino por el valor que para ellos tiene el “producto” o resultado de la educación con internado. En otras palabras, la pregunta clave es: ¿vale la pena tanto esfuerzo económico?

Quizás es necesario explicar por qué la cuota de un colegio con internado va a ser siempre mucho más elevada que la de un colegio urbano. Creo que es fácil deducir que la proporción de recursos humanos por alumno es muy superior en el colegio con internado, ya que además de brindar educación, se debe velar por la alimentación, la salud, la vivienda, la recreación, la vida espiritual y la salud emocional de cada adolescente. Todo lo anterior requiere de la infraestructura para albergar todos esos servicios, el gasto de energía requerida, el mantenimiento de un entorno natural parquizado; y lo más caro de todo lo mencionado: ¡alimento saludable suficiente para dar de comer a dos o a más centenares de jóvenes en pleno crecimiento!

El resultado es simple: es mucho más “económico” enviar a un hijo a estudiar al colegio que está a pocas cuadras de casa que a un internado. Escribí la palabra económico entre comillas porque, en realidad, todo depende de lo que un padre o una madre estén buscando para sus hijos. Como me repetía mi madre: “A la larga, lo barato sale más caro”. Por eso, vuelvo al comentario inicial de esta sección. Creo que el problema no radica en el precio de la cuota, sino en el valor que le damos al tipo de educación que puede brindar un colegio con internado.

Después de enseñar y dirigir un colegio con internado, puedo afirmar, con conocimiento de causa, que toda familia dispuesta a hacer los sacrificios necesarios puede enviar a sus hijos a estudiar en un colegio con internado. La frase anterior puede sonar un tanto idealista, pero la apoyo en más de dos décadas de experiencia. Hay cientos de familias que pueden dar testimonio de que no tenían los recursos suficientes. Pero decidieron ajustar al mínimo sus gastos y trabajaron en conjunto con la iglesia local, el apoyo de un donante y las becas otorgadas por el colegio para cubrir los costos del internado. Todas esas familias dieron un salto de fe, acompañado de esfuerzos que solo Dios conoce para llegar con lágrimas de alegría al día de la graduación de sus hijos.

En muchos casos puedo dar fe de que hubo cuotas que no fueron cubiertas por las familias, y que los contadores de los colegios no podían explicar cómo habían sido pagadas, pero allí estaban. Esto es así porque en la educación adventista hay cosas que no se pueden explicar con palabras o con números… sino solo mediante la fe. Aquello que la familia, la iglesia y el colegio no logran hacer, a pesar de la buena voluntad de las partes, Dios lo completa, porque este no es un plan humano, sino un modelo educativo inspirado por Dios.

Soy un convencido de que dar testimonio es la esencia de un cristiano. Por eso me permito agradecer a mis padres por ocultar sus lágrimas cada vez que me subía al colectivo que me llevaba de regreso al internado. Yo sabía que ellos se privaban de comprar algunas cosas de necesidad para brindarme esa educación. A cambio, yo gocé de los mejores años de mi vida en mi educación secundaria y universitaria. Allí trabé lazos de amistad con los amigos que tengo hasta hoy en distintos rincones del mundo. Allí, mirando a un campo de trigo con espigas llenas y con lágrimas en los ojos, decidí dedicar mi vida a servir a Dios. Allí conocí también al amor de mi vida, mi amada esposa, con quien tengo mil códigos en común porque fuimos formados con la misma lógica educativa que Dios transmitió en detalle a Elena de White.

No, los colegios con internado no pasaron de moda. Porque para educar a una persona hace falta toda una comunidad. Y esa comunidad está preparada para recibirte. Da un salto de fe y cambia el futuro de tus hijos.


Referencia:

1 E. Beskow, tesis de maestría: “Eficacia del modelo de educación holista adventista en relación con los formatos institucionales de educación secundaria con y sin residencia estudiantil” (Lima: Universidad Peruana Unión, 2017).

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