¿Cuán seguros estamos de nuestra salvación? ¿Qué papel desempeñan las obras en nuestra salvación? ¿Dependo, en parte, de mis buenas obras para salvarme? Para entender mejor esto, estudiaremos qué enseña la Biblia acerca de la justificación y la santificación.

LA GRAN NECESIDAD HUMANA

Por causa del pecado, los habitantes de este mundo se volvieron “enemigos de Dios” (Rom. 5:10), “muertos en […] delitos y pecados”, “hijos de ira” (Efe. 2:1, 3), para quienes está reservado el destino final: la muerte eterna (Rom. 6:23). Y lo más desesperante de eso es que el ser humano nada puede hacer por sí mismo para solucionar el problema del pecado (Jer. 2:20).

Sin la gracia divina estaríamos perdidos y sin esperanza; pero Dios en su amor envió a Jesús, quien se encarnó para salvarnos (Juan 3:16). Él tomó el castigo que merecían nuestros pecados (Isa. 53:3-7), pero también vivió una vida inmaculada (“sin pecado” [Heb. 4:15]) para ganar por nosotros el derecho a la vida que nosotros habíamos perdido (Rom. 5:15-18). “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).

En otras palabras, le fueron imputados nuestros pecados como si fueran suyos, para entregarnos su justicia como si fuera nuestra. Recibimos esta “justicia” cuando ejercemos fe en él (Rom. 3.21-24), y a esto lo llamamos “justificación por la fe”.

JUSTIFICACIÓN POR LA FE

En el Nuevo Testamento, el verbo “justificar” (Gál. 3:8) tiene el sentido de “declarar justo”, “absolver”. En los tiempos bíblicos era un término judicial que ilustraba la acción de un juez al declarar inocente a alguien. En ese sentido, “justificar” es la absolución que Dios da al pecador que se arrepiente. Pablo explica que la justificación equivale al perdón de pecados (Rom. 4:6-8) y es lo contrario a la condenación (Rom. 5:16). Esto último implica que cuando somos justificados recibimos la salvación (Rom. 5:9).

Esta justificación se nos acredita por la fe (Rom. 4:3, 18-24); pero no es algo nuestro: la vida que se nos imputa es la vida perfecta que Cristo vivió (Rom. 5:18, 19); no tenemos méritos en esto (Fil. 3:8, 9; Rom. 3:20, 28; 4:2, 3, 6; Gál. 2:16), y nada de lo que hagamos sirve para que nos ganemos la salvación, porque incluso nuestras mejores obras delante de Dios son como “trapos de inmundicia” (Isa. 64:6). Sencillamente, es un regalo de Dios (Efe. 2:8, 9).

Entonces, ¿cuál es el papel de las obras en la vida de un creyente? Las buenas obras deber ir en el lugar que la Biblia les asigna. No son obras meritorias que salvan, sino “frutos de justicia” (Fil. 1:11) que glorifican a Dios y que muestran que estamos salvos en Cristo Jesús. Dios no nos salva “por” obras, sino que nos salva “para” producir “buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efe. 2:8-10; ver Tito 3:5-8).

Por eso, si alguien afirma que ha sido justificado por la fe, pero su vida no produce buenas obras, tal vez jamás haya experimentado la conversión, porque la fe sin obras está muerta (Sant. 2:17). Esto último es otra forma de hablar de la santificación.

SANTIFICACIÓN

En la Biblia, la acepción básica de santificar es “apartar”, “consagrar”. En la vida de un creyente, la santificación es el resultado de la justificación, y la Escritura le da dos sentidos importantes. En primer lugar, se la presenta como algo ya realizado en el momento de aceptar a Jesús (1 Cor. 6:11)

Los creyentes ya son “santos” porque Dios los “separó” o los “consagró” para que lo sirvan (Rom. 12:13; 15:25, 26). En segundo lugar, también es un llamado a una vida de santidad que cada día glorifique a Dios (Rom. 6:19; 1 Tes. 4:3, 6, 7): la santificación es progresiva y nunca acaba (Fil. 3:12-14).

Y ¿podemos estar seguros de nuestra salvación? ¡Claro que sí! Mientras estemos en Cristo por la fe, podemos estar completamente seguros (Rom. 8:1; 1 Cor. 15:1). Es posible que cada día reconozcamos debilidades en nosotros, pero mientras estemos avanzando en el camino al cielo no debemos temer que el Señor nos rechazará. Debemos descansar en sus brazos sabiendo que nuestra salvación está segura, porque esta no descansa en nuestros méritos, sino en los de nuestro amado y poderoso Salvador (Rom. 8:33, 34, 38). ¡Alabado sea Dios por eso! RA

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