Cómo y porqué “tocar la tecla” adquiere un significado clave en nuestra vida cristiana.

Louis Vierne, organista de la iglesia de Notre Dame de París, tuvo una experiencia muy singular. Nació prácticamente ciego, en 1870. A los 26 años lo operaron y pudo ver un poco. Pero esos 26 años de oscuridad, sin conocer el concepto de la perspectiva, habían dejado una huella que se hizo sentir cuando empezó a ver.

Si le decían: “Toma este lápiz”, el respondía: “Está demasiado lejos”. Pero, al mismo tiempo, quería asir la casa porque le parecía cercana. Sus ojos le decían que los objetos grandes estaban cerca; y los pequeños, lejos. Necesitó casi dos años para comprender que el tamaño de los objetos no tenía nada que ver con su proximidad o su alejamiento.

Si estás leyendo este artículo es porque puedes ver. Y la experiencia de don Vierne puede parecerte lejana (sin juego de palabras). Pero, probablemente hayas tenido una experiencia similar con la percepción que genera otro de los cinco sentidos: el oído. ¿Has escuchado alguna vez la música ejecutada en un órgano de tubos? Quedaste deslumbrado por la fuerza desplegada, y tal vez pensaste: ¡Cuánta fuerza hace falta para tocar este instrumento! Y no. Para tocar un órgano inmenso (como el de Notre Dame, que tiene unos 8.000 tubos y 115 registros), se apoya el dedo en una tecla con la misma fuerza que un flautista usa para cerrar un agujerito de su instrumento. No hay despliegue de fuerza humana. La fuerza se obtiene gracias a algo exterior al instrumentista. En este caso, los tubos y los registros que conforman este magnífico instrumento musical.

Hay ciertas percepciones naturales que solemos asociar con ideas concretas: lo que suena fuerte requiere mucha fuerza física; lo que está lejos es imposible de alcanzar; lo que es grande es mejor que lo pequeño. Y podemos crear un mundo de valores o limitaciones que no tiene nada que ver con la realidad.

Entre los que escuchaban a Jesús siempre había personajes que vivían en su mundo de valores y limitaciones propios. Así, un día Jesús les presentó una parábola: El Reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, se hace árbol y las  aves del cielo hacen nidos en sus ramas. (Ver Mat. 13:31, 32.) 

Aquí Jesús presentaba un desafío de perspectiva. Observa, ¿lo ves pequeño? No te fíes de las apariencias. Lo más pequeño se convertirá en lo más grande. Tú toca la tecla; yo me encargo de que los tubos y los registros del órgano generen una música potente y extraordinaria.

Curiosamente, Jesús volverá a utilizar la imagen del grano de mostaza en otras ocasiones en las que hablaba de un principio esencial de la vida en el Reino de Dios: la fe. “De cierto os digo, que si tuvieres fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mat. 17:20). “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería” (Luc. 17:6). Tú toca la tecla, que yo me encargo de la montaña y del sicómoro.

¿Por qué usaba Jesús la figura del grano de mostaza cuando quería hablar de lo que era realmente importante en su Reino? Jesús quería –y quiere– ayudarnos a cambiar nuestras percepciones. Elena de White comenta: “La obra de la gracia en el corazón es pequeña en su comienzo. Se habla una palabra, un rayo de luz brilla en el alma, se ejerce una influencia que es el comienzo de una nueva vida; ¿y quién puede medir sus resultados?” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 56).

Jesús estaba –y está– tratando de decirnos que la oscuridad del pecado ha cambiado nuestra capacidad de ver las cosas como Dios las ve, en su perspectiva justa. Y esas percepciones nos confunden y nos engañan, nos limitan y nos acobardan.

Así, lo pequeño, bajo la influencia del Espíritu de Dios, se convierte en algo muy grande. La perspectiva y las percepciones de nuestra vida y de nuestra fe cambian. No somos nosotros quienes nos tenemos que esforzar por generar los resultados; nuestra parte consiste en cultivar nuestra relación con Dios. Solo tenemos que tocar las teclas. 

Dios no lo hará por mí. Ese es mi trabajo. Ese es mi pequeño grano de mostaza.

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