Por Karl Boskamp y Valeria Flores.

Un joven, atribulado por conseguir novia, se levanta un día con la necesidad de resolver su situación y ora a Dios. No es la primera vez que lo hace, pero en esta ocasión solicita una señal extraordinaria y definitiva. Sale de casa, llega a determinado lugar y pide que la primera chica que pase por allí sea la elegida para casarse con él.

Esta y otras experiencias semejantes son peligrosamente frecuentes entre nuestros jóvenes cristianos. En más de una oportunidad nos ha tocado lidiar con los problemas que derivan de este tipo de experiencias. Dios anhela nuestra felicidad y sabe que necesitamos una compañía idónea para la vida, pues así lo estableció en el Edén (Gén. 2:18). Pero eso no implica que él nos haya “predestinado” a estar con alguien específico. Orar como ese joven no es entregar la causa en las manos de Dios, sino en las manos del azar.

Con relación a esto, hay un relato bíblico que suele ser mal entendido: el de la búsqueda de esposa para Isaac (Gén. 24). Prestemos atención a algunos elementos del relato que a veces pasamos por alto.

La historia transcurre en un contexto social, cultural y familiar muy distinto al nuestro. Por ejemplo, no existía lo que hoy denominamos noviazgo y la elección del futuro cónyuge no era solo una cuestión personal, sino también familiar.

En la historia no hay registro de una decisión azarosa. Por el contrario, se expone toda una serie de decisiones muy bien pensadas. El viaje se gestó porque Abrahán había notado que en Canaán no encontraría una esposa adecuada para su hijo y porque había decidido obedecer a Dios, quien había prohibido el matrimonio con los idólatras.

El encuentro con la joven no implicó una decisión unilateral. Ese matrimonio no se gestó por una experiencia mística, sino por las voluntades individuales que así lo desearon. La familia consultó a la joven: “¿Irás con este varón?” Y ella, totalmente informada de la situación, respondió: “Sí, iré” (Gén. 24:58). Isaac tampoco se vio forzado, pues al recibir el informe del viaje decidió recibir a Rebeca como esposa y “la amó” (Gén. 24:67), algo que no es fruto de impresiones superficiales.

La elección del futuro cónyuge no es algo que podemos dejar en manos del azar. Es algo que requiere del ejercicio de todas nuestras facultades. Si lo pedimos, Dios sí puede iluminarnos, darnos sabiduría e impresionar nuestra mente con el Espíritu Santo a fin de que nuestras decisiones se basen en criterios adecuados y para que pongamos la mirada en aquellas cosas que realmente son trascendentes.

A continuación, compartimos algunos consejos que pueden ser de utilidad para la elección de tu futuro cónyuge o para aconsejar a alguien que lo necesite:

  • Ora a Dios pidiendo sabiduría para tomar buenas decisiones (Sant. 1.5; Sal. 32:8).
  • Estudia la Biblia en búsqueda de consejos inspirados. Cuanto más estudiamos la Biblia, mejor comprendemos la voluntad de Dios para nuestra vida (Sal. 119:130; 2 Tim. 3:16, 17).
  • Procura el consejo de tus padres y de otras personas consagradas de gran experiencia. Las lecciones que aprendieron de la vida pueden ahorrarte no pocas penas (Prov. 5:1; 12:15; 15:22).
  • Cultiva buenas amistades. Una relación suele ser más estable y exitosa si surge primero como una amistad genuina (Cant. 4:7).
  • Evita unirte en yugo desigual (2 Cor. 6:14). Esto implica no solo buscar a alguien que comparta con seriedad tus mismas creencias religiosas, sino también buscar a alguien que comparta un mismo proyecto de vida.
  • Pesa cada sentimiento y cada manifestación del carácter de la persona con quien deseas unir tu futuro.
  • Prioriza estar con una persona que te acerque a Dios (Prov. 31:30; Efe. 5:25).

Por último, recuerda lo que dice Elena G. de White: “El amor verdadero es un principio santo y elevado, por completo diferente en su carácter del amor despertado por el impulso, que muere de repente cuando es severamente probado” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pág. 174).

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