Pasado

Fue en un Culto Joven de la Iglesia Adventista de San Nicolás Centro (allá, por 1987) cuando, en plena adolescencia, lo vi por primera vez. Ese sábado, varios hermanos relataron interesantes historias y atrapantes biografías del libro La mano de Dios al timón, del Pr. Enoch de Oliveira. Luego lo tuve en mis manos. Lo leí; mejor dicho, lo devoré. Nunca olvidé su comienzo arrollador:

“En medio de las densas selvas que cubren el territorio oriental peruano, se oye el murmullo de un arroyuelo, serpenteando sin pretensiones en la inmensa floresta. Aquel riacho, en su tímido esfuerzo, abriéndose camino en medio de una exuberante vegetación tropical, parece a veces pronto a desaparecer absorbido por la tierra sedienta. Pero, contorneando sucesivos obstáculos, el arroyuelo avanza aumentando gradualmente el ímpetu de su corriente. Alimentado a lo largo de su curso por pequeños tributarios, se transforma progresivamente en caudaloso río, conocido por el nombre de Marañón. Cruzando la línea divisoria que separa el Brasil del Perú, el Marañón sigue su curso natural, profundizando su lecho, ensanchando sus márgenes y ampliando su caudal. Al recibir las aguas de un considerable número de afluentes, el Marañón se transforma en el exuberante Amazonas, uno de los mayores ríos del mundo.

“Del crecimiento del arroyuelo en las selvas peruanas y su sorprendente transformación en el caudaloso Amazonas, podemos derivar una analogía relacionada con la historia del Adventismo. En sus orígenes, el Adventismo se reducía a un irrelevante puñado de piadosos estudiantes de las profecías, sobrevivientes del naufragio millerita. En sus años formativos parecía demasiado frágil, próximo a veces a desaparecer, víctima del escarnio, la burla y el desdén de sus adversarios. Pero, bajo la poderosa conducción del Espíritu Santo, aquellos hombres y mujeres de fe lograron transformar un tímido y vacilante comienzo en un caudaloso movimiento profético” (La mano de Dios al timón, p. 15).

Ese ímpetu llegó a Sudamérica. Por medio de un barco, el mar condujo a Jorge Riffel y su familia otra vez a tierras argentinas (ya habían estado en esos lugares, pero habían viajado a EE. UU. en busca de mejor fortuna). Una conjunción de providenciales acontecimientos derivó en un encuentro histórico con Reynaldo Hetze, un ávido buscador de la verdad bíblica. Así, en su casa se celebró en 1890 la primera reunión de Escuela Sabática de Sudamérica.

Años más tarde, otro barco trajo a estas latitudes (y a pedido de los creyentes de la fe adventista local) al pastor Francisco Westphal. En apenas un mes, y gracias a la ayuda de todos, organizó la primera iglesia adventista en Sudamérica, un histórico 9 de septiembre de 1894. “La obra progresó rápidamente. La primera iglesia tenía una membresía de 36 personas, pero se agregaban nuevos miembros cada semana. El número pronto aumentó a más de 200”, relata con entusiasmo el historiador Floyd Greenleaf en Tierra de esperanza, página 81.

Todo esto fue hace más de un siglo. Es positivo recordarlo, pero ese hecho solo, en sí, no tiene mucho valor.

“Deberíamos usar el pasado como trampolín, y no como sofá” (Harold McMillan).

Presente

Caminamos por el barro. La lluvia de la noche anterior había sido intensa y copiosa. No pudimos entrar con el auto en aquel histórico lugar llamado “Barrancas blancas”, donde estaba ubicada la casa de Reinaldo Hetze y donde se celebró (en 1890) la primera Escuela Sabática de Sudamérica.

No caminábamos solos. Con nosotros estaban Ariel Hetze y su hija Giuliana, descendientes directos del mencionado pionero.

“Soy adventista de quinta generación; y mi hija, de sexta. Mi tatarabuelo fue Reinaldo Hetze, primer adventista converso en Sudamérica. Estamos en el lugar donde él vivió, aceptó el mensaje adventista y decidió convertirse”, declara Ariel con satisfacción y convicción.

Ante la pregunta de qué pasaría si, imaginariamente, su tatarabuelo resucitara y viera la iglesia de hoy, Ariel responde con sentimientos encontrados:

“Creo que si viera lo que hoy es la iglesia en Sudamérica se asustaría por la emoción, y se volvería a morir. No podría creer que él fuera la primera persona convertida en estas latitudes, y hoy seamos millones. No podría creer cómo creció y se desarrolló la iglesia”.

Es cierto. Todo empezó con uno, pero según los últimos informes proporcionados por la División Sudamericana, somos 2.487.662 miembros (y más de 20 millones en el mundo). Ya no hay una iglesia, hay 13.960 (más 14.217 congregaciones). Francisco Westphal no estaría solo. Hoy hay 4.682 pastores. Sin embargo, aún estamos en esta Tierra.

Por eso, los ojos de Ariel se inundan de lágrimas. Quienes estamos con él también derramamos algunas, al escuchar su mensaje: “Pero, por otro lado, creo que a Reinaldo no le gustaría, porque todavía estamos acá. Después de él, ya hay seis generaciones de adventistas. No debería ser así; deberíamos estar ya en casa, con la obra terminada, viviendo en el Reino de los cielos”.

Sí, la obra no está concluida, pero avanza. Disfrutemos del presente de nuestra iglesia, pero tengamos en cuenta que todo lo que hacemos no es un fin en sí mismo, sino un medio para prepararnos y preparar a otros para el cielo.

“Reflexiona sobre tus bendiciones presentes, de las que todo hombre posee muchas” (Charles Dickens).

Futuro

Miremos hacia atrás solo para tomar impulso. Luego, elevemos la vista. Fuimos creados para mirar hacia arriba. Ten visión. Imagina templos donde solo hay terrenos, escuelas nuevas donde solo hay construcciones deterioradas e iglesias repletas donde solo hay bancos vacíos. Un cristiano consagrado y entregado a la misión tiene la suficiente visión para ir más allá de los Andes, de los Alpes y de los Everest. Cruza Atlánticos, atraviesa Saharas…

El espacio en blanco que sigue está allí por una razón. No es que nos faltó texto para completar la página (al contrario, nos sobran historias maravillosas y motivadoras sobre nuestros pioneros). El espacio en blanco está allí porque el futuro aún no está escrito. Lo escribirás tú. Escribe aquí tus sueños para la iglesia. Visualiza crecimientos, desarrollos, edificios, hospitales, clubes de Conquistadores, centros de multimedia… y todo aquello que sirva para finalizar la obra. Imagina bautismos. Imagina reavivamientos. Imagina tu corona y la que recibirán todos aquellos a quienes les prediques.

“No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada” (Elena de White). RA

Deja un comentario: