Tiempo estimado de lectura: 2 minutos.

En esta época de escepticismo e incredulidad, muchas personas niegan la realidad de Satanás y sus demonios. Sin embargo, en la Biblia encontramos suficiente evidencia de la existencia de estos seres, del conflicto universal que desataron y de sus actividades en este mundo. Pero también se nos revela que el mal no durará para siempre y que existe un glorioso final para todos los que confían en Jesús como Salvador.

Su inicios y estrategia

Hubo un tiempo en que Satanás no existía como tal. Este nombre procede de una palabra que significa “adversario, opositor”. Dios no creó un adversario personal para sí, sino una criatura perfecta, que llegó a corromperse. Usando las figuras de los reyes de Tiro y Babilonia respectivamente, los profetas Ezequiel e Isaías declaran que este ser angelical, creado con gran hermosura y sabiduría (Eze. 28:15-17), al codiciar el poder y el Trono divinos, dio paso a la rebelión (Isa. 14:12-14). Su estrategia consistió en difamar el carácter de Dios (“diablo” significa “difamador”). Siglos después, Jesucristo lo identificaría como “mentiroso y padre de mentira” (Juan 8:44), indicando así que la mentira en contra de Dios y de su gobierno fue el recurso que él usó para engañar y arrastrar en su sedición a la “tercera parte de las estrellas”, o ángeles que Dios había creado (Apoc. 12:3, 4, 9; Job 38:7). Esto originó un conflicto cósmico que terminó con la derrota y la expulsión de Satanás y los espíritus rebeldes que lo siguieron (Apoc. 12:9, 10).

La actividad de Satanás y sus demonios en el mundo

Jesús llamó a Satanás “el príncipe de este mundo” (Juan 14:30) y Pablo lo llamó “el dios de este siglo” (2 Cor. 4:4), porque pretende usurpar la soberanía de Dios sobre su Creación (Sal. 24:1), y porque la actividad demoníaca no se restringe a una zona geográfica o a un sector del planeta, sino que abarca la totalidad del mundo. En Apocalipsis 12:9 se lee que Satanás “engaña al mundo entero”, y Juan afirma que “el mundo entero está bajo el control del maligno” (1 Juan 5:19, NVI); dando a entender así que de manera limitada el mundo está dominado por él y sus demonios, quienes tratan de hacer el peor daño posible a la humanidad (Efe. 6:12; 1 Ped. 5:8). Por ejemplo, producen enfermedades dolorosas (Job 2:7, 8; Luc. 8:1, 2; 13:11-16; Hech. 10:38); generan muertes y desastres utilizando los elementos de la naturaleza (Job 1:16, 18, 19); arrastran a las personas hacia vicios y pecados (Efe. 2:1-3); realizan milagros poderosos con el propósito de engañar (2 Tes. 2:8, 9; Mat. 24:24); dominan los sistemas políticos para cumplir sus fines de destrucción (Apoc. 16:13, 14; 13:11-17); dominan los sistemas religiosos que no predican la verdad (Juan 8:31-44; 1 Tim. 4:1; Apoc. 18:2); levantan persecución contra el pueblo de Dios (Apoc. 2:10; 12:17); etc.

El fin de Satanás y sus demonios

En este punto, algunos pueden estar preguntándose: ¿por qué Dios no destruyó a Satanás y sus ángeles cuando estos se rebelaron? Tal vez una ilustración ayude. Supón que un político importante acusara al presidente de los Estados Unidos de alta traición. Si el Presidente mandara eliminar a quien lo está acusando, ¿probaría esto que es inocente de los cargos? ¡Obviamente, no! Ese proceder, más bien, sembraría dudas en la mente de otros y algunos pensarían que, después de todo, el político opositor tenía razón.

Lo mismo podía pasar en el Conflicto Cósmico. Lucifer difamó públicamente a Dios y a su gobierno. Por eso, si Dios hubiese destruido a Satanás y a sus rebeldes tan pronto como se sublevaron, esto habría levantado serias dudas entre los demás ángeles acerca de su carácter amoroso (1 Juan 4:8). Habría perpetuado en su mente la idea de que, después de todo, Lucifer podría haber tenido razón.

Por eso, Dios ha permitido que el tiempo revele la verdadera naturaleza de la rebelión (Mat. 13:24-30), y al final pueda demostrarse ante el universo que la insurrección satánica no tiene razón de ser y debe desaparecer (Apoc. 15:3, 4; 19:1-6). Cuando llegue ese momento, Dios destruirá a Satanás y a sus demonios sin poner en riesgo la armonía universal (Eze. 28:18; Mat. 25:41; Rom. 16:20), pues todos los seres creados comprenderán que solo la armonía con su amoroso Creador puede garantizar su felicidad eterna (Apoc. 21:1-8).RA

Deja un comentario: