“Secará [Dios] todas las lágrimas […] y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor” (Apoc. 21:4, DHH).

A  diferencia de lo que muchos suponen, el mensaje de Juan en Apocalipsis no concluye con destrucción sino con reconstrucción. Lo mismo es cierto acerca del libro de Daniel, antecesor y complemento del Apocalipsis. En el caso de aquel, su último capítulo comienza con un mensaje alentador para quienes acepten el amor de Dios y reciban el regalo de su perdón en virtud del arrepentimiento genuino: “Y en ese tiempo tu pueblo será librado, todos los que se encuentren inscritos en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán […] para la vida eterna. Los entendidos brillarán como el resplandor del firmamento, y los que guiaron a muchos a la justicia, como las estrellas, por siempre jamás” (Dan. 12:1-3, La Biblia de las Américas).

Según la profecía bíblica, Cristo volverá ciertamente a poner fin a algunas cosas, a las que no creó, al mal y sus nefastas consecuencias: la injusticia, el sufrimiento y la muerte (Apoc. 21:1-4). Su regreso estará acompañado de una profunda convulsión de la naturaleza (2 Ped. 3:10-12). En tal sentido, podría decirse que el Apocalipsis presenta una decreación como prerrequisito para la recreación de cuanto existe, a fin de devolver el mundo al estado de perfección que tuvo al principio, cuando “Dios contempló todo lo que había hecho y vio que era excelente desde todo punto de vista” (Gén. 1:31; paráfrasis La Biblia al día).

He allí “el cielo nuevo y la tierra nueva” de los que habla Juan en Apocalipsis 21:1, 5 (cf. 2 Ped. 3:13). Esta deconstrucción previa a la reconstrucción de nuestro hábitat terrestre es “el Día de Jehová” al que se refirieron los profetas del Antiguo Testamento (Isa. 2:10, 19, 21; 13:10; 24:21, 22; Eze. 32:7, 8; Ose. 10:8; Joel 2:10, 31; 3:15; Amós 8:9; Nah. 1:6; Mal. 3:2).

 No hay, pues, nada que temer del fin según lo presenta la Biblia, pues será solo la antesala de la llegada de “un reino que no será jamás destruido, uno que permanecerá para siempre (Dan. 2:44); uno en el que los redimidos de toda época, nación, raza y lengua serán “reyes y sacerdotes para Dios” (Apoc. 1:6; 5:10). RA

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