Así como un mar calmo y seguro puede transformarse en uno agitado y peligroso, el curso de nuestra vida puede, por momentos, volverse complejo y doloroso. A todos nos llegan tormentas; esto es inevitable y hasta cierto punto necesario, porque, como dice el refrán popular: “Ningún mar calmo hizo buenos marineros”.

Existen varias formas de atravesar esas tormentas. ¿Cuál es tu estilo?

Cuando el problema siempre está afuera

“La gente es mala, es culpa de mi jefe/padres/etc.” “Los profesores me tienen rabia”.

Uno de los estilos problemáticos de afrontamiento que más observo en la consulta es la tendencia a atribuir la causa de nuestros males siempre al exterior. Es decir, la responsabilidad recae en personas, situaciones o coyunturas que me son ajenos, y siento que no tengo ningún control sobre eso.

Cuando este patrón de interpretación y enfrentamiento de los problemas está presente, la frustración y el enojo escalan hasta episodios de agresión o de victimización. La sensación de impotencia gana terreno, y el problema que se esté enfrentando, sea familiar, laboral o personal, se vuelve una fuente aumentada de sufrimiento. Asimismo, puede generar una actitud defensiva en la forma de comunicación agresiva o pasivo-agresiva, o un estilo de queja eterna. A estas personas les cuesta reconocer su propia responsabilidad e incidencia en la existencia del problema.

Cuando el problema siempre es mi culpa

“Esto me pasa porque soy malo/burro/ignorante”. “Soy una carga para los demás”.

Para estas personas, la causa, la responsabilidad y la culpa de casi todos sus problemas recae únicamente en ellos. Los invade la culpa, magnifican sus errores, y creen que son merecedores de todos los males y los castigos. Permanecen en una actitud pasiva, rumiante, negativa y triste.

Esto aumenta los sentimientos de desvalorización y los pensamientos derrotistas y dramáticos, que pueden incluso derivar en sintomatología depresiva o ansiosa. Son poco capaces de observar de forma más objetiva la incidencia de las circunstancias, las coyunturas o las intenciones de otras personas en la causa del problema.

Cuando el problema se niega

“Estoy bien, no necesito ayuda”. “No quiero mostrarme débil”.

El tercer estilo es el que proviene de la idea de que “los fuertes/inteligentes/sanos son autosuficientes” y que, por lo tanto, los problemas deben ocultarse o negarse, porque sería una vergüenza admitirlos. Este patrón no solo es ineficaz para resolverlos, sino además tiende a sumir a la persona en un distanciamiento y aislamiento emocional y social, creando “máscaras” que atentan contra su autenticidad.

Estos individuos tienden a creer que reconocer una tormenta en su vida es reconocer que hubo una falla, un error, o incluso un castigo divino. Suelen armar una falsa imagen de bienestar imperturbable.

Cuando los problemas fortalecen

Aunque todos alguna vez empleamos algo de los estilos anteriores, lo verdaderamente debilitante es aferrarse a una forma y volverla rígidamente habitual. Lo más saludable, primero, es detectar y asumir el problema, ponerle nombre, investigar y conocerlo.

Reconocer si hubo responsabilidad o decisión personal para llegar a esa dificultad puede ser difícil, pero muy enriquecedor. Es sano adaptar las expectativas admitiendo que tendremos que lidiar con injusticias en nuestra vida, pero reconociendo asimismo que contamos con recursos y capacidad para poder sobrellevarlos cada vez mejor. También, es importante reconocer que, aunque es verdad que nuestra actitud y nuestras conductas tienen una injerencia sustancial en nuestra vida, no todo pasa por nuestro control. Hay situaciones, circunstancias y decisiones que escapan a nuestro control.

Saber pedir ayuda propicia, en el momento adecuado y a la persona idónea, es también un recurso muy saludable, y una señal de sabiduría. Detallar problemas propios y ajenos en las redes sociales, como está tan difundido actualmente, suele aumentar los sentimientos de frustración y agresión. Los chismes solo agrandan los problemas.

Otro aliado importante para atravesar tormentas es tener en cuenta que “esto también pasará”, y que hay que vivir “un día a la vez”. En los momentos más difíciles, es mejor no tomar decisiones drásticas, sino más bien mantener la calma y la esperanza.

Recordemos las palabras del propio Jesús: “En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo”; “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad” (Juan 16:33; 2 Cor. 12:9, Dios habla hoy). RA

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