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Cuando la tecnología interfiere en tu relación con Dios y con los demás.

En la mesa de luz, al lado de su cama, Mario tiene su Biblia. Su objetivo es que sus primeros pensamientos del día sean escuchar lo que Dios quiere mostrarle para ese día. En el momento en que abre y lee la Biblia, disfruta del mensaje de Dios para su vida.

En su mesa de luz también tiene otro elemento: el teléfono celular. Lo tiene en ese lugar por si alguien llama por la noche, y además lo usa como despertador y reloj. En el teléfono tiene aplicaciones que, para alguien nacido en el milenio pasado, son revolucionarias. Allí puede ver las noticias del día, leer información en forma gratuita e instantánea a la que hace unos años hubiera sido imposible acceder. Tiene aplicaciones para hacer su culto personal, leer la Biblia en distintas versiones o ver en YouTube comen­tarios sobre la Escuela Sabática dados por reconocidos pastores.

Pero, en el momento que toma su teléfono con el objetivo de leer la Biblia, encuentra en la pantalla elementos que llaman su atención y que muchas veces lo llevan a ver otras cosas que no tenía planeado. En el tiempo en que ha estado durmiendo, 5 personas le han enviado mensajes por WhatsApp, 16 amigos de Facebook han publicado algo personal y 3 más lo han mencionado en Instagram. Es en ese instante de desbloquear la pantalla el momento de tomar decisiones. ¿Puede ser esta la historia real de muchos de nosotros?

Encender la pantalla del teléfono con un objetivo previo, como leer la Biblia, es enfrentarse con estímulos visuales y auditivos, una lucha de neurotransmisores, sensaciones de placer y frustración, que intentan controlar nuestra mente. Al observar las notificaciones de las distintas aplicaciones del celular, nuestra mente siente que tiene que resolver esa situación.

“Es preciso tomar conciencia de qué significa el teléfono inteligente para nosotros y cuánto tiempo ocupa en nuestra vida”.

¿Habrá un mensaje que sea importante? ¿Estará ocurriendo algo que puede afectar mi trabajo? ¿Está pasando algo importante a alguien que conozco, y no lo estoy sabiendo? En ese momento, corremos el riesgo de distraernos del objetivo original y terminar yendo a las otras aplicaciones. Hay mensajes que son importantes y otros que simplemente son una foto enviada en un grupo de amigos. Puede ser que nos pongamos firmes y leamos solo lo que más nos preocupa, pero ahora tenemos que responder un mensaje, entrar en un diálogo y analizar. Hay personas que no pueden estar tranquilas hasta que no “limpian” su pantalla de las notificaciones, y tienen que revisar todas las aplicaciones hasta asegurarse de que no haya nada más por ver. Por supuesto que abrir Facebook, Instagram, Twitter, o cualquier otra red social o aplicación instalada en el teléfono nos lleva a ver más imágenes, noticias, videos que las que queríamos ver en un principio.

Hay una sensación de placer en “navegar” por las aplicaciones; distraer la mente en ello es agradable, y el cerebro lo sabe y busca situaciones como esas. Casi sin darnos cuenta, el tiempo ha pasado, y lo primero que se vio afectado es el culto personal, el momento de encuentro con Dios. Tal vez también nos perjudique en el trabajo o en las relaciones personales. Esto puede repetirse en cualquier momento del día; y en algunas personas, muchas veces durante el día.

Esa palabra extraña

La palabra “tecnoferencia” es un término que surgió recientemente, formado por la conjunción de dos palabras: “tecnología” e “interferencia”. El hecho de que haya nacido una palabra nueva para hablar sobre esto nos muestra que no es algo aislado que afecta a unas pocas personas, sino que es una realidad social acorde a la evolución de la tecnología. Un porcentaje muy elevado de la población adulta tiene un smartphone, o teléfono inteligente: en Estados Unidos, el 77 %, y mundialmente se estima que el 59 %. Se ha notado que en países emergentes y en desarrollo hay un crecimiento permanente de la cantidad de personas con teléfonos celulares y acceso a las redes sociales.[1] De esta población, hay un porcentaje elevado de personas que ocupan cinco o más horas por día a observar la pantalla.

Esto no es una casualidad o un fenómeno que no se pueda explicar. Las empresas que diseñan las aplicaciones para los teléfonos celulares, principalmente las redes sociales, tienen como objetivo captar la mayor cantidad de personas por el mayor tiempo posible, y lo están logrando.

“El botón ‘Me gusta’ ha creado una dependencia en el sistema nervioso. Su acción compensatoria se produce al liberar dopamina cada vez que encontramos que nuestra publicación en Facebook o Instagram tiene un ‘Me gusta’. Así, se crea una necesidad de revisar permanentemente nuestras publicaciones para ver a cuántas personas les agrada”.

Justin Michael Rosenstein, quien fue uno de los creadores del botón “Me gusta” de Facebook, es un defensor del control de la tecnología. En la página donde él está trabajando actualmente como asesor, está escrito: “Mientras hemos estado actualizando nuestra tecnología, hemos estado degradando a la humanidad”.[2]

Parece muy simple el botón “Me gusta”, pero la dependencia que ha creado en el sistema nervioso es asombrosa. Su acción compensatoria se produce al liberar dopamina cada vez que encontramos que nuestra publicación en Facebook, Instagram o cualquier otra red social tiene un “Me gusta” más. De esta manera, se crea una necesidad de revisar permanentemente nuestras publicaciones, para ver a cuántas personas les agrada.

Alfabetización digital

Estamos viviendo en una realidad en la que no podemos ser ajenos a la tecnología. Nuestro trabajo y la sociedad misma nos piden que estemos conectados a la tecnología. Salir de esta es, para muchos, perder oportunidades laborales o desatender algo que es importante. La cuestión es aprender a convivir con la tecnología y aprovechar los beneficios que nos provee sin que seamos esclavos de ella. Así, se forma la expresión “alfabetización digital”. Estar alfabetizados digitalmente no es saber manejar un aparato, sino saber utilizarlo correctamente.

Dice Elena de White: “Bien sabe Satanás que todos aquellos a quienes pueda inducir a descuidar la oración y el estudio de las Escrituras serán vencidos por sus ataques. De aquí que invente cuanta estratagema le es posible para distraer la mente” (El conflicto de los siglos, p. 573).

“Hay personas que no pueden estar tranquilas hasta que no limpian su pantalla de las notificaciones, y tienen que revisar todas las aplicaciones hasta asegurarse de que no haya nada más por ver”.

Entonces, es preciso tomar conciencia de qué significa el teléfono inteligente para nosotros y cuánto tiempo ocupa en nuestra vida. Si a las personas que no conocen a Dios les afecta en su vida personal, con más razón el mal uso de los teléfonos inteligentes debilita lo más trascendente para nosotros, que es nuestra vida espiritual. Debemos pedir a Dios que nos ayude a enfrentar este problema y a ubicar a la tecnología en el lugar de una herramienta, como le corresponde, y no terminar nosotros afectados por aquella.

Consejos para tomar el control [3]

  1. Desactivar todas las notificaciones, excepto las que son realmente necesarias.
    Las notificaciones aparecen en puntos de color rojo porque el rojo es un color de activación que instantáneamente atrae nuestra atención. La mayoría de las notificaciones son generadas por máquinas, no por personas reales. El sonido de cada notificación o la vibración logran atraernos de nuevo a aplicaciones en las que realmente no necesitamos estar.En la configuración del teléfono, en “Notificaciones”, se puede controlar qué aplicaciones queremos que nos informen de una novedad, dejando aquellas que sí necesitamos.
  2. Poner la pantalla en escala de grises.
    Los íconos coloridos le dan a nuestro cerebro recompensas brillantes cada vez que desbloqueamos el celular. Configura tu teléfono en escala de grises para eliminar esos refuerzos positivos. Esto ayuda a muchas personas a revisar menos su teléfono.En “Configuración” o “Ajustes”, ingresa en “Accesibilidad”. Allí se modifica el color de la pantalla a escala de grises.
  3. Intenta mantener tu pantalla de inicio solo para herramientas. (Libre de aplicaciones que sean tentadoras.)
    ¿Abres aplicaciones sin pensar porque es lo primero que ves cuando desbloqueas tu teléfono?Limita tu primera página de aplicaciones solo a herramientas, las aplicaciones que usas para tareas, que son de entrada y salida rápida, como Mapas, Cámara, Calendario o Notas. Mueve el resto de tus aplicaciones, especialmente las opcio­nes sin sentido, de la primera página a las carpetas.
  4. Inicia otras aplicaciones escribiendo.
    Desliza hacia abajo y escribe la aplicación que deseas abrir, en lugar de dejar los malos hábitos en la pantalla de inicio. La escritura requiere el esfuerzo suficiente para que nos detengamos y preguntemos: “¿Realmente quiero hacer esto?”
  5. Carga tu dispositivo fuera del dormitorio.
    Obtén un despertador separado en tu habitación y carga tu teléfono en otra habitación (o en el otro lado de la habitación). De esta manera, puedes despertarte sin que el teléfono te esté “llamando” con sus aplicaciones antes de siquiera levantarte de la cama.
  6. Elimina las redes sociales de tu teléfono.
    Es un consejo agresivo, pero ¡efectivo! Si realmente deseas usar menos tu teléfono, elimina todas las aplicaciones de redes sociales principales de tu teléfono. Es la forma más fácil de recortar, ya que estas aplicaciones pueden devorar fácilmente gran parte de nuestro tiempo. Podemos hacer el plan de ver las redes sociales solo desde la computadora.
  7. Envía notas de audio en lugar de mensajes de texto.
    A menudo, grabar un mensaje de voz rápido es más fácil y menos estresante que escribir cada letra. Además, no requiere tu atención visual completa. De esta forma, se reduce el tiempo que estamos observando la pantalla. Puede suceder que a veces las personas no estén en un entorno donde puedan escuchar una nota de audio, así que, ten paciencia con tus expectativas de tiempo de respuesta. Esto también ayuda a salir de la búsqueda de lo inmediato, a aceptar que podemos esperar un tiempo. Si realmente necesitamos algo rápido, no hay mejor forma que llamar a la otra persona.

Los niños y las pantallas

Imagina un bebé al que lo sientan en una mesa con botones de colores brillantes y cada vez que presiona uno se escucha un sonido distinto. Ahora, piensa en una pantalla con botones que se desplazan y cambian permanentemente de colores con sonidos o músicas. ¿Cuál puede ser más interesante para un niño?

Si a un adulto lo atrae un juego tan simple como el Candy Crush, pensemos cuánto puede fascinar a un niño cuyo cerebro está en desarrollo y no es capaz de diferenciar correctamente lo bueno de lo malo. Los juegos correctamente diseñados tienen esa capacidad de atrapar. Los sonidos y las luces que aparecen continuamente, con una suave voz en off que dice que eres el mejor, crea sensaciones placenteras en el sistema nervioso que hacen difícil querer abandonar el juego. Así como las redes sociales están diseñadas por especialistas con el objetivo de quedarse con nuestro tiempo, los juegos no son ajenos a este fenómeno. Cuanto más tiempo desees estar jugando, más exitoso es el juego y más estaremos haciendo lo que sus creadores quieren.

Los niños absorben toda la información que tienen a su alcance. El mundo que los rodea es el mejor maestro para el cerebro en crecimiento, y lo más importante es que el niño tenga oportunidades de explorar. Los padres somos los principales encargados de ayudar al niño a desarrollar su lenguaje, aprender las costumbres, las normas y los valores. Dice Álvaro Bilbao: “La llave del potencial del cerebro del niño se encuentra en la relación entre padres e hijos. Para el cerebro humano, no hay un estímulo más complejo que otro ser humano”.[4]

Es aquí cuando encontramos que los telé­fonos móviles pasaron de ser un elemento para la comunicación a ser herramientas para ayudarnos a contener y controlar a nuestros hijos, ¡en el momento más importante de su formación! Se ha observado que el 96 % de los niños usa dispositivos móviles, la mayoría antes del año de edad. De este modo, la madre puede hacer las tareas propias del hogar y logra mantener al bebé distraído.[5] Las pantallas del televisor y los dispositivos móviles (como la tableta y teléfonos inteligentes) pasaron a ser reguladores del comportamiento. Por eso son denominados “juguetes silenciosos”.

“Los padres somos los principales encargados de ayudar al niño a desarrollar su lenguaje, aprender las costumbres, las normas y los valores”.

Aunque hay padres que se preocupan porque en la tableta haya aplicaciones educativas, que pueden ser positivas a la hora de fomentar la lectoescritura, lo más probable es que desplacen las interacciones humanas y otras actividades enriquecedoras. Esto se puede modificar si los padres juegan con su hijo en la tableta y juntos van utilizando la aplicación. Entonces, el padre sabe qué está viendo su hijo y lo guía a lo que él quiere que mire. Ahí se fortalece la relación padre/hijo porque comparten algo y dialogan sobre esta actividad. Pero, no es fácil encontrar ese momento de diálogo e interacción si en realidad lo que busca el padre es poder hacer otra actividad mientras el hijo se entretiene solo con el aparato.

Quiero compartir qué recomiendan las sociedades de Pediatría de distintas partes del mundo sobre el uso de las pantallas como el televisor, las tabletas o los teléfonos celulares.

La Sociedad Argentina de Pediatría reco­mienda no exponer a niños menores de dos años a las pantallas. Entre los dos y los cinco años, permitir actividades con aparatos electrónicos con aplicaciones educativas, por no más de dos horas por día. Niños mayores de cinco años deben ser controlados para verificar el tiempo y la calidad de lo que observan.[6]

Las sociedades de Pediatría de Estados Unidos o España tienen recomendaciones similares a las de Argentina. La Sociedad Francesa de Pediatría Ambulatoria plantea algo más radical. Es la regla del 3-6-9-12. Es decir, no usar pantallas antes de los tres años de edad, no usar consolas de videojuegos antes de los seis años, no usar Internet antes de los nueve años (si lo utilizan, debe ser acompañado por un adulto responsable). Uso permitido a partir de los doce años; siempre con control de los padres.[7]

Lo que se enfatiza en todas ellas es el valor de la educación personal, del contacto humano, de la expresión de amor que pueden transmitir los padres a sus hijos.

Por esto, en cada casa, debe haber un límite para enfrentar esta problemática.

En primer lugar, deben conversar ambos padres y ponerse de acuerdo. No se pueden poner reglas si los progenitores no las cumplen. En segundo lugar, hay que hablar con los hijos. Esto cambia dependiendo de la edad de la que estamos hablando. Principalmente, el problema se va a presentar en la adolescencia. Aquí es importante que ellos no sientan que se los está atacando. Hay que presentar el problema con amor, con oración previa, pidiendo sabiduría a Dios. Lo ideal es que la solución surja de parte de ellos. Se puede empezar poniendo límites básicos e ir ascendiendo poco a poco en las medidas que se tomarán. Por ejemplo:

  • No se permite usar teléfonos móviles u otras pantallas cuando se está comiendo en familia. Aquí es fundamental que esta regla la respeten todos, empezando en primer lugar por los padres.
  • No usar el teléfono antes de ir a la cama, evitando así que los niños y los adultos se vayan a acostar con el teléfono en la mano. Apagar el Wifi en la noche.
  • Evitar que los niños usen alguna pantalla solos en la habitación.
  • No usar pantallas por la mañana.[8]

El objetivo principal de estas reglas es reducir la cantidad de horas de uso del teléfono u otra pantalla, controlando ­permanentemente qué están viendo nuestros hijos al acceder a Internet.

“Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas y mira con cuidado por tus rebaños” (Prov. 27:23), dice el sabio Salomón. Aunque ya nos encontremos sumergidos en un mundo de tecnología, somos nosotros los que decidimos cuánto va a afectar e interferir en nuestra vida y en la de nuestra familia.

Frente a tantas distracciones que nos ofrece el mundo moderno, es momento de detenernos y observar qué está sucediendo en nuestro hogar. “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (Jer. 6:16).

Este es el camino ideal para educar a nuestros hijos y fortalecer el diálogo en la familia. Poniendo la mira en Jesús y buscan­do el diálogo con él, acercaremos más a nuestros seres queridos a Dios. Tomemos la decisión correcta al elegir nuestro principal medio de comunicación.RA


Referencias:

[1]  “Spring 2017 Global Attitudes Survey, Q63, Q65 & Q71”. Datos de Estados Unidos, de una encuesta del Pew Research Center realizada del 3 al 10 de enero de 2018.

[2] humanetech.com/problem.

[3] Adaptado de Center of Humane Technology, humanetech.com/resources/take-control.

[4] Álvaro Bilbao, El cerebro del niño ­explicado a los padres, 6.ª ed. (Barcelona: Plataforma actual, 2015), p. 204.

[5] H. Kabali, M. Irigoyen, “Exposure and use of mobile media devices by young children”, en Pediatrics, vol. 136 (2015), pp. 1.044–1.050.

[6] Sociedad Argentina de Pediatría, bit.ly/2XrZhcR.

[7] Sociedad Francesa de Pediatría Ambulatoria, afpa.org/dossier/2019-enfants-ecrans.

[8] bit.ly/2Jaa5YZ.

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