Jesús no nació un 25 de diciembre, pero podemos recordar este notable acontecimiento para reafirmar que Dios está con nosotros.

No podemos entender cómo Cristo llegó a ser un bebé indefenso. Su rostro pudo haber sido radiante de luz, y su cuerpo, alto y hermoso. Pudo haber venido con una apariencia que encantara a los que lo miraran; pero esta no fue la forma en la que Dios planeó que apareciera entre los hijos de los hombres. Debía ser semejante a los que pertenecían a la familia humana y a la raza judía. Sus facciones tenían que ser semejantes a las de los seres humanos y no debía tener tal belleza en su persona que la gente lo señalara como diferente de los demás. Debía venir como miembro de la familia humana y presentarse como un hombre ante el cielo y la Tierra. Había venido a tomar el lugar del hombre, a comprometerse en favor del hombre, a pagar la deuda que los pecadores debían. Tenía que vivir una vida pura sobre la Tierra, y mostrar que Satanás había dicho una falsedad cuando afirmó que la familia humana le pertenecía para siempre, y que Dios no podía arrancar a los hombres de sus manos.

Los hombres contemplaron primero a Cristo como un bebé, como un niño. Sus padres eran muy pobres, y él no tenía nada en esta Tierra excepto lo que un pobre puede poseer. Sobrellevó todas las penurias de los pobres y los humildes desde la infancia hasta la niñez, desde la juventud hasta la vida adulta.

Cuanto más pensamos acerca de Cristo convirtiéndose en un bebé sobre la Tierra, tanto más admirable parece este tema. ¿Cómo podía ser que el niño indefenso del pesebre de Belén siguiera siendo el divino Hijo de Dios? Aunque no podamos entenderlo, podemos creer que aquel que hizo los mundos, por causa de nosotros, se convirtió en un niño indefenso. Aunque era más encumbrado que ninguno de los ángeles, aunque era tan grande como el Padre en su trono de los cielos, llegó a ser uno con nosotros. En él, Dios y el hombre se hicieron uno; y es en este acto donde encontramos la esperanza de nuestra raza caída.

La historia de Belén es un tema inagotable. En ella se oculta la “profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios” (Rom. 11:33). Nos asombra el sacrificio realizado por el Salvador al trocar el Trono del cielo por el pesebre, y la compañía de los ángeles que lo adoraban por la de las bestias del establo. La presunción y el orgullo humanos quedan reprendidos en su presencia. Sin embargo, aquello no fue sino el comienzo de su maravillosa condescendencia. Ya habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios tomar la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la raza estaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos prácticos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran esos efectos. Pero él vino con esa herencia para compartir nuestras penas y tentaciones, y para darnos el ejemplo de una vida sin pecado.

En el cielo, Satanás había odiado a Cristo por la posición que ocupara en las cortes de Dios. Lo odió aún más cuando se vio destronado. Lo odió por haberse comprometido a redimir a una raza de pecadores. Sin embargo, a ese mundo donde Satanás pretendía dominar, permitió Dios que bajase su Hijo, como niño impotente, sujeto a la debilidad humana. Lo dejó arrostrar los peligros de la vida en común con toda alma humana, para pelear la batalla como la debe pelear cada hijo de la familia humana, aun a riesgo de sufrir la derrota y la pérdida eterna.

El corazón del padre humano se conmueve por su hijo. Mientras mira el semblante de su niño, tiembla al pensar en los peligros de la vida. Anhela escudarlo del poder de Satanás, evitarle las tentaciones y los conflictos. Pero Dios entregó a su Hijo unigénito para que enfrentase un conflicto más acerbo, a un riesgo más espantoso, con el fin de que la senda de la vida fuese asegurada para nuestros pequeñuelos. “En esto consiste el amor”. ¡Maravíllense, oh cielos! ¡Asómbrate, oh Tierra!


Texto extraído de El Cristo triunfante, p. 224, y de El Deseado de todas las gentes, pp. 32, 33.

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