Cómo crecer en las diferentes facetas de nuestra vida devocional.

La definición de Elena de White de espiritualidad difiere del significado primario que prevalece hoy. La palabra “espiritualidad” se utiliza cientos de veces en sus escritos publicados y su significado se refiere principalmente a una vida de devoción, piedad y santidad. Sin embargo, en nuestros días el término espiritualidad se utiliza principalmente para “describir las actitudes, las creencias y las prácticas que animan la vida de las personas y las ayudan a llegar a las realidades suprasensibles” (“Espiritualidad”, Diccionario Westminster de espiritualidad cristiana, p. 361). El estudio de la espiritualidad, según esta definición actual, examina las disciplinas de la oración, la meditación, el estudio de la Biblia, el ayuno, la confesión, la adoración y otros temas relacionados, y cómo afectan nuestra vida. Aunque el uso que hace Elena de White del término específico espiritualidad podría sugerir a algunos que ella no tiene un interés especial en esta área, un examen cuidadoso de sus escritos sobre las áreas específicas incluidas en la definición actual del término revela un profundo y amplio interés en el tema.

La comprensión de Elena de White de la espiritualidad se centra en Cristo al menos de dos maneras. Primero, Cristo es el objeto de la adoración, y el receptor y facilitador de la vida devocional del creyente. Segundo, Jesús es un ejemplo de lo que la vida espiritual o devocional del creyente debe ser. Obsérvese que “Jesús es nuestro ejemplo” (El Deseado de todas las gentes, p. 55). “Todo niño puede aprender como Jesús” (ibíd., p. 51). La comunión de Jesús con Dios “nos reveló el secreto de una vida llena de poder” (El ministerio de curación [MC], p. 33).

La discusión más completa de la vida devocional de Jesús se encuentra en el capítulo titulado “Con la naturaleza y con Dios” en El ministerio de curación (pp. 33-37). Este capítulo y otros dejan en claro que, según Elena de White, la espiritualidad era crucial para Jesús, y para nosotros. “Todos los que están en la escuela de Dios” necesitan un tiempo tranquilo para la comunión devocional con la Deidad. “Estaes la preparación eficaz para toda labor para Dios” (ibíd., p. 37).

¿Qué escenario, prácticas y disciplinas constituyen este tiempo de comunión con Dios? En este capítulo, así como en otros lugares, se mencionan de manera específica cinco prácticas espirituales o devocionales. La primera es la meditación (ibíd., p. 34). Para Elena de White, esta es una forma de comunicación con Dios. Está claro que una forma de meditación que ella apoya es la que toma la Escritura y sus temáticas e historias como tema de reflexión y meditación (El camino a Cristo [CC], pp. 76-78). 

La segunda práctica es la de escudriñar las Escrituras (MC 34). Debemos meditar, contemplar y memorizar la Palabra. Una lectura apresurada no servirá. La oración debe ser ofrecida a Dios para que su Espíritu e iluminación estén presentes durante el estudio. Un verdadero estudio conducirá a un profundo deseo de seguir a Dios y experimentar su presencia.

La tercera práctica espiritual es la oración (MC 34). Elena de White define la oración como “el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo” (CC 79). Esto habla tanto de la naturaleza experimental de la oración y su intimidad como de su naturaleza bidireccional. Cuando las personas abren su corazón a un amigo, se trata tanto de hablar como de escuchar. Para Elena de White, la oración implica que, cuando estamos en silencio, Dios nos habla.

La cuarta de estas prácticas es el canto. Sin duda, los Salmos fueron el núcleo de lo que cantó Jesús. Específicamente, Elena de White menciona “himnos de acción de gracias” (MC 34) como parte de la actividad de Jesús durante sus horas de trabajo en el taller de carpintería. Así, Jesús cantaba no solo durante su tiempo especial de comunión en la mañana, sino también durante su tiempo de trabajo. Estamos llamados a hacer lo mismo.

La quinta de estas prácticas podría llamarse mejor orientación, o conocer la voluntad de Dios. Estamos llamados a tener una experiencia personal a fin de obtener el conocimiento de la voluntad de Dios. “Cada uno de nosotros debe oír la voz de Dios hablar a su corazón” (ibíd., p. 37). Esto puede ocurrir cuando, en la quietud, esperamos ante Dios. En este estado podemos “oír” la voz de Dios (en el pensamiento, normalmente no de manera audible) y encontrar una guía práctica diaria para nuestra vida.

Los creyentes que viven una vida cimentada sobre la práctica de esta espiritualidad cristiana se preparan para un servicio eficaz a Dios. Una atmósfera de luz y paz los rodeará, y recibirán fuerza física y mental. Su vida manifestará un poder divino que llega al corazón de las personas.


 Extraído de Jon L. Dybdahl, “Espiri­tualidad”, Enciclopedia de Elena G. de White (Buenos Aires: ACES, 2020), pp. 878, 879.

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