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“Quizá los libros nos saquen un poco de esta oscuridad” (Ray Bradbury).

El crepitar del fuego no extinguió la pasión por el conocimiento ni por los libros. Así, ante la quema masiva de ellos, se registraron frases como estas, escritas por la poetisa árabe Aisa Bint Ahmad: “Y es que, aunque queméis el papel, nunca quemaréis lo que contiene, puesto que en mi interior lo llevo; viaja siempre conmigo cuando cabalgo…”

Todo se enmarca en el contexto de una orden de Isabel I de Castilla y Fernando de Aragón, decretada entre 1499 y 1500: los residentes de Granada tenían la obligación de entregar a las autoridades los libros escritos en árabe para ser quemados. En esa época, entre otras cosas, se quemó en una hoguera pública la biblioteca de La Madraza, la primera universidad que tuvo Granada.

El fuego es un elemento que siempre ha sido usado por los reyes para derribar muros, destruir ciudades y exterminar pueblos. Las llamas lo consumen todo: personas, manuscritos, historias, conocimientos… Sí, pero… no. Siempre queda algo: un resquicio cultural, una porción de recuerdos, una bitácora de esperanza clavada en la memoria.

En el mismo límite del abismo como nación; en el borde de la invasión caldea, la destrucción de Jerusalén y el exilio de sus habitantes, el rey Joacím pensó que quemando el rollo que contenía el mensaje de Jeremías, encontraría paz y acallaría las punzantes palabras inspiradas por Dios.

La historia relatada en Jeremías 36 es apasionantemente triste. El profeta de Dios emitió un mensaje, Baruc lo escribió en un rollo y lo leyó ante el pueblo. Esto no pasó inadvertido. Príncipes y asesores del rey solicitaron escuchar a Baruc, y este accedió a la petición. Luego, ellos mismos gestionaron que el rollo llegara hasta el mismo recinto de Joacím. Y así fue. Sin embargo, el malvado rey no pudo soportar el mensaje divino. Justo cuando se lo leían, él estaba en su casa de invierno y había allí un brasero que ardía. Sin soportarlo más, arrojó el rollo a ese lugar (Jer. 36:22, 23). Inmediatamente, Dios le dijo a Jeremías que volviera a escribir otro rollo (Jer. 36:28, 29), recordando el mismo mensaje: “Deben arrepentirse porque pronto Babilonia los invadirá”.

Qué distinta había sido la actitud de Josías, abuelo de Joacím, cuando encontró el libro de la Ley. Leer 2 Reyes 22 y 23 alivia, conmueve y ejemplifica. Josías y sus allegados fueron confrontados por las palabras de la Escritura, afligieron su corazón y renovaron su estilo de vida. El contacto con la Biblia nunca te deja igual. No se trata de unas simples historias conmovedoras y bien escritas. El estudio de la Palabra de Dios te conduce a realizar reformas prácticas y efectivas en tu vida. Como líder, tienes el privilegio y el deber de encontrarte cada día con la Biblia para tener y realizar esa experiencia.

En 1953, Ray Bradbury publicó (tal vez) su libro más famoso: Fahrenheit 451. Se trata de una novela situada en un futuro distópico en el que los libros están prohibidos y existe un grupo de personas que se dedica a quemarlos. En la escala de temperatura Fahrenheit, 451 grados son los que se necesitan para que el papel de los libros se inflame y arda. No obstante, hay un grupo de resistencia que se dedica a memorizar y compartir las mejores obras literarias del mundo.

En esta sociedad corrupta y cambiante, siempre es tentador arrojar al fuego los consejos del Cielo para nuestra felicidad. Por eso, leer la Biblia y reformar nuestra vida luego de aceptar sus palabras es parte de la resistencia, del cambio y del no conformarse con los deseos y las prácticas de este mundo. Es estar del lado de los Josías, y distanciarse de los Joacimes. RA

Sobre El Autor

Licenciado en Teología (Universidad Adventista del Plata) y en Comunicación Social (Universidad Nacional de Rosario). Ha trabajado como pastor, docente universitario y periodista. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de Conexión 2.0, Acción Joven y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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