Explicar el futuro a un niño es todo un desafío. La pregunta: ¿Cuánto falta para que salgamos de vacaciones? La respuesta: Tienes que dormir cuatro noches y ahí saldremos de vacaciones. Entonces Juancito vive su presente contando noches. La primera sueña con la cuarta, pero cuando despierta todavía le faltan tres. El día lo pasa esperando a que llegue la noche, es la segunda; pero bueno… Es lo que hay.

Ahí está, entre su vida de niño, en que las horas avanzan lentamente, y sus sueños de futuro: subirse al auto en dirección a la casa de campo donde vive su querida abuela, que siempre le prepara comida deliciosa para recibirlo.

“Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará. He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:3, 4). Los primeros adventistas, chasqueados en octubre de 1844, encontraron esperanza en estas palabras. Ellos también se querían ir y ahora tenían que seguir contando noches… Pero ¿cuántas todavía?

Vivir entre el presente y el futuro es un ejercicio interesante para el cristiano que espera el regreso de Jesús. No vivimos contando noches porque no sabemos cuántas más tendremos que dormir todavía. Pero también sabemos que, en algún momento, Jesús regresará.

Esta tensión puede resultar frustrante para algunos que tratan de entender y explicar las cosas de Dios y sus tiempos en términos humanos. Tienden a concentrarse más en el aquí y el ahora, porque lo entienden mejor.

Otros tampoco consiguen vivir bien con esta tensión. No saben qué hacer con el aquí y el ahora. Están más cómodos pensando en el futuro.

Así como el equilibrio no se encuentra en los extremos, la experiencia de muchos cristianos es una mezcla sana de presente y de futuro. Y lo maravilloso que resulta de esta tensión es que precisamente en ese terreno crece su fe.

Después de aquella gran desilusión de 1844, hubo un grupo de hombres y mujeres que no se dejó tentar por los extremos. Se sentaron a estudiar las Sagradas Escrituras, a orar y a buscar la dirección divina, que tanto necesitaban. Habían esperado que Jesús regresara en ese momento; así lo habían entendido después de estudiar concienzudamente las profecías. Pero no había orgullo en su corazón. Si Jesús no había regresado, como ellos pensaban, era porque en algún lugar su interpretación de las profecías había un error.

Con humildad, volvieron a sentarse a estudiar. A trabajar. A lavar ropa y preparar comida, día tras día. Un día entendieron, y su corazón se llenó de esperanza nuevamente. Y su fe se fortaleció.

Nosotros también nos sabemos en el umbral del futuro. Podemos estar tentados a dejarnos llevar por una vida más bien espiritual, sin implicarnos en los problemas de nuestra sociedad, porque no le vemos cura. O, por el contrario, podemos pensar que tanto ha tardado el Señor hasta ahora que seguramente seguirá tardando. Los extremos están allí, con sus propuestas desequilibradas.

Pero podemos elegir el equilibrio. Ese lugar donde podemos arremangarnos la camisa y poner manos a la obra y, al mismo tiempo, elevar nuestra mente en oración a nuestro Padre y conversar con él, totalmente alejados de las circunstancias de nuestra vida.

Ese ejercicio de mezclar presente y futuro cada día de nuestra vida es la receta que necesitamos para que nuestra fe se fortalezca. Pasar tiempo con Jesús, pasar tiempo trabajando para mejorar mi entorno familiar y social, pasar tiempo para cultivar los talentos que Dios me ha dado y luego ponerlos a su servicio… Todo un programa.

Justamente, un programa que nos traerá mucha serenidad. Porque desarrollaremos nuestra confianza en nuestro Padre celestial y seremos cada vez más conscientes de que él sabe cómo y cuándo hacer las cosas.

Tienes que dormir cuatro noches, y ahí saldremos de vacaciones. La promesa de Jesús para nosotros es: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). Que la tensión de la espera dé a luz en nosotros una fe cada vez más fuerte y sólida, que saborea cada día en su imaginación la inmensa alegría del encuentro con Jesús; como Juancito saborea por anticipado la comida de su querida abuela.

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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