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Por Daniela Gajardo

Lamentablemente, en la experiencia profesional, no es raro descubrir (después de algunas sesiones y de llegar al fondo de una depresión o un estado de ansiedad muy intenso) una historia de abuso infantil o adolescente silenciada, escondida, sufrida, y envuelta en sentimientos de culpa y vergüenza. La mayoría de estos pacientes, según estadísticas y estudios recientes, convivieron con un abusador dentro de sus hogares. Este abusador era familiar cercano que, con características de manipulación y de poder (asimétrico), logró sostener “el secreto” por años, y con lo que causó mucho sufrimiento físico y emocional.

El abuso sexual infantil es una triste realidad de la sociedad de hoy. Más allá de la perversión del abusador, esta problemática se esparce debido a la falta de atención que reciben los niños de parte de sus padres. Muchas veces pasan gran parte del día solos, al cuidado de hermanos mayores, primos, tíos, o en otras casas de familiares o amigos cercanos.

Otra situación de riesgo tiene que ver con las habitaciones compartidas y espacios reducidos donde convive por años la familia, y se presentan experiencias, muy difíciles de detener y detectar, en las cuales se mezcla la inocencia, la confianza, la oportunidad y el miedo.

Es posible encontrar salida a este flagelo. En la terapia cristiana, encontramos la posibilidad de ayudar (con herramientas psicológicas y espirituales) a romper con el silencio que aplasta y enferma, que hará que el niño o el adolescente se sienta escuchado y comprendido. Este suele ser el camino hacia la sanidad de estas heridas que tanto sufrimiento y estigma han causado por años.

Así, Dios puede hacer el milagro de sanar la mente y traer un alivio profundo y permanente al que ha pasado por esta situación tan triste y que tanto mal ha provocado en la historia de la humanidad.

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