El apóstol Pedro escribió que en las Epístolas de Pablo hay algunas cosas “difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen (como también las otras Escrituras)” (2 Ped. 3:15, 16). Si ya en el siglo I se estaban torciendo las Epístolas paulinas, existe el riesgo real de que los intérpretes de hoy tergiversen los asuntos “difíciles” que el apóstol escribió y terminen cambiando el mensaje divino.

Adulterar la Palabra de Dios es peligroso. Por eso, debemos ser muy cuidadosos al estudiar la Escritura, permitiendo que ella se interprete a sí misma; se debe considerar el contexto, y se debe permitir que los pasajes más sencillos arrojen luz sobre el significado de los más difíciles.

Textos paulinos mal interpretados

Un ejemplo de mala interpretación de las Epístolas de Pablo se da cuando se cita al apóstol con el propósito de probar que la Ley de Dios está abolida a partir de la muerte de Cristo. Una lectura cuidadosa de los pasajes citados no apoya esa conclusión.

1- ¿El fin de la Ley es Cristo? “El fin de la Ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Rom. 10:4). El texto no dice que Cristo puso fin a la Ley en el sentido de que ya no haya que obedecerla, sino que él es el “fin” del intento legalista de querer justificarse por medio de la Ley. Los judíos pervirtieron la salvación al buscar justificación ante Dios por las obras de la Ley (Rom. 9:30-32), desecharon la justicia divina y procuraron establecer la suya propia (10:3). Cristo vino a poner “fin” a eso y a reestablecer la verdad de que la justicia es por fe “a todo aquel que cree”.

2- ¿Sin ley y bajo la gracia? “El pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la Ley, sino bajo la gracia” (6:14). No estar “bajo la ley” significa no asumirla como un medio de salvación. Una de las funciones de la Ley es revelar el pecado, pero no salvar de él (3:20; 7:7). Usarla como medio de salvación es inútil; solo por la gracia, a través de la fe en Jesús, se recibe salvación (Gál. 2:16). Así, el problema no está en la Ley sino en su mal uso. Sin embargo, estar bajo la gracia no es tener un salvoconducto para transgredir la Ley, pues si su desobediencia es pecado, “los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Rom. 6:2).

3- ¿Libres de la ley? “Pero ahora estamos libres de la Ley, por haber muerto para aquella a la que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra” (7:6, 7). Estar libres de la Ley no significa libertad para desobedecerla, sino libertad de su condenación. El versículo 4 afirma que no fue la Ley la que murió, sino el pecador, por intermedio de Cristo. Al vivir en la carne, nuestros frutos son para muerte y la Ley nos condena (vers. 5), pero en Cristo morimos al pecado (6:2, 11) y estamos libres de la condenación de la Ley (8:1). Ahora en Cristo, ya no servimos “bajo el régimen viejo de la letra”, es decir, una mera obediencia externa (2:29), sino bajo el “régimen nuevo del Espíritu”, esto es, un servicio espiritual motivado por la presencia del Espíritu Santo en la vida (Eze. 36:26, 27).

4- ¿La ley perece? “Si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa del resplandor que brillaba en él, el cual desaparecería, ¿cómo no será, más bien, con gloria el ministerio del Espíritu? […] Si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece (2 Cor. 3:7, 8, 11). El pasaje contrasta el ministerio que enfatizaba el judaísmo contra el ministerio que enfatizaba el cristianismo. El primero, era salvación por las obras de la Ley; el segundo, salvación por la fe en Jesucristo. Se menciona la eliminación del antiguo pacto y la permanencia del nuevo. ¿Por qué Dios estableció un nuevo pacto? Porque Israel tergiversó el pacto del Sinaí (Jer 31:31, 32).

Primero fue rebelde, pero después lo convirtió en “un ministerio de muerte” y “condenación” (vers. 7, 9) cuando usó la ley como medio de salvación (Rom. 3:20; 9:31-10:3; Gál 2:16; 5:4) Esta tergiversación hizo del primer pacto un ministerio sin valor, basado en la “letra”; mero cumplimiento externo sin valor espiritual (Rom. 2:28, 29).

Por tanto, este ministerio de condenación habría de desaparecer (el intento de justificarse por las obras de la Ley), para dar paso al ministerio de justificación (por la fe en Jesucristo). En el nuevo pacto, la Ley ya no se encuentra en tablas de piedra, pero, lejos de ser abolida, se escribe perpetuamente en la mente y el corazón (Jer. 31:31-34). Ahora, la obediencia, en lugar de verse como un medio de salvación, llega a convertirse en un servicio espiritual, una respuesta de fe a la gracia salvadora.

Deja un comentario: