Papá Noel, el arbolito, mucha comida (y bebida) fuegos artificiales y regalos; por sobre todo eso, abundantes regalos. En el imaginario colectivo popular pensamos que la Navidad se reduce solo a esto. Pero no. En este número de la RA, presentamos tres historias maravillosas de Navidad, que nos muestran su verdadero significado.

Recopilación y textos: Natalia Jonas (traductora de la ACES) y David Flier (periodista y corrector de la ACES).


 “Por favor, señor, quiero comprar un milagro”

Contada por Albert P. Stauderman

Por toda la ciudad había regocijo y risas: era la mañana del día de Navidad. Pero no había arbolito, ni decoraciones alusivas ni regalos en un lúgubre departamento donde un niñito yacía en su lecho de muerte.

Sus padres observaban con angustia indecible mientras el joven médico examinaba cuidadosamente al pequeño paciente. Una seria infección espinal estaba consumiendo sus últimas fuerzas. Finalmente, el médico se levantó y guardó el estetoscopio en su maletín. Con gran pesar, sin mirar a los padres, habló suave y lentamente: “Solo un milagro puede salvarlo ahora”.

En la puerta, asustada y con los ojos muy abiertos, estaba su hermana pequeña. A su infantil manera compartía el dolor de sus padres al escuchar las palabras del médico. “Solo un milagro”, había dicho. Eso debía referirse a otro de esos tratamientos costosos que nunca podían pagar.

Se tragó las lágrimas y corrió a su habitación. Tomó su alcancía y sacó todo lo que contenía. Parecía una pequeña fortuna: 1,11 pesos.

Con cuidado, apretó las monedas y corrió hasta la farmacia de la esquina.

Al fondo, detrás del mostrador, estaba el amigable boticario de cabello blanco, hablando con un hombre grande con un enorme abrigo de piel. Esperó impacientemente por unos pocos minutos mientras ellos seguían hablando. Entonces golpeteó las monedas en el mostrador. Sabía que interrumpir no era respetuoso, pero su necesidad era urgente.

–¡Por favor, señor! –imploró ella–, quiero comprar un milagro.

La conversación cesó abruptamente y ambos hombres la miraron. El farmacéutico conocía bien a la familia de la niñita, ya que habían estado comprando todo tipo de medicinas por semanas para su hijito enfermo.

–¿Qué dijiste, querida? –preguntó con suavidad.
–El médico dice que necesitamos un milagro para salvar a mi hermanito. Él está muy enfermo, así que, lo necesitamos ya mismo. Mire, puedo pagar…

El amable boticario la miró un momento, y luego miró el dinero que ella había dejado sobre el mostrador. Entonces se volvió hacia el hombre de abrigo de piel y comenzó a hablar seriamente con él, usando palabras difíciles que la pequeña apenas podía entender… Se refería a algo sobre columnas y especialistas.

El hombre de abrigo de piel carraspeó; se agachó y puso su mano en el hombro de la niñita.

–Querida –dijo–; los milagros son muy difíciles de conseguir… pero creo que podría conseguirte uno.
–Aquí está el dinero –exclamó la niñita con ilusión, empujando el montoncito de monedas en su dirección.
–Mmmmm… Sí –dijo el hombre grande pensativamente, mirando el dinero–. Es exactamente la cantidad correcta. Cuestan exactamente 1,11 pesos. Ahora, dime el nombre del médico de tu hermano.

La niñita regresó a su casa feliz, dando saltitos, con su secreto maravilloso.

“Es privilegio nuestro apartarnos de las costumbres y las prácticas de esta época de degeneración […] podemos hacer de las próximas fiestas una ocasión de honrar y glorificar a Dios”.

Unas horas más tarde, sonó el teléfono del joven médico. La llamada era de un famoso especialista, a quien él nunca se hubiera atrevido a contactar. El especialista dijo que, por medio de un amigo mutuo, le habían pedido que preguntara por el caso de un niño enfermo.

Todavía no había terminado ese día de Navidad, cuando ambos galenos se reunieron alrededor del lecho del niñito enfermo. Los turbados padres miraban asombrados, pero con un nuevo rayo de esperanza brillando en el corazón. Cuando los dos médicos finalmente se fueron, el niño enfermo estaba durmiendo; y los padres sabían que pronto estaría en un buen hospital, recibiendo los mejores cuidados y atención, y con la esperanza de una recuperación completa. No lo podían entender. ¡Parecía un milagro!

Al lado de la puerta de la habitación estaba la niñita, con los ojos muy abiertos, pero ya no asustada. Entendía perfectamente lo que había sucedido. Ella sabía algo que sus padres no sabían: sabía que el precio de un milagro era exactamente de 1,11 pesos…

Esa cantidad, ¡y la fe de una niñita!


La cena de gala

Por Janice Hermansen

Mientras revisaba la pila de cartas que había llegado, me encontré con un sobre muy elegante.

“Está cordialmente invitada a asistir a la cena de gala navideña en honor a su servicio voluntario en beneficio del Hospital de Convalecencia Emmanuel”.

Miré rápidamente los detalles y noté con deleite la ubicación. Hacía mucho que mi esposo, Robin, pastor de una pequeña iglesia, y yo no comíamos en un restaurante elegante. ¡Qué linda velada tendríamos!

Entonces me quedé helada cuando leí la nota escrita a mano al final: “Por favor, inviten también a Jeannie. Apreciamos que toque el piano para los pacientes”.

“Oh, no”, me quejé. “¿Realmente tenemos que invitarla?” Jeannie era una mujer de mediana edad con retraso mental que asistía a nuestra iglesia. Aunque la quería mucho, no quería ni pensar en llevarla a cenar a algún lugar.

Recordaba vívidamente el último almuerzo a la canasta en la iglesia. La falta de modales de Jeannie en la mesa me había hecho perder el apetito. Además, tenía el hábito de rascarse la cabeza cuando estaba nerviosa, ¡y a menudo se olvidaba de coser las costuras rasgadas en las axilas!

Sin embargo, lo más asombroso sobre Jeannie era su habilidad para tocar el piano. Le encantaba tocar el piano en la iglesia y en el hospital.

No podía dejar de pensar en mi dilema. Estaba segura de que Jeannie nos arruinaría la velada a nosotros y a los demás invitados. Ella no sabía comportarse apropiadamente.

Esa noche le conté a mi esposo sobre la cena de gala.

–No pareces muy entusiasmada –notó él.
–Lee lo que está escrito al final –respondí, dándole la invitación.
–Ah –suspiró–. Ese es el problema. Pobre Jeannie. No encajaría. Probablemente, ni siquiera lo disfrutaría.
–¿Y si no le decimos? –sugerí.

Los días pasaron rápidamente, llenos de preparaciones; hasta que volvimos a hablar del asunto. Finalmente, decidimos decirle a Jeannie sobre la invitación. Mientras marcaba su número de teléfono, todavía esperaba que ella no aceptara asistir.

Pero no, Jeannie no podía esconder su entusiasmo ante la noticia. Me contó exactamente qué vestido usaría. Yo esperaba que tuviera las costuras intactas.

La noche del evento pasamos a buscar a Jeannie por su casa.

–Hola, pastor Robin y Janice –nos saludó–. Muchas gracias por llevarme esta noche. Nunca fui a una cena de gala.

Su comentario me dejó estupefacta. Me sentí avergonzada al darme cuenta de cuánto significaba esto para ella. Sin embargo, todavía tenía mis dudas.

“Tal como lo había hecho dos milenos atrás, Dios enviaría a alguien a un rincón pobre y olvidado del mundo”.

Entramos al salón iluminado, y yo miré disimuladamente su vestido buscando costuras rasgadas. Jeannie se estaba luciendo. Se veía perfecta.

Mientras tanto, ella miraba en silencio a su alrededor: las arañas de cristal, los centros de mesa festivos, las velas… Ningún detalle se le escapaba.

Nos sentamos, y otros invitados se unieron a nuestra mesa. Pronto los meseros comenzaron a servir la cena. Noté que Jeannie me miraba fijamente.

Cuando tomé el tenedor de ensalada, ella tomó el suyo; cuando me limpiaba la boca con la servilleta, ella hacía lo mismo. Me di cuenta de que estaba prestando mucha atención a sus modales y que estaba confiando en que yo la guiaría. Tenía que admitir que lo estaba haciendo muy bien.

Luego de los discursos, el director del hospital anunció que jugaríamos al bingo por premios. Miré a Jeannie de reojo: ella estaba estudiando su tarjeta con total determinación.

El juego avanzó velozmente. El rostro de Jeannie reflejaba decepción cada vez que alguien gritaba: “¡Bingo!” Seguimos jugando aunque más de quince personas ya habían ganado premios.

– ¡Vamos! ¡Vamos, susurraba Jeannie.
–B-7 –anunció el anfitrión.
-¡Bingo! –gritó Jeannie mientras saltaba de su silla.

Inspeccionó la pila de paquetes envueltos y finalmente eligió uno cubierto de papel rojo brillante; el más grande que pudo encontrar.

Típico de Jeannie, pensé, divertida, al verla regresar a la mesa. Pero en lugar de sentarse, se acercó hasta donde yo estaba sentada.

–Toma –me dijo poniendo el paquete en mis manos–, es para ti.

No podía hacer más que mirarla mientras las lágrimas embargaban mis ojos. ¿Por qué haría esto?, me pregunté, muy consciente de que no merecía el regalo.

–Gracias por invitarme esta noche –dijo suavemente–. ¡Feliz Navidad!

Y entonces me sonrió y se rascó la cabeza.


Una naranja para John

Autor desconocido

A principios de la década de 1800, un muchacho de catorce años llamado John vivía en un orfanato inglés, junto con varios otros niños. El orfanato era un edificio viejo, frío y húmedo. Allí, John no tenía nada que fuera suyo.

El matrimonio que administraba ese orfanato provenía de un trasfondo muy precario; y tenían escasez de amor y abundancia de disciplina. No había juegos ni expresiones de compasión. No había comprensión ni amor.

En el orfanato, todos los días se trabajaba. Los niños trabajaban en huertas; y limpiaban, cosían y cocinaban para familias acaudaladas. Se levantaban al amanecer y solían recibir una sola comida por día.

John no tenía absolutamente nada propio, al igual que los demás niños. De vez en cuando lograban salvar algún harapo y John le hacía un nudo en un extremo para simular una muñeca para alguna de las niñitas; o quizás encontraba una piedrita perfectamente redonda con la que un niño podía jugar a las canicas cuando el director no miraba. Sin embargo, el director siempre estaba mirando… no se le escapaba nada.

Había un día en el año en el que los niños no trabajaban. John había pasado suficientes años en el orfanato como para esperar con deleite y anticipación este día especial: la Navidad. Ese día, cada niño recibía un regalo; era el momento especial del año cuando todos recibían algo que podían llamar suyo. Ese regalo especial era una naranja.

Quizá para nosotros esto no sería muy especial, pero para John y los demás niños huérfanos, era un obsequio raro y especial. Los niños atesoraban tanto sus naranjas que a menudo las guardaban por días, semanas, o hasta meses. Las protegían, las olían, y las amaban. A veces trataban de disfrutarlas y preservarlas tanto que las naranjas se pudrían antes de que los niños las pelaran para disfrutar del dulce jugo. Los niños decían: “Este año yo seré quien la guarde por más tiempo”. Todo el año hablaban sobre la siguiente Navidad. Todos estaban determinados a que este año guardarían su naranja por mucho, mucho tiempo.

“Aquella visita fue la entrada que posibilitó muchas otras, en las que familias de la aldea abrieron sus puertas y sus corazones”.

John siempre cuidaba muy bien de su naranja; la sostenía con cuidado y amor, para no golpearla. Generalmente dormía con ella. La ponía debajo de su nariz para oler tal delicia. Le daba una sensación de seguridad y bienestar.

Un año en particular, John estaba especialmente gozoso por la temporada navideña. Se estaba haciendo hombre. Pronto tendría suficiente edad para irse del orfanato. Así que, este año estaba decidido a guardar su naranja. Sabía que si la cuidaba mucho y la mantenía en un lugar frío, podría comerla en su cumpleaños, en abril.

Finalmente llegó el día de la Navidad. ¡Los niños estaban tan entusiasmados! Al entrar al comedor, John sintió el olor a carne cocida, un lujo que solo había disfrutado unas pocas veces en su vida. Con tanta emoción, y por el tamaño desproporcionado de sus pies en crecimiento, John se tropezó y eso causó un pequeño disturbio. Inmediatamente el director rugió: “John, sal del comedor; ¡y no habrá naranja para ti!” John sintió que se le rompía el corazón, y comenzó a llorar. Para que los niños más pequeños no vieran su angustia, dio media vuelta y corrió a toda velocidad a su fría esquina en la habitación. ¡Ahora no había nada que esperar con ansias! ¿Cómo podría sobrevivir a otro año en este orfanato?

Entonces escuchó que se abría la puerta, y varios niños entraron. La pequeña Elizabeth, con el cabello cayendo sobre sus hombros, una sonrisa de oreja a oreja y lágrimas en los ojos, le extendió un harapo.

–Toma, John; esto es para ti –le dijo.

John lo tomó, levantó los bordes y vio una gran naranja jugosa, pelada y trozada. Entonces se dio cuenta de lo que habían hecho. Habían pelado sus naranjas, y cada uno había dado un pedazo para crear una gran naranja hermosa para él.

John nunca olvidó el amor que sus amigos le demostraron esa Navidad. Con el tiempo, llegó a ser un hombre muy exitoso y acaudalado, pero nunca olvidó esa naranja armada para él con tanto sacrificio. Cada año enviaba naranjas a orfanatos de todo el mundo. Su deseo era que ningún niño pasara la Navidad sin un regalo especial.


El pesebre del siglo XXI

La Navidad parecía todo, menos una fiesta para Erna. Durante su niñez y adolescencia, la llegada de la última semana del año tenía para ella un dejo de frustración: miembro de una familia numerosa, los regalos que recibía eran humildes y no llenaban sus expectativas infantiles; mientras que las tensiones y discusiones en su casa nunca faltaban. El significado de la Navidad tampoco cambió cuando, con 16 años, se bautizó en la Iglesia Adventista en su Misiones natal, una provincia en el nordeste de Argentina: Erna sentía una distancia enorme entre el diciembre frenético de cada año, repleto de preparativos, comida y regalos, y lo que había conocido de la vida de Jesús, llena de servicio al prójimo. Cuando pensaba en él, un anhelo merodeaba sus pensamientos: al igual que lo había hecho el Maestro de Galilea, deseaba recorrer caminos polvorientos y ayudar a los más necesitados.

Incluso décadas más tarde, ya casada, con tres hijos y mudada a la provincia de Entre Ríos, tampoco encontró gozo al aproximarse la Nochebuena. La presión de comprar los mejores regalos a sus niños y de organizar una gran cena especial la abrumaban. Los días estaban llenos de angustia. Su agenda estaba cargada, pero su corazón vacío, recuerda. “Hubiera preferido que pasara la Navidad”, admite hoy, luego de varios años y varias navidades diferentes.


Margarita se aferraba a Dios a pesar de que su vida, vista desde afuera, podría haber parecido una tortuosa costumbre. La mujer había vivido 67 años en los que se acumulaban los golpes y el abandono, la traición de sus más cercanos y una pobreza que la llevó a trabajar casi sin conocer el descanso para sostener a su familia y hasta para ayudar a sus vecinos. Sin embargo, en su vida siempre había sobresalido la fe.

No extrañaba, entonces, que pasara sus días en la Aldea Farías, un pequeño paraje perdido entre los campos entrerrianos, clamando a Dios por sus vecinos. “Yo le pedía a Dios: ‘Envía obreros a esta aldea en la que necesitan de tu amor’”, cuenta.

Tal como lo había hecho dos milenos atrás, Dios enviaría a alguien a un rincón pobre y olvidado del mundo.

Pero, cuando se cumplió el tiempo…

Corría el año 2010, y Erna –apodada cariñosamente “Ita”– trabajaba como preceptora y docente en un colegio rural con internado ubicado a unos pocos kilómetros de la Aldea Farías. Como su jornada de trabajo implicaba pasar días y noches enteras en el colegio, a menudo llevaba materiales para organizar en sus ratos libres su tarea como directora del Club de Conquistadores de la Iglesia de Colonia Centenario. A una de las alumnas de la escuela, al ver que Erna desarrollaba distintas actividades, se le ocurrió pedirle que fuera a ayudar en el lugar donde vivía su familia. En la Aldea Farías.

Era noviembre. Erna, su hijo menor y su esposo, Haroldo, decidieron visitar la aldea con la esperanza de realizar allí un programa navideño. Querían hacer un “pesebre viviente”.

La Aldea Farías no es solo un lugar ignorado por la gran mayoría de la gente, sino también por Google Maps: una búsqueda en esta aplicación no arroja resultados. Difícil es también que alguien se tope con el lugar si no lo conoce. Para llegar a esta zona rural que pertenece al departamento entrerriano de Villaguay, hay que seguir los surcos de un camino de tierra escondido a un costado de una ruta nacional. Hay que continuar por ese sendero hasta internarse en un asentamiento donde los pastos están altos, las gallinas y los corderos deambulan y las casas hablan de carencias. Allí, entre otros caminos polvorientos, Erna sintió reflotar ese anhelo que habían puesto varios años antes en su corazón Héctor y Delia, sus maestros en la Escuela Adventista de Bello Horizonte, Misiones: el de seguir las pisadas de servicio de Jesús.

Allí, en la Aldea Farías, Erna se dirigió a la casa de la persona responsable de una iglesia pentecostal, quien, creyó, podría ayudarla a organizar el pesebre viviente. Erna caminó entre la tierra hasta llegar a un hogar rodeado de algunos corderos y con techo de paja y madera. Un lugar que, en un vistazo rápido, bien podría confundirse con un establo. Un lugar con aroma a Navidad.

Allí, en el pórtico de esa casa, esperaba sentada Margarita.

“Estaba muy mal, los vi bajar del auto y sentí algo lindo y muy fuerte adentro”, le contó la dueña del hogar a Erna esa primera vez. Erna y su familia le expresaron sus planes y la señora, además de aceptar, entendió que Dios estaba contestando sus oraciones. Que había mandado a personas que llevaran su amor a la aldea.

Algunas semanas más tarde, Erna arribó a la aldea para celebrar el pesebre viviente. Su rostro no pudo esconder la sorpresa. “Aquel parecía un pesebre literal”, recuerda para describir una escenografía que invitaba a transportarse a tiempos bíblicos: animales atados, pequeñas casitas de madera y hasta fardos decoraban el lugar.

Aquel primer año el programa estuvo a cargo, principalmente, de chicos del Club de Conquistadores. También se llevaron regalos que juntaron amigos y miembros de iglesia y se hizo una reflexión navideña. Aunque no se sabe bien cuántas personas fueron, todos coindicen en un dato: “El lugar –ese extenso patio al frente de la casa de Margarita– estaba lleno”, dicen.

En esa aldea de unas cuarenta familias, quedaron cortas las sesenta bolsitas con juguetes, pan dulce casero y otros productos típicos de la época navideña, y libros que se habían preparado para obsequiar. Pero, sobre todo, quedó corto el tiempo: aquella visita fue la entrada a muchas otras en las que familias de la aldea abrieron sus puertas y sus corazones.

Campamentos, estudios bíblicos, programas por días especiales –como el Día de la Madre o del Niño– se volvieron habituales con los años. Y, claro, la obligada visita de cada Navidad.

“En cada Navidad los niños recibían un regalo; era el momento especial del año cuando todos recibían algo que podían llamar suyo”.

Al segundo año, varios de los chicos de la aldea comenzaron a ser los protagonistas del “pesebre viviente”, el cual, en realidad, era una dramatización del plan de redención. “Estaba encantado mi nieto”, recuerda Margarita al contar que Enzo representó a José. Desde esa segunda Navidad, siempre hubo una comida entre todos después del programa. También había, como cuenta Margarita, “entusiasmo en la gente”. “Yo le pedía a Dios que vieran que él y que la historia de la Navidad son una realidad”, rememora.

“¿Cuándo vienen Ita y Haroldo?”, empezaron a preguntarle los aldeanos cada vez con más frecuencia a Margarita. “Ellos notaron que les teníamos un amor genuino y querían que los visitáramos siempre”, dice Erna. El aprecio que los habitantes de la aldea tienen por ella y su familia se palpa apenas se saludan, se abrazan y les abren las puertas de la casa. Y, claro, le reclaman por alguna tardanza en visitarlos. Erna cuenta que, en un principio, la gente, aunque muy educada, era distante con ellos. El contraste entre aquel momento y el presente, cuando se la puede ver charlando como una más del grupo de vecinas, no podría ser mayor.

Erna está segura de que el trabajo en esa aldea fue guiado por Dios: “Cada vez que por cansancio y falta de recursos parecía que no íbamos a organizar ninguna actividad navideña en la aldea, aparecía alguien que de la nada, sin que lo pidiéramos, nos ofrecía ayuda y motivaba. No estamos solos: Dios manda a sus ángeles”.

La bendición de servir

Claro que no solo fueron los habitantes de Aldea Farías los beneficiados con las visitas navideñas. Erna descubrió el gozo que existe al humillarse en los establos modernos, como hizo Jesús al venir a esta Tierra. Para ella, la época en la que el mundo recuerda el nacimiento del Salvador dejó de tener aquel sabor a poco. “Ir a la aldea me ayudó a entender lo que hacía Jesús y le dio sentido a la Navidad. Ahora no importa lo que haya en la mesa; después de haber ayudado a las personas, de haber sido agentes de servicio para Dios, estás lleno, no importa si tengo o no tengo algo o si llegué con preparativos”, cuenta. Un cambio que, asegura, hasta sus hijos lo notan. Ahora, al llegar la Navidad, dice tener “otra actitud”.

Por supuesto, el servicio en Navidad no solo llenó de sentido esta fecha para Erna y su familia, sino también para las otras personas que con el correr de los años se sumaron a la tarea.

“Me hacía tan feliz verlos a ellos, que me escuchaban, se divertían conmigo”, concuerda Gimena, una joven de 16 años, a quien en una de las ocasiones en las que participó le tocó representar a María. “Al momento del pesebre, hasta el más terrible venía a ensayar con toda la disposición”, recuerda. Y resume después de unos cuatro años de colaborar en la aldea: “Te vas con el corazón lleno”.

“Ayudar en la aldea te cambia la Navidad, te moviliza; ves otra realidad que te lleva a querer estar más conectada con Dios”, sintetiza Mayra. Aunque se crió en la aldea, ella dejó el lugar hace un tiempo, y en 2019 se bautizó en la Iglesia Adventista. Hoy, visita regularmente Aldea Farías y allí comparte estudios bíblicos con su familia.

“El significado de la Navidad se volvió más profundo. Al ver las carencias de la aldea, entendimos cuál fue el entorno en el cual vino a servir Jesús”, opina Blanca, quien junto a su familia también lleva años ayudando en Aldea Farías. Para ellos, la Navidad ya no es más “armar paquetes y regalarnos entre nosotros”.

Aquel vacío que Erna sentía en cada Navidad, hoy se llena con el amor que recibe de los chicos y los amigos de la aldea; un amor que recuerda cada vez que abre su Biblia. Allí guarda la carta que le escribieron niños de Farías, en la que agradecen y dicen: “Desde que llegó a nuestras vidas comenzamos a conocer nuevas etapas y a vivir momentos felices que quedarán para siempre en nuestros corazones. Cuando estemos tristes, recordaremos esto para seguir adelante”.

Por eso, en esta Navidad, recordemos la reflexión de Elena de White: “El mundo dedica las fiestas a la frivolidad, el despilfarro, la glotonería y la ostentación […] En ocasión de las próximas fiestas de Navidad y Año Nuevo se desperdiciarán miles de dólares en placeres inútiles; pero es privilegio nuestro apartarnos de las costumbres y las prácticas de esta época de degeneración. En vez de gastar recursos simplemente para satisfacer el apetito y comprar inútiles adornos o prendas de vestir, podemos hacer de las próximas fiestas una ocasión de honrar y glorificar a Dios” (El hogar cristiano, pp. 437, 438).


Gratitud pura

Erna remarca siempre que la tarea que comenzó hace ya nueve años en la Aldea Farías ha sido guiada por Dios. Pero, también, enfatiza que fueron muchas las personas que trabajaron junto a ella en este tiempo. Desde su esposo Haroldo –a quien llama “motor” del proyecto– y sus hijos, que la han apoyado, hasta distintas personas que se han sumado. Entre ellas, destaca a Miriam y sus hijas Gimena y Shirley, “que estuvieron apoyando de manera silenciosa, pero siempre presentes y recolectando juguetes y alimentos” y al grupo de jóvenes de la Universidad Adventista del Plata, quienes viajaban desde Libertador San Martín –a unos 100 kilómetros de la Aldea Farías– para participar de distintos programas.


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