Es posible aprender de los errores pasados, y dejarlos en el pasado.

Se ha preguntado alguna vez por qué actúa de la forma en que lo hace? Ser padres es un privilegio maravilloso dado por Dios, pero no es una tarea fácil; más, cuando alguien proviene de un hogar donde hubo sufrimiento y dolor.
A veces, es común escuchar declaraciones de este tipo:
“Mi padre fue alcohólico, por eso yo también lo soy; él me dañó y este es mi destino. Ahora mis hijos sufren lo mismo que yo sufrí”.
“Mi madre me maltrataba y me castigaba físicamente hasta por cosas insignificantes; y por eso, cuando mis hijos se portan mal, pierdo el control y también los golpeo. Sé que mis hijos sufren por esto, pero no puedo controlar mi ira en esos momentos”.
Al decir esto, los padres justifican su manera errada de criar a sus hijos pasados en el pasado doloroso que ellos arrastran. Así, los patrones de conducta tienden a repetirse como si fueran parte de la genética heredada. Lamentablemente, estos padres sufren y sienten culpabilidad por no poder romper esas cadenas de su pasado, y se sienten atados e incapaces de cambiar.
En las Sagradas Escrituras, en los libros de Reyes y Crónicas, encontramos una sucesión de reyes que hicieron lo malo ante los ojos de Dios y fueron dejando a sus hijos, como heredad, las mismas costumbres paganas e inmorales que iban degradando al pueblo de Dios. Sin embargo, podemos encontrar una historia que da esperanza y anima a los padres a ser capaces de no repetir los errores de la crianza de sus progenitores; a quebrar esas cadenas fuertes que los han dañado y que han marcado su pasado, su presente, y que marcarán el futuro de sus hijos y sus nietos.

UNA HISTORIA DE ESPERANZA

En 2 Crónicas 34 y 2 Reyes 22 aparece la historia de Josías y de cómo, desde muy joven, buscó hacer la voluntad de Dios intentando llevar al pueblo a un reavivamiento e introduciendo varias reformas importantes en la nación. Cuando fue encontrado el libro de la Ley, el rey quedó tan impactado con este mensaje que decidió reunir a todo el pueblo para que escuchara las palabras del libro (2 Crón. 34:30). ¡Imagina a padres y niños reunidos y dispuestos a escuchar y a obedecer la Palabra de Dios!
Lo impresionante de esto es que el abuelo de Josías fue Manasés. En 2 Crónicas 33:6 se dice acerca de Manasés: “Y pasó sus hijos por fuego en el valle del hijo de Hinom; y observaba los tiempos, miraba en agüeros, era dado a adivinaciones, y consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová, hasta encender su ira”. Fue un hombre inmoral, que afectó a todos los que estaban a su alrededor, incitándolos a hacer lo malo y a desobedecer a Dios.
Luego heredó el trono su hijo Amón. Elena de White comenta: “Entre aquellos cuya vida había sido amoldada sin remedio por la apostasía fatal de Manasés se contaba su propio hijo, quien subió al trono a la edad de 22 años. Acerca del rey Amón, leemos: ‘Anduvo en todos los caminos en que su padre anduvo, y sirvió a los ídolos a los cuales había servido su padre, y los adoró; y dejó a Jehová el Dios de sus padres’ (2 Rey. 21:21, 22); y ‘nunca se humilló delante de Jehová, como se humilló Manasés su padre: antes aumentó el pecado’ ” (Profetas y reyes, pp. 282, 283). Esto muestra que la crianza de su padre lo marcó, y repitió los patrones negativos de este, siendo aún peor.
En el siguiente capítulo aparece Josías, hijo de Amón y nieto de Manasés. Sin embargo, hace las cosas en forma totalmente diferente de su abuelo y de su padre. Aquí se muestra el inmenso cambio en la historia. Podemos imaginar que se había dañado por estar rodeado de tanta maldad, pero desde su tierna edad él hizo lo bueno ante los ojos de Dios. La sierva del Señor menciona lo siguiente: “Hijo de un rey impío, asediado por tentaciones a seguir las pisadas de su padre, y rodeado de pocos consejeros que lo alentasen en el buen camino, Josías fue sin embargo fiel al Dios de Israel. Advertido por los errores de las generaciones anteriores, decidió hacer lo recto en vez de rebajarse al nivel de pecado y degradación al cual habían caído su padre y su abuelo. ‘Sin apartarse a derecha ni a izquierda’, como quien debía ocupar un puesto de confianza, resolvió obedecer las instrucciones que habían sido dadas para dirigir a los gobernantes de Israel; y su obediencia hizo posible que Dios lo usara como vaso de honor” (ibíd., p. 283).

«¿Cuál es la clave para no repetir los errores y no dañar a los hijos a pesar de las heridas y cicatrices físicas o emocionales?»

La gran pregunta es: ¿Cómo es que él pudo establecer una diferencia tan grande en su vida, en su entorno, en su familia y en tantas otras familias que siguieron los caminos de Dios? ¿Cuál es la clave para ser capaces de no repetir los errores y no dañar, a su vez, a los hijos a pesar de las heridas y cicatrices emocionales o físicas sufridas en la infancia y en la adolescencia?
Como vemos en este relato bíblico, la clave para esto es buscar a Dios de todo corazón y humillarse ante él, pidiendo cada día sanidad y fortaleza para ser los padres que Dios desea que seamos. Quedarse llorando y sentir autocompasión solamente lleva a más frustración, y los alcances de esto son tremendos en la vida de los hijos y los nietos. Por lo tanto, es necesario pasar por un proceso consciente e intencional de hacer las cosas de manera diferente. Y, aunque esto no es fácil, es necesario buscar herramientas que fortalezcan esta “decisión”.
La lucha por hacer el cambio es intensa e interna, ya que tu “inconsciente” hará que cometas errores de dos maneras: de forma idéntica o yéndote al otro extremo. La primera opción puede ser peligrosa, por la falta de equilibrio. Por ejemplo, si un padre viene de un hogar en que había constantes gritos, insultos y se pronunciaban palabras ofensivas frecuentemente, lo más probable es que en el nuevo hogar tenga la tendencia a repetir el mismo patrón de manera natural, ya que fue la manera que le enseñaron de comunicarse y expresar su molestia durante varios años.

El otro extremo es que el padre inconscientemente reaccione de manera opuesta, que no regañe jamás a sus hijos y sea totalmente permisivo, para evitar conflictos y problemas. Lamentablemente, esto también afecta a los hijos. En este punto es cuando esta lucha interna entre lo que solía ser y hacer debe ser frenada por la nueva manera de decir las cosas: calmadamente, con suavidad, sin agredir o dañar a los hijos. Así, puede llegar a ser una lucha diaria, en la que sin Dios es imposible lograr victorias.

ERRORES COMUNES EN LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

A continuación, analizaremos algunas maneras prácticas para hacer cambios consistentes y evitar algunos errores en la crianza de los hijos.
En primer lugar, el padre damnificado por su hogar de origen tiende a ser más emocional o más duro (como coraza de autoprotección). Tiene más tendencia al descontrol de las emociones negativas aprendidas durante los primeros años. Muchas de las decisiones se toman desde las emociones. Si un padre está psicológicamente herido, probablemente muchos de sus comportamientos provoquen inestabilidad emocional en el hogar. Por lo tanto, en vez de reaccionar emocionalmente, debería comenzar a responder racionalmente en las situaciones difíciles. Esto no significa reprimir, negar o evitar las emociones (ya que estas son parte del ser humano), sino, más bien, aprender a controlarlas. El problema no es la emoción, sino lo que yo hago con ella.

Un psicólogo preguntó a los padres en una conferencia: “¿Darías la vida por tus hijos? ¿Darías tu riñón por tu hijo?” Y, entre otras preguntas de este tipo, los padres respondieron que darían todo por ellos. Luego, dijo: “¿Y si te pidiera callarte y dejar de gritar a tu hijo en un momento de enojo?” Esto es mucho más fácil que dar la vida, ¿cierto? Por amor al hijo, es necesario “aprender” a manejar las emociones con la ayuda del Señor.

«Dios está completamente dispuesto a restaurar y a ayudar en el proceso de sanar todas las heridas».

Otra forma que obstaculiza el desarrollo de los hijos es la sobreprotección. Esto está tremendamente relacionado con las historias y las experiencias del pasado de un padre. En este estilo de paternidad, es buena la intención de cuidar a los hijos y aliviarles el dolor y el sufrimiento. Sin embargo, esto no los ayuda. Más bien, se les transfieren de manera inconsciente algunos temores, miedos e inseguridades innecesarios, originados en los miedos y los temores enraizados en los padres.
Otra característica de los padres heridos psicológicamente es adoptar la actitud de víctimas y de autocompasión. Esto no es beneficioso a la hora de educar a los hijos, ya que se corre el riesgo de actuar mal como padre y justificar estas acciones por el dolor que se arrastra. Por otro lado, el victimizar a los hijos por las situaciones difíciles que les toca pasar impide que desarrollen una actitud resiliente, que es una característica tan necesaria en la vida.

Cuando los niños nacen, se tiene la gran oportunidad de formarlos de manera que sean sanos emocionalmente. Pueden tener tendencias en su temperamento, pero su carácter es construido y se desarrolla en los primeros años de la infancia. Por esto es tan determinante la influencia que el padre y la madre ejercen sobre la vida del hijo. Muchas de las emociones constantes que los hijos vayan manifestando, especialmente durante esta etapa, son aprendidas de las reacciones y las maneras de actuar de sus progenitores. Ellos imitarán todo.
Por lo tanto, si el padre viene perjudicado por su hogar de origen o por graves golpes que la vida le haya dado, no es sabio transmitir esto a los hijos. Por ejemplo: los resentimientos, las crisis de angustia, los llantos desconsolados, y los ataques histéricos y descontrolados. Tampoco debe contar los traumas y las experiencias difíciles que vive como padre, porque el hijo, por su inmadurez e incapacidad de manejar tan fuerte información, será igualmente afectado y empatizará con su padre, internalizando las emociones vividas por este en el pasado.
Los padres deberían filtrar lo que van a contar, analizar de antemano en qué edad el hijo está en condiciones de enterarse de ciertas historias intensas, y estar seguros de que podrá recibir esto sin traumarse o afectar su integridad emocional.

Normalmente, en su infancia los niños son receptores de todos los sucesos que ocurren a su alrededor, y estos son almacenados en el área inconsciente de su cerebro. Por la etapa normal de desarrollo que están viviendo, ellos no tienen la capacidad de filtrar, de autoprotegerse de las agresiones o de un sinfín de experiencias dolorosas. Por lo tanto, necesitan ser protegidos por sus padres, quienes son los adultos supuestamente maduros y sabios que medirán el efecto de sus relatos, historias pasadas, dolores, traumas, y la transmisión de su comportamiento.

REMEDIOS PARA EL ALMA

En el caso de que el padre arrastre con una carga demasiado pesada de dolor y cicatrices, la oración es la mejor manera en que puede desahogar su corazón y conversar sus tristezas, odios y resentimientos con un Dios compasivo y misericordioso. Él está completamente dispuesto a restaurar y a ayudar en el proceso de sanar las heridas. Adicionalmente, hay profesionales especialistas en esto y también consejeros espirituales que están en condiciones de contener emocionalmente sin salir afectados, como salen los hijos.
Otra herramienta puede ser la lectura de libros cristianos acerca de paternidad, que son de tremenda ayuda. También puede ser de utilidad observar a padres y a familias modelo que, de alguna manera, sean testimonio; y pedir consejos que sirvan para ver otras realidades positivas y familias que luchan por hacer las cosas bien y son bendecidos por Dios.
Todo lo dicho anteriormente requiere sabiduría que proviene del Cielo y constante conexión con el Padre celestial. También es de vital importancia ser consciente de que existe la necesidad de hacer cambios. Esto requiere identificar los principales problemas, tomar decisiones y trabajar intencional y decididamente en ellas, con el objetivo de ser mejores padres y de criar hijos felices y sanos emocionalmente. Definitivamente se puede lograr, como lo hizo el rey Josías. Esto no significa una crianza perfecta, pero sí una crianza mejor, sin repetir patrones destructivos. ¡Con Dios, es posible! RA

NINAYETTE GALLEGUILLOS TRIVIÑIO, esposa de pastor y madre de dos hijos adolescentes, finalizó sus estudios en Pedagogía y Psicología, y tiene un posgrado en Orientación Familiar. Actualmente reside en Filipinas.

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