El dolor es una desagradable experiencia emocional (subjetiva) y sensorial (objetiva). El diccionario lo define como “sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior”, y “sentimiento de pena y congoja”.

Génesis es el primer libro de la Biblia. En su tercer capítulo menciona por primera vez el dolor como consecuencia del pecado de Adán y Eva. “A la mujer le dijo: ‘Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos, y con dolor los darás a luz’. […] Al hombre le dijo: ‘Como le hiciste caso a tu mujer y comiste del fruto del árbol del que te dije que no comieras, ahora la tierra va a estar bajo maldición por tu culpa; con duro trabajo la harás producir tu alimento durante toda tu vida’ ” (Gén. 3:16, 17).

Existen múltiples factores psicológicos y físicos que modifican la percepción sensorial del dolor, unas veces amplificándola y otras veces disminuyéndola:

  1. Personalidad: estado de ánimo, expectativas de la persona que producen control de impulsos, ansiedad, miedo, enfado, frustración.
  2. Momento o situación de la vida en la que se produce el dolor.
  3. Relación con otras personas, como parientes, amigos y compañeros de trabajo.
  4. Sexo y edad.
  5. Nivel cognitivo.
  6. Dolores previos y aprendizaje de experiencias previas.
  7. Nivel intelectual, cultura y educación.
  8. El entorno.

Ya sabemos que el dolor es nuestro, personal, único. Nadie lo sufre por nosotros. En este contexto, te pregunto: ¿Puede alguna persona entender tu dolor? Creo que no al cien por ciento; sin embargo, a veces encontramos personas que han pasado por casi lo mismo y podrían entender casi un cincuenta por ciento de nuestro sufrimiento. Recuerda que existen muchos factores hacen que suframos nuestro dolor como personas únicas.

Estoy seguro de que has tenido pensamientos como los siguientes:
“¿Por qué no entiende por lo que estoy pasando?”
“¿Por qué no comprende mi dolor?”
“Pero, si le pasó lo mismo, ¿por qué no es capaz de entender mi dolor?”

Es claro que nadie entenderá tu dolor, así que es inútil que llores por aquella persona que no comprende lo que te pasa y cuánto te duele, simplemente porque tus experiencias de vida son distintas de las de quien tienes a tu lado. Además, si la situación fuera la opuesta, tú tampoco entenderías su dolor.

Entonces, ¿qué nos queda por hacer?

Que tu dolor sea una enseñanza

Sin duda, es muy fácil decirlo. Enseña a los que te rodean que, cuando sufres, solamente necesitas que alguien te escuche o esté contigo; que se preocupen por ti y no te den tantos consejos; más bien, que estén a tu lado. Enséñales. Lorena entró en mi oficina y me dijo:

–Mi esposo nunca me entiende cuando me pasa algo, cuando sufro ni se da cuenta. Creo que no es un buen esposo; estoy cansada de él y de sentir que no me ama.

¿Qué nos dicen esas palabras? Nos hablan de una mujer que en primer lugar se siente sola, piensa que su esposo no la escucha y no se siente amada.

Le pregunté:
–Usted ¿cómo le demuestra que está pasando por un dolor o un sufrimiento a su esposo?

La respuesta de Lorena fue:
–No le digo… pero con mis actitudes él debería darse cuenta. Ya llevamos casados veinte años; debe conocer cuando me pasa algo…

En resumen, Lorena debe hablar claramente y a los ojos a su marido; él no es adivino. La comunicación debe ser directa y clara, sin suposiciones que desvíen la comunicación. Una vez aclarado este punto de dolor como una experiencia única y subjetiva, nos encontramos con otra pregunta que abordaremos a continuación.

¿Cómo superamos nuestro dolor?

Recordemos las palabras de David: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, ¿por qué no vienes a salvarme?, ¿por qué no atiendes a mis lamentos? Dios mío, día y noche te llamo, y no respondes; ¡no hay descanso para mí!” (Sal. 22:1, 2).

El dolor que sentimos no es consecuencia de los acontecimientos que vivimos o las personas con que tratamos, sino del pensamiento o las ideas que nos formamos a propósito de esos acontecimientos (nuestra perspectiva del entorno). Déjame explicar con un ejemplo. Fui al sur de Chile, cerca de la ciudad de Los Ángeles (Santa Bárbara), a visitar a una hermosa familia. Desayuné con ellos y, durante el día, me impresionaba lo felices y unidos que eran. Al final del día pregunté quién era el muchacho que aparecía en una foto, pero que no había visto. Me contaron que hacía dos meses había tenido un terrible accidente que le había costado la vida.

¿Cómo una familia podía estar tan feliz después de semejante tragedia? ¿Por qué no tomaban pastillas para la depresión?

¡Creo que son preguntas válidas!

Esa familia, no obstante, tenía un secreto que al final de este capítulo te diré. El punto es que, a veces, no es lo que nos sucede lo que nos causa el dolor, sino lo que pensamos al respecto. David demostró ser tan humano como cualquiera de nosotros: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” El ser humano sufre porque se siente solo, desamparado, y esa es una actitud que destroza el alma. Una noche conversaba con un amigo en su automóvil y me dijo:

-¿Sabes? Hoy supe lo que era el verdadero dolor, pero ese dolor de adentro. Incluso no quería vivir más, no tenía razones ni motivos para despertar al otro día; sentí que todos mis amigos me daban la espalda; me sentí solo…

Los siguientes son algunos consejos para superar el dolor:

  1. Reconoce que el problema existe.
  2. Admite el dolor que sientes o que causaste.
  3. Pide ayuda, consejo o alguna opinión.
  4. Haz algo pequeño, concreto, para generar un cambio.
  5. Recuerda que siempre tienes distintas posibilidades en tu entorno.
  6. Ora de rodillas y en privado para tener fortaleza.
  7. Comparte con los demás la lección que aprendiste.
  8. No te rindas, ni extingas la esperanza de otros.
  9. Perdónate. Perdona a los demás.
  10. Deja que se vaya tu dolor.

Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente de campos de concentración nazis, escribió sobre los prisioneros que “constantemente consolaban a los demás, dándoles el último pedazo de pan que les quedaba”.

Para él, esas almas generosas “pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino” (El hombre en busca de sentido [Barcelona: Herder, 1991], p. 71).

¡Nosotros elegimos!

Al levantarte cada mañana, tú eliges si estarás bien ese día, si será un buen día, si pelearás con tu madre o con tus amigos. Tú eliges. Elegir es un poder que Dios te entregó para bien o para mal; incluso es un poder tan importante que desencadenó nuestra existencia actual, debido a las elecciones de Adán y Eva. Nadie elige por ti. Así que, tú eliges sufrir, y podría decirte que a veces es bueno sufrir y llorar, aunque sufrir por mucho tiempo es inútil, porque debes levantarte para seguir con tu vida. No dejes que tu cerebro dé órdenes negativas que al final terminan por llevarte como un robot pesimista por esta Tierra. A veces, debes atar tus pensamientos y solo actuar, como me dijo una vez una persona: “Debes arrojarte al río sin cuestionar tanto la vida, porque si no te volverás viejo en la orilla”.

Es muy cierto, la mente nos engaña. Por eso, debemos dominarla y someterla a nuestro beneficio cotidiano. Tú eliges, recuérdalo. “En este mundo todo tiene su hora; hay un momento para todo cuanto ocurre: […] Un momento para llorar, y un momento para reír. Un momento para estar de luto, y un momento para estar de fiesta” (Ecl. 3:1, 4).

Termino con el secreto de la familia que te mencioné, que se resume en un texto bíblico. Puedes leer miles de libros de autoayuda para tratar de resolver tu dolor; sin embargo, siempre te sentirás a solas y en desesperanza. En cambio, la ayuda infalible es Cristo. Está a tu lado cuando todos te dejan. Puede realmente comprender tu dolor, simplemente porque te creó y te conoce mejor que nadie.

Entrégale tu dolor y deja esa “mochila” que cargas llena de resentimiento. Entrégasela a él, que hace nuevas todas las cosas. El secreto es Cristo, nada más. No existe otra salida para tu sufrimiento.

Deja un comentario: