“El momento para hacer bien las cosas nunca será mejor que ahora” .

(Napoleón Hill)

Los vaivenes de la historia parecen demostrar que Japón es el dueño de la monarquía moderna más antigua del mundo. Según los cálculos, el imperio nipón se remonta a seis siglos antes de Cristo. La Casa Imperial Japonesa reconoce la legitimidad de los 125 monarcas que se han sucedido desde el ascenso del emperador Jimmu, (el 11 de febrero de 660 a.C.) hasta llegar al actual emperador, Naruhito. Sin embargo, la mayoría de los historiadores opinan que los catorce primeros emperadores son personajes más bien legendarios, antes que reales.

Por su parte, en Europa, la Familia Real Española ostenta el honor de ser la más antigua del viejo continente, cuando Bermudo I de Cantabria reinó en Asturias entre los años 788 y 791 d.C.

 Desde la antigüedad, los hombres quisieron ser gobernados por reyes aun cuando una monarquía se define, básicamente, por la etimología de la palabra en griego, como “el gobierno de uno solo”.

Y aun cuando una monarquía supone, por lo general, al menos tres aspectos: un gobierno unipersonal, vitalicio y hereditario. Si bien hubo casos de diarquías, triunviratos y tetrarquías, los reyes gobiernan solos. Si bien hubo casos de abdicaciones y destronamientos, los reyes gobiernan hasta que mueren. Si bien hubo casos de usurpaciones y de inserciones plebeyas en casas reales, los reyes gobiernan por ser descendientes de otros reyes.

Dios no quería esta forma de autoridad para su pueblo. Sin embargo, ellos tenían otros planes. La época de los jueces fue tremendamente decadente en todo sentido: en lo moral, en lo social, en lo económico y en lo espiritual. Nada estaba funcionando como debía.

Jueces termina su relato con la frase tónica de todo el libro: “En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía” (Juec. 21:25). Los líderes son necesarios y vitales. Pero si lees las historias vertidas en Jueces, observas que el problema no estaba en la ausencia de liderazgos, sino en la escasa o nula consagración a Dios de estos dirigentes. Como resultado, tanto líderes como liderados dejaban de lado las leyes de Dios en pos de las propias. Hacer lo que a uno le parece no solo es un mal de esta complicada y nefasta época posmoderna, donde todo es relativo y donde a lo “bueno” llaman “malo” y viceversa. Era, también, una especie de “canto de cisne” para el propósito que Dios tenía para su pueblo en aquella época.

En este contexto de desesperanza, y con liderazgos completamente desgastados, el clamor popular al profeta Samuel fue: “Danos un rey que nos juzgue” (1 Sam. 8:6). Los argumentos de 1 Samuel 8:1 al 5 eran válidos y hasta lógicos: Samuel ya era anciano (había necesidad de un recambio), y sus hijos no andaban en los caminos de Dios (el recambio que sucedería no era apto para el liderazgo).

Más allá de esto, lo preponderante es la alienada justificación que atraviesa el pedido: “Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (8:5).

Israel, el pueblo destinado a ser ese “especial tesoro” (Éxo. 19:5) de Dios distinguido entre todas las naciones de la Tierra, buscaba ahora camuflarse peligrosamente en los usos y las costumbres de las naciones paganas.

Dios pensó en un pueblo que apunte hacia las estrellas, pero ellos prefirieron revolcarse en el barro. “Como todas las naciones” es una frase que debe hacer pensar y reflexionar a cada dirigente adventista en este inicio de 2020. Ser diferentes es nuestro privilegio y nuestra responsabilidad. Es fácil ceder a las presiones, adaptar los principios y rebajar las normas, en pos de un popular progresismo antibíblico, enfundado en un liberalismo dañino que mancha nuestra identidad como pueblo elegido y nos retrasa en la misión.

“Hoy subsiste entre los profesos hijos de Dios el deseo de amoldarse a las prácticas y costumbres mundanas”, menciona Elena de White en Patriarcas y profetas, página 658. Y explica en la misma página una de las razones por las que esto sucede: “Muchos alegan que al unirse con los mundanos y amoldarse a sus costumbres se verán en situación de ejercer una influencia poderosa sobre los impíos”. No obstante, también destaca las consecuencias de esta poco sabia acción: “Pero todos los que se conducen así se separan con ello de la Fuente de toda fortaleza. Haciéndose amigos del mundo, son enemigos de Dios. Por amor a las distinciones terrenales, sacrifican el honor inefable al cual Dios los llamó”.

Año nuevo nos brinda la posibilidad de volver a empezar. Que podamos ser líderes atentos a la historia para no repetir los errores, afirmados en la Biblia para no claudicar y aferrados a Dios para no fracasar.

Sobre El Autor

Licenciado en Teología (Universidad Adventista del Plata) y en Comunicación Social (Universidad Nacional de Rosario). Ha trabajado como pastor, docente universitario y periodista. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de Conexión 2.0, Acción Joven y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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