Como Iglesia Adventista del Séptimo Día, nacimos para cumplir una misión, compartir esperanza y preparar a un pueblo para encontrarse con el Señor. Tenemos un ADN misionero, y el compromiso de predicar el evangelio del Reino para ver a Cristo volver muy pronto a esta Tierra.

No tenemos dudas sobre esta misión, pero las opiniones se dividen cuando hablamos sobre métodos. Para algunos, el énfasis debería estar en actos de amor, servicio a la comunidad y actividades que alivien el sufrimiento de las personas, rompan los prejuicios y nos hagan conocidos como un pueblo solidario. Para otros, el foco debe estar en el evangelismo, estudios bíblicos y métodos misioneros directos, que lleven a las personas a conocer más profundamente a Jesús y su Palabra, y a prepararse para el bautismo. Creen que deberíamos ser conocidos como un pueblo comprometido con la verdad, la fidelidad y el poder transformador de la Palabra.

Parece haber un conflicto entre los que defienden un énfasis más marcado en servir y los que creen que el eje central directo es salvar. Pero estas dos visiones de la misión no pueden ser entendidas como una u otra, sino como una y otra. Necesitamos recordar que nuestra principal misión es transformar corazones, conectar personas con el Señor y prepararlas para el cielo; y solo haremos eso de forma eficiente si encontramos el equilibrio entre servir y salvar.

Si solo nos dedicamos a servir, como un fin en sí mismo, sin ofrecer salvación, seremos simplemente una agencia humanitaria, una ONG o una organización solidaria. Haremos un trabajo importante y relevante, pero que muchos ya hacen, incluso sin tener motivación espiritual o misionera.

Por otro lado, si trabajamos tan solo para salvar, a través de actividades misioneras o evangelizadoras, sin atender las necesidades inmediatas de las personas, expresando amor e interés, el mensaje perderá fuerza, relevancia y atracción. Cuando atendemos lo que ellos desean, abrimos el camino para ofrecer lo que realmente necesitan.

Elena de White presenta el método de Cristo como el mejor ejemplo de equilibrio entre servir y salvar, y garantiza que solamente este dará el verdadero “éxito para llegar a la gente”. Según ella, “el Salvador trataba con los hombres como quien deseaba hacerles bien. Les mostraba simpatía, atendía sus necesidades y se ganaba su confianza. Entonces les pedía: ‘Sígueme’ (Juan 21:19)” (El ministerio de curación, p. 102). Él integró perfectamente la visión de servicio para salvación, mostrando que ambos no son mutuamente excluyentes, sino que se complementan entre sí.

Las personas siguen llenas de luchas y necesidades, y antes de escuchar sobre nuestra doctrina quieren conocer nuestro amor. Antes de escuchar nuestras buenas nuevas, necesitan ver nuestras buenas obras. Si repetimos el método de Cristo, usando actividades de amor como herramienta misionera, mostraremos una iglesia coherente, que posee un mensaje relevante y utiliza un método eficiente. Después de todo, fuimos llamados para ser distintos, no para ser distantes.

Jesús convertía el servicio en una oportunidad para salvar. Él abría sus brazos para atender las necesidades, pero también levantaba su voz para presentar el mensaje. Necesitamos seguir su ejemplo, y hacer del servicio de amor apenas el comienzo del camino, y no el fin del viaje. Servir tiene que ser un puente para salvar. Después de todo, “en un sentido muy especial, los adventistas del séptimo día han sido colocados en el mundo como centinelas y transmisores de luz. A ellos ha sido confiada la tarea de dirigir la última amonestación a un mundo que perece. La Palabra de Dios proyecta sobre ellos una luz maravillosa. Una obra de la mayor importancia les ha sido confiada: proclamar los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles. Ninguna otra obra puede ser comparada con esta y nada debe desviar nuestra atención de ella” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 17).

Necesitamos ir a las calles, las casas y las vidas para servir, pero sin contentarnos con recibir solamente una palabra de gratitud. Más que una simple transformación exterior, nuestra meta debe ser la conversión interior y la salvación posterior, siempre confiando en que “aquel que hace la obra de Dios usando los métodos de Dios alcanzará los resultados de Dios”. RA

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