Una historia conocida, un final abierto y una decisión clave.

Cuando Jesús contó la parábola del hijo pródigo, la dejó inconclusa. No sabemos cuál fue la actitud del hijo mayor ante la actitud llena de gracia del padre. Recordemos las palabras de la Biblia: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Luc. 15:31, 32).

Uno recibió la gracia y el trato inmerecido para aquel que necesita una segunda, tercera o enésima oportunidad en la vida. El otro defendía su derecho a tener razón y a recibir lo que merecía.

Dos maneras muy diferentes de concebir la vida. Y un triste cuadro: el desencuentro entre un padre y un hijo. Allí donde debería reinar la confianza y el deseo de hacer feliz al otro, reinaba la tristeza al no sentirse comprendido. 

Porque el hijo mayor estaba convencido de que el padre se estaba equivocando y que no lo comprendía. No era justo todo lo que estaba pasando. 

Mientras que el padre anhelaba sentarse a conversar con su hijo mayor, compartir sus alegrías y sus frustraciones, decirle cuánto lo amaba y cuánto amaba a todos en su casa, él no venía, no se sentaba a su lado, no le hablaba desde su corazón. El hijo calculaba. 

Dos maneras muy diferentes de concebir la vida. Dos mundos incompatibles: el que exalta la gracia y el que exalta el mérito propio. Mundos incompatibles y mutuamente excluyentes.

Durante todo su ministerio en la Tierra, Jesús luchó para que cada ser humano comprendiera que el Reino de Dios era un reino de gracia. Anhelaba que todos pudieran ver cuán falaz era la ilusión del mérito ante Dios. 

Pero el hombre era (y es) difícil de convencer. Prefiere una vida en la que obtengo lo que merezco. Obedezco y gano el premio. Soy generoso con mis ofrendas, y me va bien en mis negocios. Como sano, y no me enfermo. 

Es cierto que Dios nos ha prometido bendiciones si obedecemos, si damos nuestras ofrendas fielmente y si cuidamos nuestro cuerpo. 

Pero Dios continúa siendo soberano e interviene de muchas maneras en la vida de sus hijos. Y no siempre esas intervenciones parecen bendiciones a primera vista.

La gracia es una manera en la que Dios manifiesta su soberanía. Y su deseo es que tengamos confianza de que, al usar su soberanía, él tiene nuestro bien en mente. Y el bien de todos los demás que lo buscan.

Si no entendemos la gracia de Dios, es muy probable que no entendamos lo que significa tener fe en Dios. Porque la piedra en el zapato que nos molesta y no nos permite avanzar es nuestro derecho a tener razón y a recibir lo que merecemos. Esto es, cuando todo va bien y no tenemos necesidad de que alguien nos ayude. O nos salve. Como pensaba el hijo mayor.

Para el hijo menor, la gracia que le extendió su padre fue lo mejor que le sucedió en la vida. Fue la base con la que pudo seguir construyendo su confianza en él. Su fe seguramente se fortaleció. Y no le debió de haber costado otorgar gracia a otros, o confiar en los demás, más tarde en su vida. 

¿Qué final le darías a esta parábola? ¿Qué haría el hijo mayor? ¿Qué harías tú en su lugar? ¿Qué tal este final? 

“Después de escuchar a su padre, el hijo mayor se quedó perplejo. El padre sintió su necesidad de reflexión y se volvió lentamente hacia la casa. En el patio de la casa estaban por empezar a servir el festín. Sin él, la comida no podía comenzar.

Afuera, todo parecía vacío. ¿Y si miraba todo desde otra perspectiva? ¿Y si le daba la oportunidad a su padre de tener razón? Nunca lo había pensado de esa manera, pero tal vez este era el momento para comenzar.  Aún resonaban en sus oídos las palabras de su padre: ‘Hijo, tu siempre estás conmigo y todas mis bendiciones son tuyas. Te amo tanto como a tu hermano’. Tal vez este fuera el momento para empezar a creer y confiar en este padre lleno de gracia. Sus pies querían volverse hacia el campo, para nunca más regresar. Pero, no. Se fue hacia la casa. Iba a explorar un mundo desconocido”.

Sí, iba a explorar el Reino de Dios. Y a aprender a confiar. RA

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