Un antiguo matrimonio nos enseña valiosas lecciones para la vida en pareja de hoy.

El nacimiento del primer hijo supone un cambio importante en la vida de los padres, ya que deben asumirse nuevos roles, horarios, responsabilidades y prioridades. Esos cambios, cuando no son gestionados adecuadamente, pueden traer conflictos conyugales. Así ocurrió en una historia bíblica: la de Abraham y Sara, cuando nació su hijo Isaac. La situación se complicó puesto que convivían con una expareja del esposo, Agar, y su hijo, Ismael. La relación entre Sara y Agar era bastante tensa, y se agravó por la rivalidad entre los hijos de ambas. Es frecuente que entre hermanos haya reyertas, pero cuando la diferencia de edades es muy grande, como ocurrió entre Ismael e Isaac, las peleas pueden constituir abusos y maltratos por parte del mayor. 

Parecería que Sara fue una mujer sumisa y dependiente de su esposo (1 Ped. 3:6). Sin embargo, cuando a una madre le tocan al hijo, emergen emociones más fuertes que la docilidad y el sometimiento. Probablemente, Sara le habría advertido a su esposo que Ismael, incentivado por Agar, hostilizaba a Isaac. Quizás Abraham intentó recomponer la armonía familiar apaciguando los atropellos; procurando que Agar controlara a su hijo; y hablando con el mismo Ismael, para que fuese más condescendiente con su hermano. Sin embargo, las estrategias reconciliadoras no consiguieron evitar las injurias. Finalmente, la paciencia de Sara se agotó y estalló en una crisis. La apacible Sara, con su rostro desencajado y las manos crispadas, gritando como histérica, le ordenó a Abraham: “Echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo” (Gén. 21:10). 

Esa escena, de gran impacto emotivo, dejó sin palabras a Abraham. La narración bíblica dice: “Pareció grave en gran manera a Abraham” (21:11). Expulsar a Agar e Ismael del campamento y dejarlos en medio del desierto librados a su suerte, significaba condenarlos a una muerte cruel, ya que era casi imposible que pudieran sobrevivir. Ante esa crisis sin aparente salida, Abraham consultó a Dios, el Psicólogo divino.

La terapia de pareja es un tipo de psicoterapia focalizada en la interrelación conyugal, en la cual se trabaja la problemática para llegar a la mejor solución. La entrevista puede realizarse con uno o con los dos cónyuges. En el caso que estamos considerando, solo asistió el esposo. ¿Cuál fue la intervención de Dios? ¿Qué criterio terapéutico utilizó? Declara el texto: “Entonces dijo Dios a Abraham: No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz” (Gén. 21:12). 

Esa indicación: “Oye la voz de tu esposa” o “Hazle caso a tu esposa” ¿podría aplicarse a otras cuestiones matrimoniales? ¿Es la opinión de la esposa la mejor manera de resolver los conflictos conyugales?

Uno de los mayores expertos en cuestiones matrimoniales, el Dr. John Gottman, investigador de miles de parejas, ha declarado en uno de sus libros, Siete reglas de oro para vivir en pareja, que un principio esencial para la armonía conyugal es: “Deja que tu esposa te influya”. Afirma el experto: “Lo que comprobamos fue que los matrimonios más felices y estables a largo plazo eran aquellos en los que el marido trataba a la esposa con respeto y estaba dispuesto a compartir el poder y la toma de decisiones con ella. Cuando la pareja disentía, estos maridos buscaban un terreno común, en lugar de insistir en que se hicieran las cosas a su manera”. 

Hay bastante coincidencia entre lo que dice Gottman y el consejo divino que aseguraría la importancia de escuchar la voz de la esposa en las problemáticas conyugales.

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