Una mirada aguda sobre la sorprendente realidad de este mundo.

En el otoño de 1979, escuché el mensaje adventista y leí acerca de los Estados Unidos en la profecía. Me ayudó a decidirme el hecho de que la misma semana que tuve mi primer estudio bíblico sobre el vínculo entre Washington y Roma, Juan Pablo II estaba en su histórica gira por los Estados Unidos. Imagínate: la semana en que estudié por primera vez Apocalipsis 13, también vi la foto recién publicada del presidente Jimmy Carter, en la Casa Blanca, dándole la mano al Papa.

En ese momento, la derecha cristiana y los evangélicos conservadores estaban embarcados en un esfuerzo concertado para ganar poder político en este país. Y en ese entonces parecían destinados a triunfar. En resumen, desde mi perspectiva, la profecía parecía plausible.

Sin embargo, existía un problema importante: la Unión Soviética. Estados Unidos todavía lamía sus heridas de Vietnam. A pesar de los 50.000 estadounidenses muertos, de bombardear con napalm y envenenar el lugar con el herbicida Agente Naranja, aquel país asiático (con la ayuda de Rusia) se volvió comunista. Los levantamientos comunistas se desarrollaron en Camboya y en Laos. Los sandinistas, un poco más cerca de mi casa, tomaron el poder en Nicaragua. Fidel Castro enviaba tropas a Angola. Aquí estaba este dictador, a menos de 150 kilómetros de las costas de los EE. UU., y no podíamos hacer nada en cuanto a él a causa de la Unión Soviética. En Moscú, Leonid Brezhnev y sus matones semiestalinistas todavía tenían un firme control sobre Europa del Este. Y cuando, en ese mismo año (1979) los soviéticos invadieron Afganistán, no pudimos hacer nada. Entonces, desde esa perspectiva, el escenario adventista parecía imposible. ¿Qué sucedería con la Unión Soviética? ¿Iba, simplemente, a desaparecer?

Pero, incluso con estos cambios, algo más quedó sin resolver en mi mente. A pesar del poderío militar y económico de los Estados Unidos, las instituciones y las estructuras políticas de la nación siempre se han mantenido estables y seguras, por lo que era difícil imaginar a este país cumpliendo su papel profético de perseguidor. En Watergate, por ejemplo, Richard Nixon, el hombre más poderoso del mundo, fue expulsado de su cargo sin que se disparara un solo tiro. Nixon pronunció un discurso y luego se fue en helicóptero, mientras Gerald Ford levantaba la mano y hacía un juramento. 

Pero eso fue entonces. ¿Y ahora? ¿Quién, en estos inestables años 2020 y 2021, cree que tal estabilidad permanece en los Estados Unidos? Ya sea de derecha, de izquierda, republicano, demócrata o independiente, ¿quién mira con optimismo el futuro inmediato de esa nación? La toma del Capitolio por parte de los seguidores de Trump y todos los eventos relacionados con esto, han generado incertidumbre. Estamos viendo cómo la democracia, las propias instituciones democráticas, comienzan a desintegrarse ante los ojos de todo el mundo. Da mucho miedo, ¿verdad?

A corto plazo, no sabemos qué pasará con los Estados Unidos. A largo plazo, como enseña el libro de Apocalipsis, la bestia semejante a un cordero hablará “como dragón” (Apoc. 13:11). ¿Cómo se producirá un cambio tan radical? Solo Dios lo sabe. Sin embargo, por ahora, las cosas se han vuelto extrañas en este país, social y políticamente, y las instituciones y los procesos que alguna vez dimos por sentados parecen estar al borde del colapso, incluso de la destrucción.

Todo esto podría ayudar a explicar que la bestia semejante a un cordero habla “como dragón”. ¿De qué manera ocurrirá esto? Se sabe: un animal herido puede ser una criatura muy peligrosa.

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