Quizás alguna vez hayas creado algo con tus manos, como un vestido o un mueble… Tal vez tu propia casa. Al principio solo había una idea, y al final tuviste la satisfacción de ver algo concreto que podías tocar y utilizar.

Creo que tu experiencia de artesano puede enseñarnos mucho sobre la fe, porque la experiencia de la fe comienza allí donde no hay nada. Tal vez solo haya ideas, o aspiraciones o sueños; pero todavía no has empezado con el proceso que te llevará a ver con tus ojos lo que imaginaste o soñaste.

Porque la fe no siempre está ligada a los momentos difíciles de la vida. La fe también es parte de nuestra vida de crecimiento en los días soleados. Queremos ir más lejos, más alto; queremos una mejor calidad para nuestra vida; queremos una mejor relación con nuestro Dios, con nuestro prójimo. Y el punto de partida no es necesariamente una crisis o una necesidad.

Como escribe el predicador: “Todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. […] tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír […] tiempo de romper y tiempo de coser […]” (Ecl. 3: 1; 3-4; 7). La fe también comienza cuando las cosas van bien y es tiempo de edificar, de reír y de coser.

Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, llegó un momento de crear y construir. En su plan pedagógico, Dios señaló un tiempo para que el pueblo pudiera comenzar a ver con sus propios ojos lo que significaba, concretamente, adorar al verdadero Dios. Durante siglos habían estado rodeados por templos paganos, habían observado los ritos y los cultos dedicados a las deidades egipcias. Pero ahora necesitaban mirar al verdadero Dios; aquel que los había librado de la esclavitud con gran pompa y circunstancia.

Durante una larga conversación con Moisés en el monte Sinaí, el Señor le reveló sus indicaciones sobre cómo iban a adorar y cómo se haría el lugar donde iban a adorar. Un espacio de adoración que el pueblo iba a construir con sus manos (ver Éxo. 25-30). Para eso, se necesitarían jefes de proyecto, administradores, arquitectos, diseñadores, artesanos, modistos, ebanistas, fundidores de metales… Para aquel pequeño pueblo, era un proyecto faraónico –aunque lejos de Egipto.

Por supuesto que el Señor pensó en los recursos humanos. “Habló Jehová a Moisés, diciendo: Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel […] y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor. Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab […] y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado; el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, el propiciatorio que está sobre ella, y todos los utensilios, la fuente y su base, los vestidos del servicio […]” (Éxo. 31:1-1o).

Así, se recibieron las ofrendas del pueblo, los materiales necesarios para crear el Santuario, y los artesanos pusieron manos a la obra. Imagínalos por un momento. Imagina a Bezaleel diseñando, a Aholiab cortando maderas, a las damas hilando pieles de cabras. Al comienzo de una obra creadora suele haber desorden. Desde afuera probablemente no se entienda lo que el artesano está haciendo. Pero él avanza. Tiene una idea en su mente y trabaja según esa idea.

Al principio, cuando avanzamos en una nueva aventura de fe, no tenemos una visión concreta de lo que llegaremos a ser; pero la idea, el impulso, está allí y, al igual que los artesanos, necesitamos continuar trabajando en la dirección de nuestra visión. Necesitamos perseverar mientras, poco a poco, vamos dando forma a lo que queremos obtener. Eso es lo que me enseñan los artesanos: una lección de trabajo dedicado, de intencionalidad y perseverancia, ingredientes indispensables en cualquier experiencia de fe. Tal vez tu fe pueda renacer en el taller de una modista o de un ebanista. ¿Quién sabe? Tal vez encuentres lecciones de fe mientras construyes tu casa… Que Dios te bendiga mientras observas. RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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