Un argumentum ad verecundiam, argumento de autoridad o magister dixit (“así dice el maestro”) es una forma de falacia. Es el argumento que toma como premisa la opinión de quien es considerado una “autoridad” en el asunto; es decir, de alguien que es considerado un experto en la materia. Consiste en defender algo como verdadero porque quien es citado en el argumento tiene autoridad en la materia.

En materia teológica, como adventistas sostenemos que tenemos solo una autoridad competente, solo una regla de fe y práctica, solo un escrito que tiene autoridad por tener el sello divino: La Biblia. Nuestra creencia fundamental número 1 afirma: “Las Sagradas Escrituras son la revelación suprema, autoritativa e infalible de la voluntad divina. Son la norma del carácter, el criterio para evaluar la experiencia, la revelación definitiva de las doctrinas, un registro fidedigno de los actos de Dios realizados en el curso de la historia (Sal. 119:105; Prov. 30:5, 6; Isa. 8:20; Juan 17:17; 1 Tes. 2:13; 2 Tim. 3:16, 17; Heb. 4:12; 2 Ped. 1:20, 21)”.1

Sin embargo, aquí y allá surgen ciertos grupos que caen en la falacia de falsa autoridad. Tomemos los movimientos antitrinitarios, que acuden a los escritos de los pioneros adventistas en apoyo de su posición. Según estas personas, dado que varios de nuestros pioneros rechazaron ciertas ideas trinitarias (mayormente en rechazo de la formulación de la Iglesia Católica con respecto a esta doctrina), nosotros también deberíamos rechazar la idea de una Deidad en tres personas. ¿Fueron los pioneros infalibles? ¿No pasaron ellos por un período de desarrollo doctrinal, siguiendo un camino de comprensión progresiva de la verdad? ¿En qué punto de este desarrollo doctrinal debemos detenernos?

Hay otros ministerios que caen en la falacia de la autoridad teológica, derivada por respaldo profético. Es el caso de aquellos que afirman que dado que Elena de White defendió la posición de E. J. Waggoner y A. T. Jones con respecto a la justificación por la fe, ella les endosó un “cheque en blanco” para todas sus interpretaciones y posiciones teológicas. Es cierto, ella escribió: “Hemos viajado por todos los diferentes lugares de reuniones para que yo pudiera acompañar y estar junto con los mensajeros de Dios [Waggoner y Jones], quienes yo sabía que eran sus mensajeros, y que sabía que tenían un mensaje para su pueblo. Di mi mensaje con ellos en armonía con el mismo mensaje que ellos presentaban”.2

Pero ella también le escribió a A. T. Jones: “Dios te ha usado de manera destacada a ti y al hermano Waggoner para hacer un trabajo especial, estoy convencida de eso. He dado toda mi influencia a la tuya, porque estabas haciendo una obra de Dios para este tiempo. He hecho todo lo que me fue posible hacer en Jesucristo para estar cerca de ti y ayudarte en todos los sentidos; pero me siento muy triste cuando veo cosas que no puedo respaldar y estoy muy apenada por este tema. Está empezando a asustarme. El Pr. Waggoner ha albergado ideas y, sin esperar a presentar sus ideas ante un consejo de hermanos, ha agitado extrañas teorías”.3

En esta carta, Elena de White reprende severamente a Waggoner y Jones por diferentes razones, lo que nos da la pauta de que ella no firmó un cheque en blanco a cada cosa que ellos creyeron o escribieron al defender su posición con respecto a la justificación por la fe. Es decir, que Elena de White haya apoyado las posturas y los escritos de estos dos hombres no convierte a esos hombres, ni sus escritos, en inspirados o infalibles.

En la actualidad, hay ciertos adventistas que apelan a la falacia de autoridad teológica derivada por respaldo profético, pero en el área de las profecías bíblicas. Afirman que, dado que Elena de White respaldó el diagrama profético utilizado por William Miller y otros de sus seguidores, esto convierte a ese esquema en “inspirado” y, por lo tanto, libre de error en sus más mínimos detalles. Ella escribió: “He visto que el diagrama de 1843 fue dirigido por la mano del Señor, y que no debe ser alterado; que las cifras eran como él las quería”.4 Estas personas sostienen que, dado que este diagrama profético contenía una interpretación que llevaba a la “profecía” de los 2.520 días (basada en la mención de las “siete veces” de Lev. 26), nosotros también debemos sostener esa interpretación.

Pero hay varios elementos que nos llevan a pensar que ese respaldo no fue un cheque en blanco para cada detalle profético de ese diagrama; especialmente, en lo referente a la “profecía” de los 2.520 días. En primer lugar, esa interpretación millerita de los 2.520 días no solo fue dejada de lado muy pronto dentro del movimiento adventista, sino que varios de los exponentes teológicos más versados en profecías refutaron esa interpretación profética. Tal es el caso de James White, quien afirmó rotundamente: “¿Existe un período profético que podamos ver en Levítico 26? Afirmamos que no existe, y ofreceremos algunas de las razones más concluyentes para esta posición”.5 Él negó rotundamente que exista la tal llamada “profecía de los 2.520 días” en Levítico 26.

Ahora, entiéndanme bien. No estoy cayendo en la falacia de la autoridad divina por filiación. No creo que, dado que James White y Elena hayan sido esposos, eso convierte a los escritos de James White en autoritativos. Solo estoy dando evidencias de que los pioneros adventistas abandonaron prontamente la interpretación de Miller de los 2.520 días.

Pero hay más pioneros que se opusieron a esta interpretación. Ese es el caso de Uriah Smith, quien en su libro Thoughts on Daniel & the Revelation [Pensamientos sobre Daniel y Apocalipsis] sostiene rotundamente: “Casi todos los diagramas del ‘Plan de las Edades’, ‘Edad por venir’, etc., utilizan un supuesto período profético llamado ‘Siete Tiempos’; e intentan descifrar un cumplimiento notable en los eventos de la historia judía y gentil. Todos esos especuladores también podrían evitarse el sufrimiento; porque no existe tal período profético en la Biblia”.6

Ahora, quienes sostienen la profecía de los 2.520 días enfrentan otro problema con esta declaración de Uriah Smith, dado que Elena de White también respaldó enfáticamente su libro Thoughts on Daniel & the Revelation. Ella afirmó: “Las magníficas instrucciones contenidas en Daniel y Apocalipsis han sido leídas por muchas personas en Australia. Este libro ha sido el medio de llevar muchas preciosas almas al conocimiento de la verdad. Se debe hacer cuanto se pueda para promover la circulación de Daniel y Apocalipsis. No conozco ningún otro libro que pueda tomar el lugar de éste. Es la mano ayudadora de Dios”.7

Pero Elena de White fue incluso más allá: “El interés en Daniel y el Apocalipsis ha de continuar mientras dure el tiempo de prueba. Dios usó al autor de este libro como un canal a través del cual comunicar la luz para dirigir las mentes a la verdad”.8

Así, nos encontramos con un dilema. Elena de White respaldó el diagrama profético de 1843, que contenía la profecía de los 2.520 días, pero también respaldó y recomendó sin reservas el libro de Uriah Smith, que negaba rotundamente esta interpretación de los 2.520 días. ¿Se dan cuenta del brete en que nos metemos cuando queremos utilizar la falacia de autoridad teológica derivada por respaldo profético?

El hecho de que Elena de White no mencionara ni una sola vez en sus escritos la profecía de los 2.520 días, y que haya expresado de manera inequívoca que la profecía de tiempo más extensa que presenta la Biblia es la de los 2.300 días/años nos da una pauta de cuál era su posición sobre este asunto. Ella afirmó que “el período profético más largo y último de la Biblia” son “los 2.300 días de Daniel 8:14, de los cuales las 70 semanas forman parte”.9

Para concluir, entonces, apelar a escritos no inspirados, sobre la base de cierto respaldo general de Elena de White a esos escritos, es caer en la falacia de autoridad teológica derivada por respaldo profético. Es elevar esos escritos de los pioneros a nivel de credo, que se interpone entre el creyente y la Biblia. Como adventistas, tenemos solo un escrito que es la autoridad final en materia de fe y práctica: la Biblia. Los adventistas sostienen que incluso los escritos inspirados (aunque no canónicos) de Elena de White no deben sustituir a las Escrituras como fuente y comprobación de toda doctrina: “Los escritos de Elena de White no constituyen un sustituto de la Escritura. Las sagradas Escrituras están colocadas en un nivel que les pertenece solo a ellas, la única regla por la cual sus escritos –y todos los demás escritos– deben ser juzgados, y a la cual deben hallarse sujetos”.10

Debemos probar nuestras posiciones solo con la Biblia. Y si la Biblia apoyara la interpretación de la supuesta profecía de los 2.520 días, ¿por qué tenemos que recurrir a un diagrama profético que no tiene estatus canónico?

Así, el único magister dixit (“así dice el maestro”) que deberíamos usar para establecer definitivamente nuestras posiciones teológicas y proféticas es el “así dice el Maestro en su Palabra, a través del Espíritu Santo”, y no afirmarnos en el suelo inseguro de escritos humanos que, aunque hayan recibido respaldo de Elena de White, no están libres de error. RA


Referencias:

1 Creencias de los adventistas del séptimo día (Buenos Aires: ACES, 2018), p. 13.

2 Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, p. 188.

3 Carta 37, 1894, transcripta en Manuscripts Releases, t. 14, p. 202.

4 Elena de White, Primeros escritos, p. 105.

5 James White, “The Seven Times of Lev. 26”, Review and Herald, 26 de enero de 1864.

6 Uriah Smith, Thoughts on Daniel & the Revelation (Review and Herald, 1897), p. 736.

7 Elena de White, El ministerio de las publicaciones, pp. 434, 435.

8 Elena de White, Manuscripts Releases, t. 1, p. 63.

9 Elena de White, El conflicto de los siglos, pp. 399, 400.

10 Creencias de los adventistas del séptimo día, p. 316. Ella misma afirmó: “El Señor desea que estudien sus Biblias. Él no dio ninguna luz adicional para tomar el lugar de la Palabra. Esta luz se da con el propósito de concentrar en su Palabra las mentes confundidas, y si se asimila y digiere es la sangre y la vida del alma” (Mensajes selectos, t. 3, p. 33); y también: “Poco caso se hace de la Biblia, y el Señor ha dado una luz menor para guiar a los hombres y mujeres a la luz mayor” (ibíd., p. 34).

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