“Me gustaría hacer un experimento hoy, si me lo permiten”, propuso el maestro de Escuela Sabática. “Vamos a leer Apocalipsis 12:1 al 6 y después haremos tres grupos, representando los tres protagonistas de la historia”. El objetivo del ejercicio era ponernos en los zapatos de cada personaje y defender su posición en esta historia.

“Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol […] encinta. También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata […]. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese. Y ella dio a luz un hijo varón que regirá con vara de hierro a todas las naciones”.

“¿Quién quiere ser la mujer? ¿Y el dragón? ¿Y el Hijo?” Nos repartimos los roles y se definieron las reglas del experimento. Me interesó mucho ponerme en los zapatos del dragón. Los otros equipos tenían tres participantes cada uno. El nuestro estaba compuesto por dos dragonas escarlatas.

Era fácil mostrarse agresivas, pero… ¡cuán vacías eran nuestras embestidas! Era fácil proferir amenazas intimidatorias, pero nos parecían tristemente artificiales. Empecé a sentir una gran frustración. ¡Nuestro personaje no tenía futuro! Por más que en ese momento parecieran débiles y se encontraran en grandes dificultades –por “nuestra” culpa–, el dragón sabía que no podría contra la mujer y el Hijo, a la larga. Sabía que era un enemigo vencido.

Al “encarnar” al dragón, pude sentir tal vez algo de la futilidad de la lucha que nuestro enemigo se empecina en batallar. Una lucha que no va a ningún lado, por más que haga grandes despliegues de maldad y maldición. Me llamó la atención esa inmensa frustración que viví: había buscado agredir verbalmente a la mujer y a su Hijo, pero mis argumentos me parecían torpes; mis palabras, sin futuro. Los de los otros grupos, a pesar de su “debilidad”, tenían la certeza de saberse victoriosos, aunque esa victoria tardara aún en venir.

De más está decir que nunca olvidaré ese momento de Escuela Sabática. Fue una experiencia que marcó mis emociones y mi intelecto en igual medida. Cuando terminamos, intercambiamos nuestras impresiones y compartimos justamente la gran emoción de lo que significa tener fe: la certeza de lo que esperamos; de aquello que no se ve (Heb. 11:1).

Las circunstancias de nuestra vida pueden parecer sombrías en este momento; pero el que pretende desanimarnos no es más que un enemigo vencido, al que le queda poco tiempo para actuar. Puede estar desesperado tratando de destruir todo a su paso, pero no tendrá la última palabra.

En este contexto, las palabras de Jesús cobran un luminoso sentido: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). El Hijo a vencido al dragón, quien no debe olvidar las palabras que le fueron dirigidas hace mucho tiempo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15).

¡Qué bendición es vivir conociendo el fin desde el principio! Más allá de los detalles de las circunstancias de nuestra vida; más allá de todo aquello que no entendamos porque no nos parezca lógico o justo, tenemos un final feliz a la vista cuando nos aferramos de la victoria de Jesús. El simple hecho de pensar que Satanás es un enemigo vencido nos da una fuerza y una certeza de victoria que tienen un gran efecto vigorizador en nuestra vida cotidiana.

A veces, hacer las cosas al revés es un ejercicio de una gran riqueza educativa. Para profundizar tu fe en el poder de Dios, te invito a ponerte en los zapatos del dragón. Intenta defender su postura, busca lo que sea necesario para ganar su causa… Te encontrarás sin esperanza, sin recursos a largo plazo, sin futuro. Sentirás cuán frustrante es ser un enemigo de los hijos de Dios, porque verás que no puedes con ellos.

Cuando termines el ejercicio, vuelve a tus propios zapatos. Tendrás una paz inmensa al saber que, en la vida real, eres parte del equipo ganador. Tendrás más deseos aún de tomar la mano de aquel que te da la posibilidad de ser parte del equipo ganador. “Buscad a Dios, y vivirá vuestro corazón” (Sal. 69:32). RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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