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Generalmente, enfrentamos la vida con temor a muchas cuestiones que aquejan al hombre desde siempre. Los temores pasan desde lo físico hasta cuestiones de tipo emocional e incluso espiritual. El área espiritual también es foco permanente de temor, posiblemente debido a la falta de conocimiento del carácter de Dios.

Aprender a asociarnos con Jesús puede ser el gran factor que determine una vida de tranquilidad y confianza, sin basarse en cualidades o fortalezas humanas, sino en el poder sobrenatural que Jesús ha prometido para sus hijos.

En el episodio de los discípulos junto a Jesús en el mar de Galilea (Luc. 8:22-25), el Maestro nos invita a seguirlo y cumplir su voluntad. Esta historia nos da la certeza y la seguridad que esperamos los seres humanos debilitados no solo por el pecado sino también por circunstancias adversas.

Observemos de manera ordenada lo que aquí sucede, para así poder replicarlo en nuestra experiencia personal. Primero, está la invitación por parte de Jesús y la obediencia por parte de los discípulos; luego, la acción de ir a despertar al Señor en medio de la tormenta; y por último, su poder sobrenatural.

Jesús nos invita a obedecerle

Luego de una jornada cansadora y de mucha satisfacción, cuando ya había llegado la noche, Jesús invita a sus discípulos a navegar por el mar de Galilea: “Pasemos al otro lado del lago” (vers. 22). Es más que destacable que los discípulos aceptaran sin poner discusión a la invitación hecha por el Maestro y partieran. Si lo miramos en el contexto del discipulado, Mateo lo describe con un detalle interesante: “Entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron” (Mat. 8:23). El discipulado no está desconectado de la obediencia al Maestro: los discípulos, sin poner objeción u obstáculo, accedieron a su invitación inmediatamente.

Me gustaría que consideremos un par de cuestiones sobre este punto. Primero, el mar de Galilea tiene ciertas características especiales. Por ejemplo: suele ser calmo, pero a veces se levantan tempestades fuertes, como la que describen los evangelistas. “Mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago” (Luc. 8:23). Consideremos que entre los discípulos había pescadores que conocían perfectamente la manera en que se comportaba el lago; este hecho resalta aún más el accionar de los discípulos, ya que estaban aprendiendo a confiar y depender de la indicación del Maestro por sobre sus propias experiencias y expectativas personales. Esto puede ser de gran ayuda hoy a la hora de considerar la invitación que el Señor nos hace a seguirlo, sin considerar el riesgo que ello pueda implicar.

En ocasiones, seguir a Jesús puede significar pasar por experiencias poco afortunadas y no planificadas, como una tempestad en medio de una noche quieta y segura. Las tempestades en la vida de un cristiano aparecen sin previo aviso. Les llegan a seguidores y a no seguidores de Jesús. Sin embargo, la diferencia está en la confianza que depositamos en aquel que realiza la invitación.

El mar de Galilea perfectamente puede representar nuestra vida, ya que, luego de avanzar con seguridad y tranquilidad, nos podemos ver enfrentados a situaciones que no estamos en condiciones de controlar, como una gran tormenta semejante a la de este relato.

Despertemos al Señor

Es probable que los discípulos y Jesús no tuvieran entre sus planes para esa noche una tormenta como esta. Esto es muy común en todos nosotros, ya que no estamos preparados para enfrentarnos a lo desconocido. No hablamos aquí de la improvisación o de no planificar; más bien, de aquello que no podemos controlar.

¿Cuántas situaciones incontrolables hemos vivido? ¿Cómo las enfrentamos? El mal no es causado por Dios, sino que es producto del pecado en que vivimos y que lamentablemente no podemos evitar. Pero, la buena noticia es que Dios sí está en el control de todo, como vemos en esta historia.

Los discípulos nuevamente reaccionan bien en esta historia. Pido disculpas si has escuchado sermones sobre su falta de fe; pero, cuando el ser humano se ve enfrentado a situaciones que lo sobrepasan, necesita pedir ayuda, y esa ayuda debe ser solicitada adecuadamente. Un principio para cuando pedimos ayuda es que primero debemos saber en qué debemos ser ayudados. Los discípulos sabían muy bien el motivo de su desesperación: la tormenta era tan fuerte que amenazaba no solo la estabilidad del barco; las posibilidades de morir eran muy altas. Su clamor está descrito en tres de los evangelios: “Señor, ¡sálvanos que perecemos!” (Luc. 8:24; Mat. 8:25); “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” (Mar. 4:38).

Los discípulos entendían perfectamente, por su oficio de pescadores, que la embarcación no sería capaz de enfrentar y salir airosa de dicha tormenta. Por ello, acudieron al Señor. El relato señala que el Maestro dormía (Luc. 8:23). Puede ser un tanto frustrante acudir a la única solución que existe… y que esté durmiendo. ¿Duerme el Señor mientras estamos en nuestras propias tormentas? Pareciera que sí; eso pareciera.

Siempre me ha inquietado esta cuestión: ¿por qué el Señor pareciera no escuchar cuando la desesperación es más aguda? Cuando enfermó Lázaro, el Señor estaba a unos cuarenta kilómetros de distancia. En nuestros días, esa distancia la podemos recorrer en unos treinta minutos, o un máximo de una hora. Sin embargo, en los días de Jesús, ¡había que caminar! Cuando Jesús fue avisado de que Lázaro estaba muy enfermo, tampoco acudió inmediatamente a ver a su amigo, sino que se quedó allí por dos días más (Juan 11:6). Cuando llegó a ver a su amigo, habían pasado cuatro días desde que estaba en el sepulcro (vers. 17). La pregunta que viene a nuestra mente es: ¿por qué? ¿Por qué Jesús demoró seis días desde que supo que Lázaro estaba enfermo? ¿Por qué permitió que muriera? Sin lugar a dudas, no tenemos respuestas para todo, pero sí sabemos que la historia de Lázaro concluyó muy bien, ya que Jesús lo resucitó de entre los muertos (vers. 43).

Los discípulos que estaban en la embarcación fueron a despertar al Maestro. Este detalle dice mucho sobre la actitud que debemos tener cuando enfrentamos situaciones incontrolables. Es en la oración insistente que podemos entregar toda debilidad e incapacidad. Sin embargo, nunca podremos ser ayudados si no sabemos que debemos ser ayudados. En este caso, era obvio: estaban por morir.

Para los discípulos, la solución estaba cerca de ellos, pero el Señor dormía, y había que despertarlo. Al igual que con Lázaro, Jesús siempre llega, porque no se demora ni duerme. Él es Dios, y por ello siempre está a nuestro lado; jamás estamos solos. Pero podemos mantener la misma urgencia que mostraron los discípulos en acudir a él con insistencia para “despertarlo”.

Él tiene poder

El relato dice que, al despertar, Jesús “reprendió al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza” (Luc. 8:24). El poder de Dios es incalculable, no tiene límite; la naturaleza le obedeció. Los milagros no pueden ser explicados, porque son milagros. Cualquier situación incontrolable puede ser controlada por el poder divino. Nada está tan lejos que su mano no pueda alcanzar, incluyendo nuestros más oscuros temores, sean físicos, emocionales o espirituales.

El Maestro los reprendió diciendo: “¿Dónde está vuestra fe?”; y esa reprensión también es para nosotros hoy. Necesitamos fortalecer nuestra fe en Dios, necesitamos fortalecer nuestra comunión y dependencia del poder divino, que también se nos ofrece a nosotros, los seguidores modernos. Cualquier experiencia en medio del turbulento mar de la vida queda sometida al soberano poder del Maestro, el Señor Jesús. Así que, vayamos con certeza y seguridad a “despertar” al Señor, quien calmará el viento, las olas, la tempestad, y con toda certeza traerá bonanza a nuestra vida.