“Los mejores líderes son leales a sus valores más profundos. Conducen su propia vida, y otros los siguen” (James Kerr).

Cuando la cabeza de Perkin Warbeck rodó, él ya estaba muerto. Había sido ahorcado el 23 de noviembre de 1499 y luego fue decapitado. Las cinematográficas peripecias de Warbeck se iniciaron en 1490, cuando tuvo la osadía de pretender el trono inglés durante el reinado de Enrique VII, fundador de la dinastía Tudor.

Una serie de eventos (des)afortunados llevaron al plebeyo a semejante reclamo. Con el fin de eliminar candidatos al trono, dos hermanos (Ricardo de Shrewsbury, duque de York, y Eduardo V) fueron encerrados en la Torre de Londres por su tío, Ricardo Plantagenet (quien luego se convertiría en Ricardo III). Como nadie conocía con certeza el paradero ni el destino de los llamados “príncipes de la Torre”, Warbeck asumió la identidad de Ricardo de Shrewsbury afirmando haber escapado de prisión y huido a Bélgica.

Coronó la farsa al contar con el respaldo (moral y financiero) de Margarita de York, hermana de Eduardo IV, quien avaló oficialmente su falsa identidad. En 1497 (con un ejército de 6 mil hombres), Warbeck tomó Exeter y Taunton, antes de que el verdadero rey inglés reaccionara y enviara sus tropas a hacerle frente. Así, el frágil castillo de naipes se derrumbó: Warbeck fue capturado y encerrado hasta su muerte (¡vaya ironía!) en la Torre de Londres.

Los impostores nunca ganan. Zimri lo supo muy bien. Leer 1 Reyes 16 duele. Aflige el alma ver cómo el pueblo de Dios quedó a merced de líderes egoístas, codiciosos e idólatras. Muerto el malvadísimo Baasa, ascendió al trono Ela, su hijo. Reinó solo dos años, ya que su siervo Zimri (comandante de la mitad de sus carros) conspiró contra él y lo mató. ¿Cómo logró esto? Ela estaba disfrutando de un banquete, borracho y totalmente fuera de sus cabales (1 Rey. 16:8, 9).

Más allá de la falta de lucidez de Ela (un líder siempre debe cuidar su salud y su cuerpo, el templo del Espíritu Santo), nadie puede usurpar así el trono y salir inmune. Quien juega con fuego se quema. Zimri lo supo muy bien. El pueblo advirtió su asesinato, se rebeló contra él y coronó en su lugar a Omri, el general del ejército. Asediado por el clamor popular, acorralado por la inminente crisis y condenado por su propia conciencia, Zimri se encerró en la casa real, la prendió fuego y murió dentro de ella (1 Rey. 16:16-18). Reinó solo siete días.

La impostura es un camino aparentemente fácil, pero no conduce a ningún lado. A Zimri, la impostura no solo le quitó el reino; también le quitó la vida. El líder impostor no solo pierde su cargo, su influencia y su prestigio. No solo arruina a su familia, a sus liderados y a su entorno. También se arruina a sí mismo.

“Es posible engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo. Pero no puedes engañar a todos todo el tiempo”, dijo cierta vez Abraham Lincoln. Por tu felicidad y la de todos, sé auténtico tanto en tus exposiciones públicas como en lo secreto de tu habitación. Ya se trate de temas financieros, académicos, sociales, sexuales o de cualquier otra índole, sé transparente, sé honesto, sé íntegro… La autenticidad, la honestidad y la integridad te potencian como persona y como líder e impulsan a todo tu equipo hacia un mejor y mayor rendimiento.

“El verdadero liderazgo comienza y termina en la autenticidad”, destacó Bill George, profesor de la Harvard Business School. La impostura te conduce a un falso éxito, al cual arribas mediante atajos. La autenticidad te propone una senda más larga, pero más segura. Después de todo, los impostores solo reinan siete días y, a veces, hasta pierden la cabeza. RA

Sobre El Autor

Licenciado en Teología (Universidad Adventista del Plata) y en Comunicación Social (Universidad Nacional de Rosario). Ha trabajado como pastor, docente universitario y periodista. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de Conexión 2.0, Acción Joven y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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