“Me llevó en visión al desierto, y vi a una mujer sentada sobre una bestia de color rojo sangre”.

(Apoc. 17: 3, versión del autor)”

Cada cultura y época han sido testigos de una asociación entre ciertos colores y diversas situaciones, condiciones, estados de ánimo y virtudes (o falta de ellas). “Blanca y radiante va la novia”, reza la letra de una antigua canción, destacando así la pureza sexual de la feliz contrayente. “El asunto está aún muy verde”, decimos de algo prematuro o inconcluso. “La cuestión ya pasó de castaño oscuro”, denota una situación muy preocupante o fuera de control. “Todo ha sido hasta aquí color de rosa”, describe lo perfecto o ideal.

Por su parte, el color negro ha sido consagrado como el de lo nefasto o siniestro. La peste que asoló Europa durante la Edad Media pasó a la historia como “negra”. Una mala jornada es “un día negro”, lo mismo que el dinero mal habido, la oveja rebelde del rebaño, la mano anónima detrás de un ilícito irresuelto, el humor macabro o el día en que colapsan los mercados internacionales.

Esas asociaciones cromáticas varían según la cultura, la época y el lugar. En ciertas regiones del Lejano Oriente, los vestidos de bodas no son blancos sino rojos, así como las paredes de los hospitales. Allí mismo, el luto se expresa mediante el color blanco. A su vez, el color tradicional del luto en occidente prima actualmente en el atuendo deportivo e informal, sin relación alguna con la muerte o el duelo. El rojo, asociado desde siempre con el fuego y el peligro (semáforos, autobombas, extintores, alarmas, salidas de emergencia) ha llegado a ser el color por excelencia de los automóviles deportivos.

Todo lo dicho nos pone a resguardo de estrapolar demasiado a la ligera las convenciones de una sociedad a otra, o de una época a otra, tanto más en el caso de la Biblia, escrita en un tiempo y en un escenario tan distintos de los nuestros.

¿Pretendieron Dios y Juan comunicar algo por medio de los colores del Apocalipsis; por ejemplo, los de la bestia y la mujer del capítulo 17? Si es así, ¿cuál fue ese mensaje cromáticamente codificado?

Los códigos del Apocalipsis son los de Juan y su público original, y se encuentran primordialmente en el Antiguo Testamento y en la cultura del antiguo cercano oriente. Es, pues, allí y entonces donde deberíamos buscar la respuesta a la pregunta: ¿qué representa tal o cual color?

Una pista adicional acerca del mensaje implícito en los colores vistos y usados por Juan en los frescos simbólicos del Apocalipsis, son los elementos visuales adicionales que rodean al color en cuestión y refuerzan alguno de sus diversos matices representativos. Por ejemplo, mientras que el blanco simboliza sabiduría, experiencia y conocimiento cuando aparece asociado con el atuendo y el cabello de un venerable Anciano en un contexto forense (Dan. 7:10), representa pureza en consonancia con la nieve (Isa. 1:18); y es en otros escenarios un símbolo de triunfo, sobre todo cuando quien lo luce es un corcel montado por un soldado victorioso (Apoc. 6:2; cf. 19:11). A su vez, el rojo intenso representa a veces una notoria y estridente condición pecaminosa (Isa. 1:18), pero es también símbolo de crueldad y derramamiento de sangre si está vinculado con la cabalgadura de un guerrero blandiendo una espada y al que se autoriza a quitar la paz entre seres humanos (Apoc. 6:4). Por su parte, el ocre, o amarillento, representa muerte si está asociado con la vegetación sin vida, la que es inevitablemente objeto del fuego (8:7; cf. 6:8).

El color de la vestimenta de la cruel e inmoral mujer sentada sobre la bestia en Apocalipsis 17 ha sido tradicionalmente interpretado en conexión con la opulencia y la majestad imperial. No cabe duda de que, en la antigüedad, el rojo violáceo o purpúreo era ciertamente distintivo de la realeza y de las clases altas. Pero estaba también asociado con el Tabernáculo, o Santuario, judío y con las vestiduras sacerdotales; además de caracterizar el atuendo metafórico de la mujer y esposa judía virtuosa, y de estar también vinculado con la idolatría en virtud de la costumbre pagana de vestir de ese color a las imágenes cúlticas.

Por una parte, esta multivalencia cromático-simbólica y referencial está a tono con el estilo deliberadamente ambivalente de Juan, sobre todo en vista de las diferentes circunstancias de su diverso público, tanto contemporáneo como posterior. Por otra, está en armonía con cierto grado de variedad e indefinición propias de la nomenclatura de la época. Según William M. Ramsay “los nombres de los colores eran usados con gran laxitud y libertad. Por ejemplo, el término traducido como ‘púrpura’ […] designaba varios colores que a nosotros nos parecerían esencialmente diferentes” y dentro de una gama de “rojos” que incluía el azulado y aun el violeta. Tal vez esa variedad explica, en parte, la falta de consenso de los traductores bíblicos a la hora de decidir qué color designa el término griego porfyroús (púrpura) en los distintos lugares de la Biblia donde aparece. Las opciones propuestas han incluido, por ejemplo, el azul, el violeta y el rojo oscuro.

Una oración para hoy: Artista divino, aplica el “rojo redención” de tu sangre a la manchada tela de nuestra vida a fin de que esta cobre un tinte “blanco pureza y victoria”.

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