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Relatos de nuestra experiencia en la India con niños huérfanos cuyas vidas fueron transformadas por el amor de Jesús. Una serie de historias que reflejan qué sucede cuando la vida le gana al dolor.

“Nana hesaru Patri”, “Nana hesaru David”. Promediaba el vuelo entre Nueva Delhi y Bangalore, el quinto y último de nuestro viaje desde la República Argentina. Nosotros ensayábamos cómo introducirnos en canarés –el idioma oficial del Estado de Karnataka, India– a los 34 chicos del orfanato que en pocas horas iba a ser nuestro hogar por casi un año. Ignorábamos, sin embargo, que para acercarnos al mundo de esos niños íbamos a tener que hacer mucho más que aprender un par de nuevas palabras.

Arrastrábamos no solo expectativas por servir como misioneros y la curiosidad de adentrarnos en una cultura tan distante de la de nuestra tierra natal; también cargábamos con el cansancio de los cinco días que había durado nuestro viaje, entre escalas, cambios de aeropuertos y unas treinta horas en Nueva Delhi.

El arribo a la capital india había activado todos nuestros sentidos, que rápidamente se iban acostumbrando a nuevos paisajes, olores, sonidos y sabores. Ruido constante, basura casi en cualquier lado, aromas desagradables, son algunos de los recuerdos de esa llegada a la India, por febrero de 2018.

Nuestro vuelo aterrizó en Bangalore, y un par de horas más tarde conocimos a los niños. Todos sonreían y gritaban, llenos de una emoción que no había sido opacada por el sueño: llegamos más tarde del horario en el que suelen ir a dormir y se quedaron levantados para esperarnos.

Tenían una sonrisa tan amplia que, más tarde, al conocer sus historias, hasta nos pareció incomprensible.

En realidad, nuestro tiempo en Sunshine Children’s Home, el orfanato adventista donde servimos durante 2018, estuvo plagado de este tipo de paradojas.

En ese lugar viven niños que perdieron a sus padres, o aunque tengan vivo a uno de ellos, no pueden estar en sus hogares por situaciones económicas o de seguridad. Allí, compartimos tiempo con ellos, dirigimos y coordinamos distintas actividades (apoyo escolar, ejercicio físico, talleres, juegos, cultos), y nos convertimos durante once meses en hermanos de una familia numerosa.

Durante ese tiempo, una pregunta vino una y otra vez a nuestra mente: ¿Cómo podían mostrar tanta alegría y, al mismo tiempo, contar con un pasado tan tormentoso?


Sheru tiene trece años, ojos grandes y penetrantes y su mano extendida. Y, si no fuera porque se la ofrece, David difícilmente repararía en ese trozo de maní que es parte de una barra de golosina. La misma que no solo comparte con David, sino también con cada uno de los otros once varones que lo rodean. Sheru sabe bien lo que es dar de lo poco que tiene.

Lo aprendimos cuando visitamos su casa de Kolar Gold Fields (KGF), un pueblo ubicado a unos cien kilómetros de Bangalore, donde durante las vacaciones su tía cuida de él, de su hermano Akdep (de once años) y de su hermana Sunita (de ocho años).

A esa casa le sobran carencias: dos camas sin colchones sirven para los tres niños, su tía y su bisabuela; casi no hay muebles ni comida; y el agua –no apta para beber– solo llega por las cañerías una hora a la semana. Las privaciones físicas, sin embargo, parecen menos graves si recordamos los dolores por los que pasó su corazón. Su padre, alcohólico, maltrataba frecuentemente a su madre, quien, agobiada, se suicidó. Al poco tiempo, el padre se volvió paciente psiquiátrico y también intentó quitarse la vida. Hoy, deambula por las calles del pueblo y casi no tiene contacto con sus hijos.

Mientras las tragedias familiares se sucedían, Sheru y Akdep iban al colegio adventista de KGF. Pero, tras la muerte de su madre, su tía no contaba con recursos para mantenerlos y darles escolaridad. Una ONG intervino para llevar a los chicos a Sunshine.

Dicen que cuatro años atrás, cuando llegaron, eran tímidos. Que estaban inseguros. Hoy, poco de eso parece perdurar. Sheru pone alegría, pero también convicción en cada cosa que hace: cantar en la iglesia, correr en un partido de críquet o surcar la huerta orgánica que tiene el orfanato. A Akdep, que sueña con ser pastor, le gusta conocer: muy a menudo nos preguntaba sobre cómo son las cosas (clima, comidas, costumbres) en la Argentina. Sunita abunda en gestos de cariño y siempre piensa en los demás. Tanto, que vislumbra un futuro como enfermera misionera.

Los tres agradecen a Dios por poder estudiar en un colegio adventista, el que linda con el orfanato, y vivir en un lugar digno. Así, nos dieron una lección de gratitud.

«Sunshine significa ‘Brillo del sol’, en inglés. La metáfora es simple de aplicar: el Hogar es, para muchos chicos, una luz en su vida».


Apenas llevábamos unos días en Sunshine cuando Indira comenzó a destacarse entre los demás chicos. Y no por algo bueno: era la única niña que no iba al colegio. Tenía quince años y un pasado de lágrimas: su padre había muerto, su madre vivía en un suburbio peligrosísimo y el único intento de escolarizarla en Sunshine había fracasado (intentó escaparse).

Corría febrero, y el desafío que propusieron a Patri parecía mayúsculo: preparar a Indira para rendir un examen (a finales de marzo) y poder ingresar en la escuela. Indira apenas podía leer en inglés, el idioma que se habla en Sunshine y en el que se dictan las clases. Pero, además, era reticente. Frecuentemente se negaba a leer, a aprender, a integrarse.

Semanas de esfuerzos (tanto de Patri como de ella) dieron sus frutos, e Indira logró pasar sus exámenes. Y, mientras progresaba en sus estudios, también nos hicimos amigos de ella. Nos contó de sus dudas acerca de un Dios amoroso y empezamos a estudiar juntos la Biblia para encontrar respuestas.

Sin embargo, una tía se la llevó durante el receso escolar de mayo a Pune, mil ochocientos kilómetros lejos de Bangalore. No sabíamos si volvería. Y, debemos confesar, los olvidos y la agenda hicieron que en un momento nuestras oraciones cesaran. Pero Dios no olvidó aquellas plegarias por ella: Indira volvió, y a las pocas semanas, durante una ceremonia bautismal, expresó su deseo de aceptar a Jesús como su Salvador.

Desde entonces y hasta nuestros últimos días en la India, compartimos hermosas charlas espirituales y estudios de la Palabra de Dios con ella. Y, mientras lo hacíamos, una dulce sonrisa adornaba su rostro de manera cada vez más frecuente.


Rajeev (16 años), Vishnú (11 años) y Denali (9 años) llegaron a Sunshine llenos de dolor. Su madre había fallecido en un incendio. Y su padre era, para muchos en su pueblo, el autor material de esa desgracia.

El dolor de ellos, sin embargo, nunca mutó en resentimiento contra otros. Rajeev disfruta de sus amigos y de contar novedades. En cada comida, además, era el más insistente para que tomáramos cuanto quisiéramos de las ollas que compartíamos.

Vishnú ríe casi a cada rato y derrocha amabilidad. Se alegraba cada vez que nos encargábamos de contar una historia en el momento del culto, y canta tan fuerte que, por lo general, distinguíamos su voz desde varios metros de distancia. A la hora de hacer la fila para la comida, era imposible evitar que nos cediera su lugar.

De Denali, sorprende su seguridad al hablar y su desenvoltura, como si Sunshine hubiese podido borrar su pasado traumático. Y ese mismo énfasis pone en sus gestos de afecto, en la alegría que nos mostró cada vez que compartimos un momento.


La violencia contra la mujer es un problema que pega en la India tan fuerte como en Sudamérica. La madre de Alisha la sufrió por mucho tiempo. Tanto que, cansada de maltratos por parte de su esposo, intentó prenderse fuego. Las llamas, aunque no acabaron con su vida, le dejaron cicatrices en la cara.

Su hija, de doce años, encontró en Sunshine un escape a los tormentos de su casa y un lugar donde desarrolló una personalidad cariñosa y extrovertida. Durante nuestro tiempo con ella, siempre la vimos dispuesta a bromear con nosotros, a disfrutar nuestros chistes y a abrirnos el corazón para compartir sus problemas.

 

Hay un fenómeno que es bastante común en la India, a la vez que desgarrador: si una persona enviuda y vuelve a casarse, deja a los hijos de su matrimonio anterior. Muchos de los chicos que viven en Sunshine son hijos de esos primeros matrimonios y hoy adolecen de la falta de padres.

Arya (catorce años), junto con su hermano Ravi (once años), sufrió esto y llegó a la casa de un tío, donde ambos hermanos tenían que trabajar arduamente y compartir una única habitación con una familia numerosa. Sunshine les dio la posibilidad de dedicarse a estudiar.

Con Arya compartimos muchas sesiones de estudios bíblicos. Es, con seguridad, una de las personas más tímidas que conocimos en Sunshine (nunca se animó a orar antes o después en nuestro reducido grupo). Sin embargo, su timidez no impidió que expresara gratitud como pocos: cada vez que enseñábamos algo (una canción, una palabra o una manera de contar historias), nos buscaba al final de la reunión para decir, en un claro español: “Gracias”.

Rasag (ocho años) y Anjali (nueve años), otra pareja de hermanos abandonados, van de un extremo a otro en lo que al área emocional respecta. A él, por momentos, le basta una mínima ofensa para que reaccione con llantos y con golpes. Otras veces, es el primero en correr al encuentro y recibirnos con un abrazo. Anjali también mezcla la dulzura en sus palabras y sus elogios con los gritos y las órdenes cuando algo no le gusta.

También Nahali (ocho años) y Vara (seis años) quedaron al cuidado de una abuela cuando su madre volvió a casarse. Ellas llegaron a Sunshine tiempo después de que nosotros lo hiciéramos. Al principio no hablaban una palabra de inglés, pero al poco tiempo era imposible callarlas.

Ellas personificaban bien dos cualidades muy comunes en los chicos que conocimos en Sunshine. Vara era puro empuje: no tenía miedo a nada, le encantaba sumarse a actividades de los más grandes y buscar hacer cosas nuevas. Nahali también lo hacía, pero, acaso algo más consciente del abandono que había vivido, demandaba atención a cada momento.

“Tenían una sonrisa tan amplia que, más tarde, al conocer sus historias, hasta nos pareció incomprensible”.


El abandono de hogar es otro mal corriente en la India, especialmente por parte de la figura masculina, y es el caso de muchos de los chicos en Sunshine. Por ejemplo, el de Kali (doce años) y Vaisheli (catorce años), dos alegres y muy inteligentes chicas, de tez oscura y sonrisa traviesa. Nunca encontramos rastros de resentimiento o de tristeza en una charla con ellas, tanto aquellas que estaban llenas de bromas como aquellas en las que nos hacían preguntas (ambas son muy curiosas).


Sunshine significa “Brillo del sol”, en inglés. La metáfora es simple de aplicar: el Hogar es, para muchos chicos, una luz en su vida. Pero, además, para muchos Sunshine es también una luz que irradia hacia las familias, varias de las cuales son de religión hindú. Este es el caso de Harish (ocho años) y Aksheya (trece años), dos de los niños más amables y capaces que conocimos. Su padre los dejó cuando ellos eran muy pequeños. Hoy, su madre es feliz al ver cómo la educación que reciben en Sunshine impactó fuertemente en la vida de ellos.

La piel se nos eriza al recordar a Harish pedir oración para que su madre consiguiera un buen trabajo. Y sonreímos al pensar en la facilidad que Aksheya tenía para aprender nombres de meses, colores y días de la semana en español. Pero, sobre todo, la alegría nos invade al pensar en la esperanza con la que miran hacia el futuro.


Al principio nos sorprendió su visión. Josephine tenía trece años, pero, a diferencia de muchos de los chicos de su edad, parecía tener claro el camino por seguir. A menudo decía que quería ser médica, que planificaba estudiar en los Estados Unidos, y que para eso debía comenzar a prepararse desde la escuela secundaria.

Aún más nos sorprendió enterarnos de cuánto distaba ese futuro del pasado calamitoso que había vivido. Sus padres habían muerto y ella quedó a cargo de unos tíos, quienes la hacían trabajar y que un día, cuando la consideraron un estorbo, decidieron envenenarla. Ella se percató a tiempo y logró escapar. Más tarde pasó por un hogar católico donde, según cuenta, Jesús se le apareció en sueños y la incentivó a tener un encuentro personal con él. Tiempo después, ya en Sunshine, se volvió su amiga y comenzó a aprender de Dios a través de la Biblia.


Mary era la más grande en nuestro pequeño grupo de estudio bíblico. Llegó a Sunshine muy pequeña, solo con cuatro años, luego de que la madre la abandonara en la casa de su abuela.

Con el tiempo, no solo logró perdonar a su madre, sino también apreció cómo Dios la guio para que lo conociera y pudiera ser luz en su familia. Hoy está terminando la primera etapa de la escuela secundaria y posiblemente se mudará a otra provincia para finalizar. Hace un tiempo nos contaba que le gustaría ser periodista.

“A esa casa le sobran carencias: dos camas sin colchones para tres niños, su tía y su bisabuela. Casi no hay muebles ni comida y el agua –no apta para beber– solo llega por las cañerías una hora a la semana”.


Una de las personas con las que más nos relacionamos durante nuestros primeros meses en la India fue Henra (22 años). Cuando arribamos a Sunshine, ella transitaba un receso en su carrera universitaria. El hogar apoya a los niños hasta terminar su educación superior, y ella pasaba unos meses en Bangalore hasta volver a Pune, donde estudia profesorado de Música en la Universidad Adventista Spicer.

Su historia fue de las que más nos impactó. Su padre falleció y su madre la abandonó cuando volvió a casarse. Henra, con cuatro años, quedó a cargo de su abuela, quien pronto la cedió a una familia que la tomó como sirvienta. En esa casa (y en otra donde serviría años después), se acostumbró a trabajar bajo presión. Si no cumplía con las tareas domésticas como ordenar y cocinar, recibía castigos; como esas cicatrices que le hicieron en su cara con marcas de cigarrillos.

Cuando llegó a Sunshine, con once años, tuvo que aprender cómo llevar una vida civilizada. También aprendió allí sobre el amor de un Dios que, dice, “siempre recompensó” sus esfuerzos y la llevó a salir adelante en la vida.


Es enero de 2019, y en pocas horas vamos a subirnos al avión para volver hacia Sudamérica. Esta vez, fueron los chicos los que buscaron entrar en nuestro mundo. “Chau” y “Gracias” nos decían; algunas de las palabras en español que habían aprendido.

Para ellos, la vida es eso: aprender cosas nuevas, mirar hacia adelante, cultivar la gratitud, dejar el pasado atrás y confiar en que Dios, que los libró de tanto, continuará siendo su protector.RA

*Si bien las historias son reales, todos los nombres de los niños mencionados son ficticios.


¿Cómo ayudar a Sunshine?

Si hay algo que nos llamó la atención de Sunshine es cómo se hace tanto con tan poco. Los recursos materiales del orfanato son escasos, especialmente a partir de los últimos dos años. En este tiempo, la ONG que apoya al lugar ha recortado los fondos. Los chicos pueden estudiar y comer en el orfanato gracias al aporte de patrocinadores, personas que deciden comprometerse durante un tiempo a colaborar con dinero para pagar la escolaridad y los gastos del hogar.

También el lugar se sostiene con donaciones esporádicas, que sirven para hacer mantenimiento edilicio o cubrir parte del presupuesto.
Si quieres ayudar, tanto en una necesidad puntual como apoyando a un chico en su educación, escríbenos a patriciamarcos7@gmail.com o a david-flier@hotmail.com y te indicaremos los pasos por seguir.