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El apóstol Juan pasó sus primeros años en compañía de los incultos pescadores de Galilea. No gozaba de la educación que proporcionaban los colegios, pero por medio de su asociación con Cristo, el gran Maestro, obtuvo la más alta educación que el hombre mortal puede recibir.

Después de la ascensión de Cristo, Juan se destaca como un trabajador ardiente y fiel por el Maestro. Juntamente con otros, gozó del derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés, y con celo y poder renovados continuó hablando a la gente las palabras de vida. Fue amenazado con prisión y muerte, pero no se intimidó.

El tema favorito de Juan era el amor infinito de Cristo. Él creía en Dios como un hijo cree en un padre bondadoso y tierno. Entendía el carácter y la obra de Jesús; y cuando vio a sus hermanos judíos recorriendo a tientas su camino sin un rayo del Sol de justicia que iluminara su senda, anheló presentarles a Jesús, la Luz del mundo.

Juan vivió para ver el evangelio de Cristo predicarse lejos y cerca, y a miles aceptando ávidamente sus enseñanzas. Pero se vio lleno de tristeza al percibir errores ponzoñosos que se introducían en la iglesia. Algunos que aceptaban a Cristo pretendían que su amor los libraba de la obediencia a la Ley de Dios. Por otra parte, muchos enseñaban que debía observarse la letra de la Ley, y también todas las costumbres y las ceremonias judaicas, y que esto era suficiente para la salvación, sin la sangre de Cristo. Sostenían que Cristo era un buen hombre, como los apóstoles, pero negaban su divinidad. Juan vio los peligros a que estaría expuesta la iglesia, si recibía esas ideas, y les hizo frente con rapidez y decisión.

Hoy en día existen peligros similares a aquellos que amenazaron la prosperidad de la iglesia primitiva, y las enseñanzas de los apóstoles sobre estos puntos deben ser claramente escuchadas. “Debes tener caridad”, es el clamor que debe oírse por doquiera, especialmente por parte de aquellos que profesan santificación. Pero la caridad es demasiado pobre para cubrir el pecado inconfeso. Las enseñanzas de Juan son importantes para aquellos que viven en medio de los peligros de los últimos días.

Juan gozó la bendición de la verdadera santificación. Pero notad, el apóstol no pretende estar sin pecado; busca la perfección al andar en la luz del rostro de Dios. Testifica que el hombre que profesa conocer a Dios, y sin embargo quebranta la Ley divina, da un mentís a su profesión. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4). En esta época que se jacta de liberalidad, estas palabras son calificadas como fanatismo. Pero el apóstol enseña que, aunque debemos manifestar cortesía cristiana, estamos autorizados a llamar al pecado y a los pecadores por sus nombres correctos, pues esto es consecuente con la verdadera caridad. Aunque debemos amar las almas por las cuales Cristo murió, y trabajar por su salvación, no debemos transigir con el pecado. No hemos de unirnos con la rebelión, y llamar a esto caridad. Dios exige que su pueblo en esta época del mundo se mantenga firme, como Juan en su tiempo, en defensa de lo recto, en oposición a los errores destructores del alma.

Me he encontrado con muchas personas que pretenden vivir sin pecado. Pero cuando son probadas por la Palabra de Dios, resultan ser transgresores abiertos de su santa Ley. Las más claras evidencias de la perpetuidad y de la fuerza rectora del cuarto Mandamiento, no resultaban suficientes para despertar la conciencia. No negaban los requisitos de Dios, pero se aventuraban a excusarse en la transgresión del sábado. Pretendían estar santificados, y servir a Dios todos los días de la semana. Hay muchas personas, decían ellos, que no guardan el sábado. Si los hombres estuvieran santificados, ninguna condenación descansaría sobre ellos aun cuando no lo observaran. Dios es demasiado misericordioso para castigarlos por no guardar el séptimo día. Si observaran el sábado, serían considerados como raros en la comunidad y no tendrían ninguna influencia en el mundo.

El carácter de Dios no ha cambiado. Él es el mismo Dios celoso como lo fue cuando dio su Ley sobre el Sinaí, y la escribió con su propio dedo sobre las tablas de piedra. Los que pisotean la santa Ley de Dios pueden decir: “Estoy santificado”; pero el estar verdaderamente santificado y pretender santificación son dos cosas diferentes.

Las Epístolas de Juan están saturadas de un espíritu de amor. Pero cuando él se enfrenta con esa clase de personas que quebrantan la Ley de Dios y sin embargo pretenden estar viviendo sin pecado, no vacila en amonestarlas acerca de su terrible engaño.


Texto extraído de La edificación del carácter y la formación de la personalidad (Buenos Aires: ACES, 1955), capítulo 8.

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