Varios estudios coinciden en que el primer episodio de depresión se está diagnosticando en edades cada vez más tempranas. Se estima que entre un 4 y un 8 % de los niños escolares sufren este trastorno. Aunque resulte doloroso imaginarlo, muchos niños saldrán al recreo en su escuela hoy con este dolor emocional a cuestas. Es pertinente entonces preguntarnos: ¿cuántos adultos sabrán detectar este sufrimiento a tiempo?

Niños y adolescentes suelen atravesar por momentos de bajón anímico que pueden resolver por sí mismos y que, incluso, son necesarios para su fortalecimiento psicoemocional. Sin embargo, cuando la intensidad y la duración de la tristeza, la desesperanza y la desmotivación permanecen por meses, afectando el funcionamiento social, académico y familiar e inhibiendo la capacidad de disfrute, debemos prestar mucha atención. Lamentablemente, no es sencillo el diagnóstico, porque en esta edad muchos no saben cómo verbalizar lo que les sucede, o pueden sentirse atemorizados de hacerlo.

Los principales síntomas de depresión en menores de nueve años son la irritabilidad, el aburrimiento constante y los síntomas físicos (dolores recurrentes sin origen claro). Es importante tener en cuenta que, cuanto más pequeño es el niño, el síntoma más frecuente es el enojo y la susceptibilidad. Frecuentemente, el aumento de su agresión no genera empatía y comprensión, como suele suceder en los más grandes, que son capaces de verbalizar que están tristes; por lo contrario, los padres suelen enojarse y castigar. “Mis padres no me entienden y todo el tiempo me critican. No invito a mi casa a mis amigos porque es muy fea; se van a aburrir. Todo el mundo se divierte y yo lo paso mal, ¿quién puede querer estar conmigo?”, confesaba un niño de ocho años.

En los adolescentes, los síntomas suelen parecerse más a los de los adultos: llanto frecuente, cambios de humor, irritabilidad, cansancio, desconcentración, retraimiento social, alteraciones del sueño o del apetito, sensación de vacío interior o aumento de síntomas físicos. También podría verse falta de entusiasmo por el futuro, indecisión o comentarios e ideas en relación con la muerte.

A los padres a veces les resulta difícil asociar lo mencionado arriba con conductas típicamente adolescentes. Se suele pensar: “Si estuviera tan deprimido no tendría tanta energía para discutir”; “No puede estar deprimida si llega de bailar a la madrugada”; “Solo está triste para lo que no le gusta, pero para la computadora tiene todo el tiempo del mundo”.

El origen del trastorno depresivo es peculiar en cada caso y suele ser multicausal: antecedentes y modelos familiares, situaciones ambientales/traumáticas, vulnerabilidad genética o desequilibrios neuroquímicos; e incluso razones físicas. Es vital comprender que la depresión es un trastorno peligroso, no un estado de ánimo pasajero que mejorará espontáneamente. Requiere atención profesional, esfuerzo y paciencia. La buena noticia es que actualmente contamos con buenas y variadas formas de tratamiento, tanto desde la psicoterapia como desde lo farmacológico.

Como padres, familiares o educadores, hay mucho que podemos hacer para promover la buena salud psicoemocional de nuestros niños, tanto para prevenir como para acompañar en la recuperación. Amar incondicionalmente, educar sobre emociones, hablar sobre nuestros sentimientos, pasar tiempo de calidad interesándonos por lo que les apasiona. La conexión emocional saludable ha probado ser el mejor alimento para el buen desarrollo psicológico de los menores, así como un estilo de educación coherente, empático y con límites claros.

Usar elogios descriptivos fortalece de forma realista su autoestima: “¡Qué lindo color que elegiste para pintar ese techo!”; “Admiro mucho tu esfuerzo y cómo has avanzado con la lectura”. También es importante promover rutinas de descanso, alimentación y actividad física, y limitar el tiempo en pantallas. Habilitar espacios para hablar sobre lo que les preocupa. Es importante escuchar mirando a los ojos, tratando de entender, cuidándonos de no rezongar frecuentemente.

Saber pedir ayuda a tiempo y saber a quién pedirla es un paso muy importante. Se debe ofrecer hacer una consulta con un médico de confianza o un psicólogo, para poder garantizar un espacio de evaluación profesional cuando se sospecha de un sufrimiento emocional que no cede.

Los niños y los adolescentes no eligen deprimirse, no lo hacen a propósito para molestar ni buscan dañar con ello. Tampoco los adultos son culpables ni malos padres por tener un hijo que enfrenta un problema emocional; y el niño no es menos valioso por tener que lidiar con una depresión. Recordemos el consejo bíblico tan oportuno de Romanos 12:15: “Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran”. RA