“Veo al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio destino” (Amado Nervo).

La Nochebuena de 1734 ardió, aciaga, en el palacio Real Alcázar de Madrid. Las llamas no solo se llevaron el edificio, sino también obras de arte de incalculable valor. Algo similar había ocurrido el 13 de marzo de 1604, cuando un incendio destruyó una parte significativa del palacio de El Pardo, otro referente cultural madrileño.

Cuentan los historiadores que el entonces rey Felipe III, gran admirador del pintor italiano Tiziano Vecellio, preguntó lo siguiente al enterarse del incendio:

— ¿Se ha quemado la Venus de Tiziano?
— No — le respondieron.

Y el monarca añadió:
— Pues lo demás no importa, ya se volverá a hacer.

Y sí, el paso del fuego (y el del tiempo) suele ser implacable. Las cosas no solo cambian con el correr de los años, lo hacen también en el fugaz instante de un chispazo.

Lo supo Sedequías, el último rey de Judá, justo en el momento antes que Nabucodonosor, rey de Babilonia, terminara de destruir Jerusalén luego de su arriesgada, pero poco sabia, rebelión contra el Imperio Caldeo. Pero el proceso en caída libre del pueblo de Dios ya había comenzado mucho antes. A Sedequías lo alcanzó el significado de su propio nombre. Cuando nació, sus padres le pusieron “Jehová es justicia”. Y así fue: los justos juicios de Dios lo alcanzaron no solo por la pasada herencia, sino además por sus malas decisiones presentes.

Los once años de su reinado no bastaron para enderezar el rumbo de su vida ni la de sus súbditos. Por su carácter débil e inestable, no supo ni pudo sobreponerse a la crisis agobiante. Después de la captura y la deportación de Joaquín, el rey que lo precedió, ascendió al trono con la difícil tarea de liderar a un pueblo sometido a Babilonia, al borde del abismo final. Ni aun en ese momento Sedequías dejó de tener la dirección de divina. Por medio de su siervo, el profeta Jeremías, Dios le reveló el futuro y le aconsejó qué hacer. Aun en la crisis, Dios habla, aconseja, muestra, orienta y revela. Nunca estamos en tinieblas.

Sedequías casi amoldó su corazón a ese mensaje divino. Al leer Jeremías 38:14 al 28 es posible deducir que se sentía inclinado a aceptar lo establecido por Dios. Allí se relata que el rey llamó en secreto al profeta y, desesperado, le consultó su disyuntiva: rendirse totalmente a Babilonia o enfrentar al enemigo. Así, el monarca le contó a Jeremías su intenso temor ante los judíos antibabilónicos. Esto respondió, con lágrimas en los ojos, el enviado de Jehová: “No te entregarán. Oye ahora la voz de Jehová que yo te hablo, y te irá bien y vivirás” (Jer. 34:20).

No existen recetas mágicas para el éxito. Es tan simple, y tan complicado, como obedecer la voz de Dios. Como las promesas y los consejos repetidos en Deuteronomio, la fórmula es sencilla: cumplir lo que Dios estableció trae prosperidad y felicidad. No hacerlo nos desliza por el callejón sin salida de la ruina y del fracaso.

Sedequías perdió más que un cuadro de Tiziano. Desconfiando de Dios, cedió a la presión de aquellos que pretendían combatir contra Babilonia y buscó ayuda en Egipto. La derrota fue catastrófica. Nabucodonosor invadió por tercera vez en veinte años a Judá, mató a jóvenes, doncellas y ancianos, quemó la Casa de Dios y los palacios, rompió el muro de Jerusalén y deportó a todos los habitantes que quedaron vivos (2 Crón. 36:13-21). Lamentablemente, no todo terminó allí. El rey de Babilonia mató a los hijos de Sedequías en su propia presencia, luego le sacó los ojos, lo encadenó y lo mantuvo prisionero hasta su muerte (2 Rey. 25:1-7).

En este final de 2019, no seamos como Sedequías. Como dirigente, él tendría que haber exclamado estas palabras que declara Elena de White: “Obedeceré al Señor, y salvaré a la ciudad de la ruina completa. No me atrevo a despreciar las órdenes de Dios, por temor a los hombres o para buscar su favor. Amo la verdad, aborrezco el pecado, y seguiré el consejo del Poderoso de Israel” (Profetas y reyes, pp. 337, 338).

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