¿Qué significa disciplinar?1 En ocasiones, se relaciona la disciplina con el castigo físico. Sin embargo, disciplinar implica mucho más que eso; significa enseñar a tus hijos a obedecer por amor, confiando en tu sabiduría y experiencia, y no porque temen tu poder o tu fuerza.

La disciplina y la obediencia no son un fin en sí mismos, sino vehículos esenciales para enseñar a tus hijos buenos valores, una conducta apropiada y respeto por la autoridad. Por eso, tu meta a lo largo de los años de desarrollo de tus hijos debería ser establecer tu autoridad amante, como padre o madre fuerte pero tiernos a la vez. A fin de lograrlo, compartimos los siguientes tres consejos:

  1. Aprende a diferenciar entre un pedido, una exigencia y una orden. Un pedido es una forma cortés de solicitar sumisión o dar instrucciones, y es bueno acompañarlo con un “por favor” o un “gracias”. Cuando haces un pedido, esperas que tus hijos quieran ayudar o cooperar. Si presentan resistencia, puedes agregar un incentivo a tu pedido, haciendo que la obediencia sea lo más fácil posible.
    Los padres fuertes y amantes establecen el hábito de pedir, en lugar de exigir u ordenar constantemente. Esto desarrolla una actitud cooperativa positiva y voluntaria. Con este método, los niños pueden aprender que es divertido obedecer. También estimulará la lealtad familiar, la cooperación y la satisfacción interna de agradar y ayudar a otros.Hacer un pedido y ofrecer una opción son dos cosas diferentes. “Por favor, guarda tus juguetes” es un pedido que tú esperas que sea obedecido; en cambio, “¿Te gustaría guardar tus juguetes?” es ofrecerle al niño una elección. Solo debes darle al niño la posibilidad de elegir si realmente quieres decir eso.
  1. Asegúrate de que tus hijos sepan que realmente hablas en serio. Cuando se hace una exigencia, desaparece el elemento de elección o negociación. Les haces saber a los niños que hablas en serio por el tono de tu voz y a través de una mirada firme y segura. Te aseguras de que tus hijos sepan exactamente lo que tú esperas. Reconoces los sentimientos. Pero, sin importar los sentimientos, lo que se pidió debe ser hecho. Si los niños pequeños se distraen, puedes ayudarlos a hacerlo; pero si hacen caso omiso de manera evidente a tu exigencia, entonces debería haber una consecuencia significativa.
    Las consecuencias deben adaptarse al niño y a la ofensa. Y no debería abusarse de ellas; si se convierten en algo común, dejarán de ser efectivas.
  1. Haz pedidos que puedas hacer cumplir. Como padres, podemos caer en el error de intentar hacer cumplir lo que en realidad no podemos hacer cumplir. Hay ciertas actividades que ningún adulto puede obligar a un niño (ni a nadie) a hacer: por ejemplo, no puedes hacer que los niños traguen la comida o dejen de llorar. Estas son conductas relacionadas con funciones corporales que los padres no pueden cumplir por los hijos, pues, en última instancia, ellos tienen el control sobre ellas.
    A veces los padres dicen cosas como: “¡Si no dejas de llorar en este mismo instante, te daré una buena razón por la cual llorar!” Esta orden no tiene sentido porque, en última instancia, no puedes hacerla cumplir. Y, al ser una orden, los niños tienden a rebelarse y pueden hacer lo contrario.

En su lugar, comienza la lección de la obediencia con pedidos sencillos que sean realistas, pedidos que puedes hacer cumplir consecuentemente y con amor. Por ejemplo, decir “no” o “detente”, con voz firme, debería detener la conducta inapropiada de tu hijo. Si tu hijo detiene su acción prohibida, sonríele y recompénsalo con unas palabras de afirmación, como: “Me alegra que te detuvieras”. Si tu hijo continúa haciendo lo prohibido, di “no” una vez más y retira la tentación o distrae la atención de tu hijo. Las técnicas de distracción funcionan muy bien cuando los niños son demasiado pequeños como para razonar con ellos. Cuando los distraes de su obstinación, has reforzado creativamente tu “no”. Tu meta es lograr la cooperación voluntaria y evitar que te desafíen.

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Esperamos que estos consejos puedan ser de utilidad en la importante e incansable tarea de disciplinar a tus hijos. Sin embargo, no olvides cada día, cada mañana, colocarte a ti y a tus hijos en las manos del Señor, la fuente de toda sabiduría. Y, aunque hoy la disciplina y la siembra de los principios morales pueden resultar una ardua tarea, “volverás cantando de alegría” cuando presentes a tus hijos delante del Señor (Sal. 126:6, DHH). RA


Referencias:

Este artículo está basado en Kay Kuzma, Los primeros 7 años (Buenos Aires: ACES, 2016), pp. 336-341.

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