Por qué el Juicio de Dios es una buena noticia.

Nelson Madaff, a los 41 años de edad, es lo que podría llamarse un muerto en vida. Vive en un estado tremendo de pobreza y actualmente tiene una enfermedad terminal. ¿Qué lo llevó a estar así?

“En 1992 lo metieron preso bajo la acusación de haberle provocado un aborto clandestino a su novia adolescente y luego haberla asesinado. […] Una confesión escrita a mano por Madaff se dio a conocer enseguida a los medios. La Justicia luego comprobaría que la confesión había sido arrancada bajo torturas. Lo enterraron en un pozo toda una noche y luego lo colgaron por un brazo de un árbol para que dijera lo que no había cometido. También lo quemaron, le arrojaban lavandina a los ojos, le sacaron dientes con vidrios de una botella, lo sometieron a simulacros de fusilamiento y permitieron que se lo vejara, según su abogado. Así, hasta orientó a comisiones policiales en búsqueda del cuerpo”. Estando en la cárcel, soportó todo tipo de vejaciones y allí contrajo sida.

Dieciocho años después, la madre de su novia se encontró con su hija, que había sido novia de Nelson, y ella estaba muy bien de salud, sin ningún tipo de daños ni abusos. Ante la Justicia, admitió que se había ido de su hogar porque su padre la golpeaba.

Después de conocer esta historia, cabe preguntar: ¿Por qué tuvo Nelson que padecer ese calvario? ¿Por qué tiene que vivir como sentenciado a muerte por una enfermedad que contrajo en la cárcel? ¿A quién se culpa por la falsa condena?

La promesa de justicia

La triste vivencia de Nelson Madaff nos recuerda que todos los seres humanos vivimos en un mundo lleno de injusticias. Se comenten injusticias en el pago de salarios, en las actividades comerciales, en la información que muestran los medios, en los deportes y hasta en la vida hogareña. ¡Cuántas personas han recibido menos de lo que correspondía en una herencia por la codicia de un familiar!

Las injusticias que padecemos (porque todos los seres humanos hemos sufrido o sufriremos algún tipo de injusticia) son la consecuencia directa de vivir en un mundo de pecado. Por esta razón, a lo largo de la historia humana muchos hombres y mujeres acudieron a Dios reclamando que él, el Juez de toda la Tierra, les hiciera justicia: “Dios mío, ¡hazme justicia! ¡Defiéndeme! ¡Líbrame de gente impía, mentirosa e inicua!” (Sal. 43:1).

Los escritores bíblicos, sabiendo que el Dios creador no es inmune al sufrimiento y a las injusticias de sus hijos, alabaron a Dios con salmos y dijeron: “Con justicia juzgarás al mundo; con rectitud juzgarás a las naciones” (Sal. 9:8). Por esta razón, toda persona que ha sufrido injusticias, y que sin razón le han quitado sus derechos, puede encontrar en la Palabra de Dios la seguridad de que Dios juzgará su caso justamente.

Para comprender el tema del Juicio narrado en las Escrituras, es necesario tener en cuenta lo que es y cuáles son sus características. Una definición del Juicio Final, sobre la humanidad, dice: “Juicio al que serán sometidos los vivos y los muertos resucitados, en la consumación de todas las cosas. Teniendo a Dios como Juez supremo, el Juicio Final tendrá como objetivo retribuir a cada uno según sus obras (Apoc. 20:11–15)”.

Veamos algunas características del Juicio de Dios:

1. Comienza por el pueblo de Dios: “Ya es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si comienza primero por nosotros, ¿cómo será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios?” (1 Ped. 4:17).

2. En este juicio se juzgan todas las acciones: “Por lo demás, Dios habrá de juzgar toda obra, buena o mala, junto con toda acción encubierta” (Ecl. 12:14).

3. Las acciones de todos los hombres están escritas en los libros del cielo: “Vi entonces de pie, ante Dios, a los muertos, grandes y pequeños. Unos libros fueron abiertos, y después otro más, que es el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados conforme a sus obras y conforme a lo que estaba anotado en los libros” (Apoc. 20:12).

4. Se evalúan las acciones humanas con la Ley de Dios: “Hablen y vivan como quienes van a ser juzgados por la ley que nos da libertad” (Sant. 2:12).

5. El diablo es quien acusa a los hijos de Dios: “Entonces oí una fuerte voz en el cielo, que decía: ‘¡Aquí están ya la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo! ¡Ya ha sido expulsado el que día y noche acusaba a nuestros hermanos delante de nuestro Dios!’ ” (Apoc. 12:10).

6. El Abogado defensor es Jesús: “Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).

7. El Juicio se realiza en el cielo: “Mientras yo miraba, se colocaron varios tronos, y un Anciano entrado en años se sentó. Su vestido era blanco como la nieve, y su cabello era semejante a lana limpia; su trono era una llama de fuego, y las ruedas del trono eran un fuego ardiente. De su presencia manaba un río de fuego, y a su servicio estaba una multitud imposible de ser contada. El Juez se sentó, y los libros fueron abiertos” (Dan. 7:9, 10).

Sin temor al Juicio

Todo este tema del Juicio Final debe ser abordado desde dos miradas diferentes. Una de esas miradas debe ser para dar consuelo y paz a los que han sufrido alguna clase de injusticia. Quizá los tribunales terrenales no puedan dar solución, ya que la justicia humana es imperfecta, falible e incluso corrupta. Por eso, saber que hay un Dios que no se equivoca, que no puede ser sobornado y que juzga rectamente nos da ánimo y alivio para seguir caminando por esta Tierra.

La otra mirada tiene que ver con el hecho de que todas las acciones de los seres humanos pasarán bajo la mirada escrutadora del Juez del universo. Esta idea podría llegar a dar ansiedad y temor, porque en este mundo “¡No hay ni uno solo que sea justo! No hay quien entienda; no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido. No hay quien haga lo bueno, ¡no hay ni siquiera uno!” (Rom. 3:10-12). Pero, las Escrituras nos dan esperanza de labios de Jesús al decirnos: “De cierto, de cierto les digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no será condenado, sino que ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

El apóstol Pablo, haciéndose eco de ese pensamiento, nos declara: “Por tanto, no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:1). No hay de qué temer si se acepta la obra salvífica de Cristo por medio de la fe.

Y, en tu caso, querido lector, ¿ya te has decidido por Jesús? “La cuestión de la vida y la muerte está delante de toda la raza humana. La elección que hacemos en esta vida será nuestra elección para toda la eternidad. Recibiremos la vida eterna o la muerte eterna. No hay medias tintas ni segunda oportunidad”. Si todavía no lo hiciste, no dejes pasar más tiempo. Entrégale hoy mismo tu corazón a Jesús.

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