“Pues si estamos locos, es para Dios; y si no lo estamos, es para ustedes” .

2 Corintios 5:13, DHH.

Quiero presentarte a un “loco” que sanaba en sábado, compartía comidas con prostitutas, comía en casa de estafadores, volcaba las mesas en el Templo sagrado, abrazaba a los leprosos y ridiculizaba a las autoridades. Se llama Jesús. Este loco cambió el mundo.

La locura es la privación del uso de la razón o del buen juicio, pero no hablo de ese tipo de locura, sino la de estar “loco por Jesús”. Él necesita jóvenes “locos”, valientes por su causa. Creer que nuestro Redentor volverá un día es una locura. Ser fiel en la observancia del sábado es una locura porque pierdes tu trabajo o no asistes a un examen en viernes de noche.

Conocí a un niño en Panamá que era el único adventista de su hogar. Él estaba deseoso por hablar a su padre de la locura del evangelio, pero para este hombre el evangelio era una vergüenza, y no quería que nadie de su familia lo practicara. Un día el padre se enfermó y cayó en cama. Su hijo tenía la tarea de llevarle su almuerzo. Cada vez que entraba, se arrodillaba y oraba por su padre. Al terminar la oración, el pequeño recibía una fuerte bofetada en el rostro. Y así cada día. Pero no se rendía, solo oraba día tras día; hasta que, finalmente, su padre no lo golpeo más y empezó a orar con él. Hoy ese niño es pastor y toda su familia cree en el evangelio. Todo, por la “locura” de un niño.

Los “locos” por Cristo viven en el fuego cruzado de esta guerra espiritual. Los “locos” por Cristo son capaces de derribar muros, de romper las cadenas de los vicios y la depresión y de vencer sus genes negativos de derrotas familiares. Los “locos” por Cristo no se conforman, y sobresalen en el lugar donde estén.

Margarito es un hombre que vive en el sur de México. En su ciudad, casi todos son católicos y no se permitía el establecimiento de ninguna otra religión; hacerlo era exponerse a severos castigos. Margarito cometió la “locura” de recibir estudios bíblicos a la una de la madrugada, escondido en el granero de su casa. Un pastor de otra ciudad lo visitaba en secreto. Luego de un tiempo, él se bautizó en la Iglesia Adventista. La policía se enteró, y fue a buscarlo. Fiel a sus valores, Margarito les reveló que era adventista del séptimo día. Así, fue llevado a la cárcel del pueblo, que tenía solo una celda. Estuvo 31 días encerrado, hasta que le dieron una oportunidad para que desistiera de su condición de adventista. Su esposa le rogaba que pensara en sus hijas y en su familia, pero se mantuvo firme en su decisión.

Entonces, fue llevado a la plaza del pueblo para ser sometido a un castigo ejemplificador: recibir trece latigazos, uno por cada familia del pueblo. Después de esa terrible noche, sintió la soledad del valle de la muerte. Todos lo habían abandonado; sin embargo, la paz de su Dios le daba fuerza para continuar de pie.

Su esposa y sus dos hijitas llegaron a casa para despedirse. No podían estar con alguien que ya no conservaba las creencias del pueblo. Antes de que sus hijas se fueran, él les pintó sus manitos y les pidió que marcaran la pared de su casa para que siempre estuvieran con él. Vi esas manitos pintadas, y mis ojos se llenaron de lágrimas. 

Hoy la Iglesia Adventista se ha ganado su lugar en el pueblo. Tienen un hermoso templo, que se llena cada día gracias a un “loco” por Cristo.

Mi deseo es ser como Margarito. Quiero atreverme a más victorias espirituales, a soñar más por Jesús y por su obra. Te invito a que desde hoy tengas una fe que sobresalga por tu valentía en defender la verdad. No te conformes con este mundo. ¡Comienza a hacer locuras por Jesús!

One Response

  1. María Isabel Benítez

    Amar A JESUS y seguirle es lo mejor , que nos puede pasar en la vida, y los que estan afuefa nos necesita , quiero ser como el niño ho margarito

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