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“El mal mensajero acarrea desgracia; mas el mensajero fiel acarrea salud” (Prov. 13:17).

A primera vista, este versículo de la Biblia no pareciera hablar de la salud, aun estando esa palabra en el texto. Más que de salud, el sabio Salomón nos dice que lo que trae el mensajero fiel es un mensaje veraz. Esto condice más al leerlo en la Nueva Versión Internacional, en que expresa: “El mensajero malvado se mete en problemas; el enviado confiable aporta la solución”. Llama la atención que en varias versiones de la Biblia y en distintos idiomas leemos que lo que acarrea o lleva el mensajero fiel es sanidad, medicina o salud.

¿Cómo podemos ser mensajeros fieles y llevar salud a otros?

Los placebos son remedios que utilizamos los médicos en ocasiones específicas. En el Diccionario de la Real Academia Española se dice que placebo es una “sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto favorable en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción”. La misma palabra placebo proviene del vocablo placer, que significa agradar. En la Biblia Vulgata Latina de Jerónimo, al traducir el versículo 9 del Salmo 116, él escribió: “Placebo Domino in regione vivorum”, que traducido es: “Complaceré a Dios en la región de los vivos”. Aquí encontramos la palabra “placebo” refiriéndose a complacer. En realidad, esta traducción no es acertada, porque el significado correcto es: “Andaré delante de Jehová en la tierra de los vivientes”.

Si un médico indica a una persona un “remedio” que solamente es almidón comprimido, se pueden lograr cambios en su estado de salud simplemente por el hecho de la confianza que tiene el paciente en ese facultativo. En una investigación sobre este tema, al indicar a un grupo de pacientes con dolores articulares una crema inerte, sin acción alguna, a la mitad de los individuos se les dijo que el tratamiento era inútil y a los otros se les habló de sus beneficios analgésicos.

Obviamente, solo los que pensaban que la crema era “analgésica” pudieron aliviar sus dolores.[1] Ese efecto, que parece tener más un trasfondo psicológico que físico, es real y se ha comprobado cómo, a partir de una idea mental, se producen cambios físicos u orgánicos. En estudios de Resonancia Magnética Funcional, se pudieron observar las mismas modificaciones en el cerebro frente al placebo que si el paciente hubiera tomado un analgésico potente similar a la morfina.[2] Hoy se sabe que la acción de un placebo es muy amplia, y realiza cambios, por ejemplo, en la ansiedad, el dolor, la frecuencia cardíaca o el sistema inmunitario, y ya son conocidas sus diversas formas de acción al activar receptores de opioides endógenos, lo que condiciona la liberación de hormonas al actuar sobre los neurotransmisores, etc.[3]

El antónimo de la palabra “placebo” es “nocebo”, que proviene de la palabra en latín nocere (hacer daño). La forma más correcta de parafrasearlo es “voy a hacer daño”.

Así como el placebo se relaciona con agradar o complacer y realiza modificaciones positivas importantes, el nocebo actúa en forma opuesta, al bloquear los mecanismos de control analgésicos y alterar la salud, lo que cumple justamente con su designio: hacer daño al alterar múltiples mecanismos.[4] Por supuesto que ningún médico va a decirle a su paciente que tome un comprimido para producir su ruina, pero una expresión equivocada de desánimo o duda puede crear en el paciente un efecto negativo mucho más grave de lo pensado.

Hay un componente que es básico para que un comprimido de almidón o una crema inerte cumplan su función como placebo, y es la confianza que el paciente ha depositado en su médico. La palabra correcta, en el momento justo, con la indicación precisa de una autoridad de confianza, puede llegar a producir modificaciones positivas o negativas en el organismo.

Si un médico puede lograr convencer a una persona de que se van a realizar cambios en su cuerpo y se cumple solamente por la palabra correcta, ¿puede ser que nuestras palabras también tengan un efecto sobre la salud y el bienestar de otras personas? Pensemos cuánto podemos afectar a alguien que nos admira y nos ama. Sin darnos cuenta, podemos expresar lo que puede llegar a ser un efecto placebo, y transmitir alegría, tranquilidad y salud. O podemos emitir un comentario que termina siendo “nocebo”. Cuanto más cercana es la relación con la otra persona, más peso tienen nuestras palabras. Pensemos en nuestros hijos, cónyuge o padres.

“El mal mensajero acarrea desgracia; mas el mensajero fiel acarrea salud” (Prov. 13:17). Este versículo se puede interpretar de distintas formas, pero si en nuestro hogar no hay tantos placebos como quisiéramos y sí muchos nocebos es porque necesitamos volver a humillarnos delante de Dios y pedirle que su amor y su paz reinen en nuestros hogares. Siendo fieles a Dios y teniendo más del Espíritu Santo, obtendremos el fruto del Espíritu y tendremos más gozo, paz y amor, y podremos acarrear salud, sanidad y medicina.RA


Referencias:

[1] D. Price, L. Milling, “Analysis of factors that contribute to the magnitude of placebo analgesia in an experimental paradigm”, Pain 83(2), pp. 147–156.

[2] P. Petrovic, “Placebo and Opioid Analgesia: Imaging a Shared Neuronal Network”, Science 295(5560), (2002), pp. 1.737–1.740.

[3] D. Finniss, T. Kaptchuk, “Placebo Effects: Biological, Clinical and Ethical Advances”, Lancet 375(9715), (2010), pp. 686–695.

[4] S. Dodd, O. Dean, “A Review of the Theoretical and Biological Understanding of the Nocebo and Placebo Phenomena”, Clinical Therapeutics 39(3), (2017), pp. 469–476.