A  veces la fe se declina en tercera persona. No es nuestra propia historia la que tenemos en mente cuanto ejercitamos la fe, sino la de nuestro prójimo. Nuestra fe se pone al servicio de otros, como fue el caso de aquella muchacha que trabajaba para la mujer de Naamán, el capitán del ejército sirio. Como fue también el caso de Eliseo en esta misma historia (2 Rey. 5:1-14).

Los dos creían en el Dios verdadero. Los dos sabían lo que Dios podía hacer en la vida de los que creían en él. Y los dos tenían una actitud fuera de lo común.

La muchacha hubiese tenido razón de sobra para mantenerse al margen de la vida íntima de la familia de Naamán. Después de todo, ¿no había sido el ejército sirio el que le había robado su libertad? La habían arrancado de su familia, de su tierra, de sus amigos. Podría haber dicho: “¡Bien se merece este Naamán la lepra que lo está matando! Bien se lo merece… Está pagando por sus tantos pecados contra el pueblo de Israel”.

Pero, no. No es eso lo que pensaba. La Palabra de Dios nos transmite sus palabras, llenas de compasión e interés por su verdugo: “Ah, si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra”, le dijo a la triste esposa del capitán (vers. 3). Estas palabras destilan un verdadero interés por la salud de Naamán.

Pero el amor que Dios puso en el corazón de esta muchacha no se detuvo ahí. Ella dio un gran paso de fe en favor de este hombre, sugiriendo que fuese a ver a Eliseo, quien lo podría sanar. ¡Hay que tener coraje para hacer una afirmación de este calibre! ¿De dónde sacó ella la certeza de que Eliseo podría sanar a este capitán pagano? Y, para empezar, ¿querría sanarlo? Después de todo, ¡era un enemigo! ¿Ya había sanado don Eliseo a un leproso en Israel? Digo, por si había que dar referencias al rey para que dejase ir a Naamán a probar su suerte en Israel…

No. Eliseo no había sanado a nadie de la lepra en Israel. Muchos años después, en Nazaret, Jesús diría: “Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio” (Luc. 4:27). Con todo, nuestra muchacha sabía que Eliseo podía hacerlo.

Esta chica sin nombre ni derechos nos da cátedra sobre lo que es el amor al enemigo. Buscaba su bien, a pesar de todo el mal que el enemigo representaba. Ella miraba más allá de su propia nariz. Ella miraba como mira Dios cuando encuentra a alguien que necesita descubrir una vida mejor. Habrá sido ese amor, sincero y profundo, el que alimentó la certeza de que Dios era capaz de sanar a este hombre… En el cielo la buscaré y le pediré que me cuente la historia de su inmensa fe.

Naamán se puso en movimiento gracias a la fe de esa esclava. ¡Qué impacto tuvo la muchacha en la vida de esta familia! El capitán del ejército, a quien todos obedecían, obedece ahora a una esclava extranjera; “resaca” de un pueblo insignificante y vencido. Para Dios, una princesa de su Reino eterno.

Eliseo lo dirigió hacia el río Jordán. Él también podría haber decidido no involucrarse con este enemigo. Podría haber dicho: “De acuerdo, te voy a ayudar. Pero antes, nos tienes que dar garantías de que Siria nunca más invadirá a Israel. Es más, tienes que devolver todo lo que robaste, dar la libertad a todos los que te llevaste de aquí –como la muchacha que trabaja en tu casa…”

Pero, no. No fue eso lo que le dijo. Gratuitamente y sin condiciones, miró más allá de las circunstancias y ejercitó, él también, el amor hacia un enemigo. Lo envió al Jordán, al sucio río de Israel, para que Dios hiciera con Naamán un milagro. Y Naamán se curó.

¡Qué actitud la de Eliseo! ¡Qué actitud la de la muchacha! ¡Una actitud humilde y segura de lo que Dios puede hacer en la vida de otros, aun de aquellos que no creen en él! Una actitud de fe que llevó a Naamán al río, donde el capitán tendría que ejercitar su propia fe y descubrir a Dios por su propia cuenta.

Cultivemos esa actitud. Cultivemos ese amor. Y presentemos a Dios nuevas oportunidades de hacer bien a los demás.

Imagino a Naamán, volviendo cada año al río Jordán, para celebrar su salud y alabar al Dios de Israel. Tal vez traía también a su esposa… y a la muchacha. RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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Una Respuesta

  1. Flor Watt Cruces

    Muchas gracias por compartir el inspirador mensaje biblico. Dios la bendiga grandemente Lorena Finis de Mayer.
    Muchas gracias Revista Adventista

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