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Cómo entender las emociones de los niños y los adolescentes.

Lucía, de doce años, está malhumorada, irritable y desmotivada. Las cosas que le interesaban han dejado de gustarle. Esporádicamente se la ve sonreír, pero parece cansada y frecuentemente aburrida. Sus notas continúan bajando. Sus padres ya no saben cómo acercarse. Tiene problemas para dormir y para alimentarse adecuadamente. Sus amigas también la notan distanciada y conflictiva. La niña está triste, y no se trata de la tristeza normal y pasajera. Manifiesta los síntomas de distimia, un tipo de depresión que a esta edad suele pasar inadvertida, lo que condena al niño a no recibir la ayuda necesaria y, además, a enfrentar la incomprensión incluso de sus seres queridos.

Al mundo adulto le cuesta aceptar que los niños y los jóvenes sufren, a veces de forma severa, debido a la falsa idea de que la infancia es una etapa siempre feliz y despreocupada. Por lo tanto, es necesario distinguir los indicadores de salud de aquellos que constituyen señales de alarma de posibles psicopatologías.

Los seres humanos nacemos con alarmas saludables, que se van desarrollando con la maduración del sistema nervioso central. A gran parte de esas alarmas las conocemos como emociones.

Su función principal es enviarnos señales, a veces agradables y otras no tanto, sobre nuestro clima interno. Las emociones agradables, como la alegría, la ilusión y la calma, son las que predominan en los niños y los adolescentes sanos. Por su parte, es necesario aprender a reconocer las emociones desagradables, como el enojo, la vergüenza y el miedo; verbalizarlas, y así lograr controlarlas.

Cuando se activa una alarma psicoemocional desagradable, busca llamar nuestra atención, y debemos entonces tomarnos el tiempo y la energía necesarios para actuar sobre lo que nos está dañando. El cansancio, por ejemplo, se dispara frente al agotamiento de las energías y señala la necesidad de descanso. Aprender a escuchar esta alarma es necesario para lograr un funcionamiento óptimo de nuestro cuerpo.

El enojo, la tristeza y la ansiedad son nuestros aliados cuando se activan por una razón real. El enojo es la alarma que sentimos frente a situaciones injustas o decepcionantes. El enfado saludable nos indica que existe alguna situación que necesitamos cambiar, mejorar o terminar, y nos ayuda a buscar soluciones adecuadas. Enojarse frente a situaciones que percibimos injustas no representa una preocupación en cuanto a la salud psicoemocional; sin embargo, la ira que es tan intensa que no se puede controlar, que daña vínculos y afecta la funcionalidad, es preocupante. La intensidad extrema, lejos de lograr una solución, genera aún más dificultad.

La tristeza nos señala que estamos enfrentando algún tipo de pérdida; desde un examen hasta pérdidas de seres amados. Es un indicador de que necesitamos tomarnos un tiempo para cuidarnos, reorganizarnos o, simplemente, pedir la ayuda necesaria. En este sentido, es saludable sentir la tristeza normal y pasajera frente a una pérdida, limitada en el tiempo y con intensidad manejable. Pero, la intensidad extrema de esta alarma puede ser indicadora de alguna psicopatología de los trastornos del humor, que incluye depresión, distimia o bipolaridad.

Otra alarma muy reconocida es la ansiedad, una emoción desagradable que se experimenta frente a peligros, ya sean reales o imaginarios. Nos predispone para afrontar el peligro o para huir. El problema surge cuando esta alarma, por alguna razón, pone al niño en alerta frecuente e intensamente, y en situaciones en que no existe peligro real. Cuando esto sucede, se producen crisis de pánico, fobias o trastorno obsesivo-compulsivo.

Cuando la intensidad y la frecuencia de los síntomas generan un significativo sufrimiento y/o un deterioro en la funcionalidad del niño (asistir a clases, estudiar, amistades), es importante consultar con un profesional. El pediatra puede ser un buen orientador. Si hay dificultades más específicas en el proceso de aprendizaje, un especialista en psicopedagogía será la derivación adecuada.

Algunos padres caen en el doloroso error de sentirse culpables si deben consultar a uno de estos profesionales, ya que pueden sentir que hicieron un mal trabajo como padres. Pero, si un niño desarrolla una afección psicológica, eso no significa necesariamente que sus padres no hayan sabido darle lo que necesitaba. Puede ser que los orígenes de lo que le pasa nada tengan que ver con su crianza. Por eso, la actitud positiva, esperanzada y afectuosa de la familia será clave en la recuperación emocional del menor.RA

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